La primera imagen se encuentra en la Galleria degli Uffizi en Florencia. La importancia del cuadro, aparte de por su indudable belleza, es sobretodo porque es de los pocos lienzos pintados hasta la época (s.XVII) por una mujer. La autora del cuadro se llamaba Artemisa Gentileschi.

Avanzó, después, hasta la columna del lecho que estaba junto a la cabeza de Holofernes, tomó de allí su cimitarra, y acercándose al lecho, agarró la cabeza de Holofernes por los cabellos y dijo: «¡Dame fortaleza, Dios de Israel, en este momento!» Y, con todas sus fuerzas, le descargó dos golpes sobre el cuello y le cortó la cabeza. Después hizo rodar el tronco fuera del lecho, arrancó las colgaduras de las columnas y saliendo entregó la cabeza de Holofernes a su sierva, que la metió en la alforja de las provisiones. Luego salieron las dos juntos a hacer la oración, como de ordinario, atravesaron el campemento, contornearon el barranco, subieron por el monte de Betulia y se presentaron ante las puertas de la ciudad. (Jdt 13, 1-10)
La imagen que se muestra a continuación, que es de Caravaggio, representa la misma escena -de manera menos cruda quizás- pero a diferencia de la de Gentileschi, no está llena de rabia y tensión, sino que plasma la situación desde lejos, como en tercer plano. Esto posiblemente se deba a la biografía de los dos pintores: la primera, una mujer que sufrió e hizo plástica en todas sus obras una experiencia de poco agrado que tuvo con un profesor cuando ella era pequeña; el otro, un hombre con mucho genio, que apuesta y pelea con sus vecinos. Aun así, aunque transmitan cosas distintas, se puede observar una gran influencia pictórica por parte de Caravaggio en el cuadro de Artemisa Gentileschi.

La obra se encuentra en el Museo Barberini en Roma.
Todo el pueblo quedó lleno de estupor y postrándose adoraron a Dios y dijeron a una: «¡Bendito seas, Dios nuestro, que has aniquilado el día de hoy a los enemigos de tu pueblo!» Ozías dijo a Judit: «¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra! Y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y de la tierra, que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros enemigos. Jamás tu confianza faltará en el corazón de los hombres que recordarán la fuerza de Dios eternamente. Que Dios te conceda, para exaltación perpetua, el ser favorecida con todos los bienes, porque no vacilaste en exponer tu vida a causa de la humillación de nuestra raza. Detuviste nuestra ruina procediendo rectamente ante nuestro Dios.» Todo el pueblo respondió: «¡Amén, amén!» (Jdt 10, 17-20).
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