
Giulio Romano, La Visitación (1517), Museo del Prado (Madrid, España)
María, en su famoso diálogo con su prima Isabel (Lc 1,46), nos conmueve con este himno al Creador, Señor de los humildes, que aplasta a los poderosos: la Virgen, que se sabe heredera de la promesa hecha a sus padres de parte de Dios, se considera esclava del Señor, y en su humildad Dios la ensalza por encima de toda criatura.
Es la eterna paradoja de Dios. Hace 2000 años, cuando la mujer (hoy en día vemos todavía algunas reminiscencias) no era considerada socialmente, cuando los hombres eran degradados a la esclavitud y los pobres eran marginados (como hoy), Dios escoge a María, ancilla Domini, esclava del Señor, y dependiendo de la libertad y del sí de una muchacha de Israel, la corona como la más digna después de Él, por encima de todos los hombres. Otro gran capítulo de la historia de la Misericordia de Dios. (Lc 1,46-55)
Magníficat ánima mea Dóminum,
et exsultávit spíritus meus in Deo salvatóre meo,
quia respéxit humilitátem ancíllæ suæ.
Ecce enim ex hoc beátam me dicent omnes generatiónes,
quia fecit mihi magna, qui potens est,
et sanctum nomen eius,
et misericórdia eius in progénies et progénies timéntibus eum.
Fecit poténtiam in bráchio suo,
dispérsit supérbos mente cordis sui;
depósuit poténtes de sede
et exaltávit húmiles;
esuriéntes implévit bonis
et dívites dimísit inánes.
Suscépit Israel púerum suum, recordátus misericórdiæ,
sicut locútus est ad patres nostros,
Abraham et sémini eius in sæcula.
Proclama mi alma las grandezas del Señor,
y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:
porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;
por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.
Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,
cuyo nombre es Santo;
su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.
Manifestó el poder de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó de su trono a los poderosos
y ensalzó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y a los ricos los despidió vacíos.
Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia,
como había prometido a nuestros padres,
Abrahán y su descendencia para siempre.
En la obra que mostramos, solo querríamos resaltar el paralelismo María-Isabel, Jesús-Juan Bautista (como se puede observar al fondo, que aparece el Bautismo en el Jordán). Como María viene al encuentro de Isabel siendo la Señora, así Jesús viene al encuentro del Bautista antes de comenzar su ministerio público.
Descubre más desde De Arte Sacra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.