
«El contexto en el que nace la doctrina cristiana es claramente un contexto semítico, judío. El Dios al que Jesús se dirige como su abbá es el Dios cuyas intervenciones en la historia se recogen en el Antiguo Testamento. No sólo Jesús es judío, sino que los Apóstoles y muchos miembros de la primera Iglesia fueron judíos y se expresaron con mentalidad judía y en un contexto de pensamiento típicamente semita. (…) Nos referimos al judeo-cristianismo considerado en su aspecto de mentalidad, de visión global del mundo y de la historia, de líneas fundamentales de pensamiento.
(…) Una característica muy acusada en el judeo-cristianismo es la importancia otorgada a los ángeles. Algunas veces esta angelología ha podido servir de vehículo para expresar el misterio trinitario, sobre todo, en un ambiente que encontraba verdadera dificultad para expresarse en forma abstracta. El Verbo y el Espíritu aparecen expresados algunas veces como dos ángeles supremos.
(…) Estas categorías de pensamiento y estas formas de expresión fueron desapareciendo paulatinamente, en la medida en que el cristianismo se adentraba en el mundo helénico y, en consecuencia, se abandonaba la imagen apocalíptica del mundo (LUCAS F. MATEO-SECO, «Dios Uno y Trino», 159-162)».
Sin embargo, «(…) la concepción apocalíptica seguirá ejerciendo incluso después del año 130 y por mucho tiempo todavía su influencia más o menos acusada sobre el pensamiento cristiano (B. STUDER, «Dios Salvador en los Padres de la Iglesia», cit., 39)».
En este contexto encontramos -bastantes siglos más tarde- el icono de Rublëv (1425), en el que se representa a la Trinidad como una tríada de Ángeles. El entonces Cardenal Ratzinger habló en estos términos sobre el icono: «Y ¿no resulta evidente lo mismo cuando nos dejamos conmover por el icono de la Trinidad de Rublëv? (…) el icono no es simplemente la reproducción de lo que perciben los sentidos; más bien, supone lo que él [el teólogo bizantino del siglo XIV Nicolás Kabasilas] define como «un ayuno de la mirada». La percepción interior debe liberarse de la mera percepción de los sentidos para, mediante la oración y la ascesis, adquirir una nueva y más profunda capacidad de ver; debe recorrer el paso de lo que es meramente exterior a la realidad en su profundidad, de manera que el artista vea lo que los sentidos por sí mismos no ven y, sin embargo, aparece en el campo de lo sensible: el esplendor de la gloria de Dios, «la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo» (2 Co 4, 6). Admirar los iconos, y en general los grandes cuadros del arte cristiano, nos conduce por una vía interior, una vía de superación de uno mismo y, en esta purificación de la mirada, que es purificación del corazón, nos revela la Belleza, o al menos un rayo de su esplendor (mensaje del Cardenal Ratzinger para el «meeting» de Rimini celebrado del 24 al 30 de agosto de 2002 por iniciativa del movimiento eclesial Comunión y Liberación, sobre el tema «La contemplación de la belleza»)».
Juan Pablo II, en su Carta a los artistas (Vaticano, 1999), afirmaba que «en Oriente continuó floreciendo el arte de los iconos, vinculado a significativos cánones teológicos y estéticos y apoyado en la convicción de que, en cierto sentido, el icono es un sacramento. En efecto, de forma análoga a lo que sucede en los sacramentos, hace presente el misterio de la Encarnación en uno u otro de sus aspectos. Precisamente por esto la belleza del icono puede ser admirada sobre todo dentro de un templo con lámparas que arden, produciendo infinitos reflejos de luz en la penumbra. Escribe al respecto Pavel Florenskij: «El oro, bárbaro, pesado y fútil a la luz difusa del día, se reaviva a la luz temblorosa de una lámpara o de una vela, pues resplandece en miríadas de centellas, haciendo presentir otras luces no terrestres que llenan el espacio celeste» (La prospettiva rovesciata ed altri scritti, Roma 1984, p. 63).»
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