La «tensión» de la anunciación

La anunciación, El Greco, 1570, Museo del Prado de Madrid.

 

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A continación, copiamos un extracto de una de las más célebres homilías marianas de la antigüedad, compuesta entre finales del siglo V e inicios del VII, traducida al armeno, georgiano y paleoslavo. En los códices aparece unida a otra homilía de San Juan Crisóstomo. Por eso se atribuye a este santo, aunque no se sabe con certeza.

«En el sexto mes, el  ángel Gabriel fue enviado a una Virgen (Lc 1, 26). Había recibido de Dios una orden, de modo claro:
«Acércate, pues, a la Virgen María. Marcha a la ciudad animada, a la que se refería el profeta con las siguientes palabras: de ti se dicen cosas estupendas, ciudad de Dios (Sal 86 (87), 3). Ve a mi paraíso dotado de razón, a la puerta oriental, al domicilio digno de mi Verbo. Ve a aquel otro cielo que se encuentra en la tierra, a la nube ligera, y anúnciale el rocío de mi llegada. Acércate al templo preparado para mí, al Vestíbulo de mi Padre Encarnación, al tálamo purísimo de mi nacimiento según la carne. Habla al oído de esa arca mía dotada de razón, para que me prepare un acceso por medio de la escucha. Pero pon atención para no ofender ni turbar el ánimo de la Virgen. Aparécete de modo conveniente a aquel divino sagrario y dirígele en primer lugar una palabra de gozo. Dirás, pues, a María: Te saludo, oh llena de gracia, para que Yo pueda tener compasión de la triste y afligida Eva

En Los mejores textos sobre la Virgen María, Pie Regamey cita a San Bernardo, cuando habla de los segundos de espera entre el anuncio del Ángel y el fiat de María, describiendo un momento de eterna y divina tensión bien congelado por muchas de las anunciaciones del Greco:

«Responded presto al ángel, o, mejor dicho, por el ángel al Señor.
Responded una palabra y recibiréis la Palabra, proferid vuestra palabra y concebiréis la divina Palabra, emitid una palabra pasajera y recibid la Palabra eterna. ¿Por qué tardar, y por qué temer? Creed, confiad, ¡recibid! Que vuestra humildad se haga audaz, y vuestro pudor confiante. Sin duda la sencillez virginal no debe hacer olvidar la prudencia, pero es aquí, Virgen prudente, el único momento en el que no debéis temer la presunción: si el pudor os mandaba el silencio, el amor os obliga a hablar. Bienaventurada Virgen, abrid vuestro corazón a la fe, y vuestros labios a la aceptación, y vuestras entrañas al Creador. El deseo de todas las naciones llama a vuestra puerta


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