
Josep Maria Subirachs i Sitjar fue el escultor de la fachada de la Pasión de la Sagrada Família, que construyó entre 1987 i 2009. Dicha fachada tiene una escultura exenta, a modo de parteluz en la entrada a la Basílica. Se trata de un Cristo flagelado. El estilo es sumamente duro: aristas definidas, abujardados y ángulos rectos que en la roca reconstruyen una Pasión que debió ser igual de áspera y pétrea. El Cristo de roca es flagelado y gime doliente.
Pero no empieza en Subirachs la idea de retratar a Dios como roca. De hecho, la tradición judeocristiana presenta en ocasiones a Dios como la Roca firme de Israel, como el cimiento sobre el que se apoya el pueblo israelita y el universo entero. Así canta el libro del Deuteronomio 32, 3-4:
Voy a invocar el Nombre del Señor: Ensalzad a nuestro Dios,
Él es la Roca: sus obras son perfectas, todos sus caminos son justicia. Es el Dios Fiel: no hay en Él deslealtad alguna, Justo y Recto: así es Él.
Y efectivamente, este Dios se presenta como la gran roca que promete fidelidad al pueblo, lo libera de la esclavitud en Egipto, establece con ellos una alianza, les da una Ley en el Sinaí, les da la victoria sobre los pueblos extranjeros e invasores, les procura una tierra sobre la que asentarse.
El profeta Isaías, ya en la época monárquica de Israel, pronuncia un oráculo sobre Damasco y Efraím, proclamando solemnemente la infidelidad de los israelitas, que se han vuelto a apartar del Señor: Porque olvidaste al Dios de tu salvación, y no te acordaste de la Roca de tu refugio, por eso plantas huertos de placer, e injertas cepas extranjeras (Isaías 17,10).
Y más adelante pone en boca del mismo Dios las siguientes palabras:
¿Quién hay como Yo? Que tome la palabra, lo explique, y me lo pruebe. ¿Quién hizo oír desde antaño las señales, y anunció lo que había de venir?
¡No temáis ni tembléis! ¿Es que no te lo hice oír y anuncié desde antiguo? Vosotros sois mis testigos: ¿hay acaso un dios fuera de mí? ¡No hay una Roca, no la conozco!» (Isaías 44, 7-8).
El Salmo 118, que probablemente fuera compuesto por el rey David, y que durante tantos siglos cantó el pueblo de Israel, dice, hablando de Dios:
La piedra que desecharon los constructores ésta ha llegado a ser la piedra angular (Salmo 118 (VG 117), 22).
Queda así de alguna forma fijado en el imaginario de Israel que el Dios que los dirige es la Roca angular sobre la que se apoyan y se mueven. Más tarde, en el siglo IV, hablando del nacimiento de Cristo y la adoración que le rindieron Magos y pastores, San Agustín hablará también de esa piedra angular: Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquellos vinieron de cerca; estos, de lejos, pero unos y otros coincidieron en la piedra angular (SAN AGUSTÍN, Serm. De Nativ. Dom., 202, 1).
Con la venida del Cristo a la tierra, queda claro que Él es la Roca definitiva sobre la que asentarse, sobre la que edificar la propia vida (Mateo 7, 24-27). Si Cristo es el Dios encarnado, es la Roca en la tierra, el puerto seguro. San Lucas vuelve a citar el mismo pasaje del Salmo 118, refiriéndolo directamente a Cristo: Él es la piedra que, rechazada por vosotros los constructores, ha llegado a ser la piedra angular (Hechos de los Apóstoles 4, 11).
San Pablo escribe a los efesios y les recuerda la misma idea:
Por lo tanto, ya no sois extraños y advenedizos sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, sobre quien toda la edificación se alza bien compacta para ser templo santo en el Señor (Carta a los Efesios 2, 19-21).
Gracias a la carta del mismo San Pablo a los romanos, esta imagen de Cristo-roca quedará estrechamente ligada a la muerte de Cristo. El Apóstol de las gentes señalará que esta fuerza del Dios-roca viene dada gracias a la muerte de su propio Hijo. Es decir, la muerte del Dios encarnado, concede a toda la humanidad esa fuerza liberadora del pecado y de la muerte, y que por tanto es vida, paradójicamente:
Pues si por la caída de uno solo la muerte reinó por medio de uno solo (refiriéndose al primer pecado de Adán), mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo (Romanos 5, 17). Cristo se presenta como el nuevo Adán, el hombre que vuelve a dar la vida a los que la habían perdido, muriendo Él en una cruz (ver también Romanos 5, 9-11 y Romanos 6, 9-11)
Podemos decir, entonces, que el momento en que Cristo es más «roca» es el momento en que es más débil: en su Pasión y su Muerte, pues es entonces cuando nos concede la fuerza liberadora de la esclavitud del pecado.
Para concluir con las citas de la Sagrada Escritura, me gustaría proponer una que pienso condensa solemnemente la muerte de un Dios como aquello capaz de llenar de vida a una humanidad que en realidad estaba muerta. Es del mismo autor, en su carta a los filipenses:
(…) Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: “¡Jesucristo es el Señor!”, para gloria de Dios Padre.

Y me parece que es en ese contexto en el que cabe situar la obra de Subirachs, entendiendo que en la debilidad de un Dios que muere es donde reside toda la fuerza y potencia liberadora del Cristianismo.




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Un comentario en “El Cristo-Roca de la Sagrada Família”