
El tríptico de los Siete Sacramentos (1440-1445), de Rogier van der Weyden, Royal Museum of Fine Arts (Amberes, Bélgica)
Al ver esta obra de Van der Weyden, vinieron a mi mente dos temas muy relacionados entre sí, y que encuadran muy bien la acción de la Iglesia: el adventus medius y la centralidad del Misterio en los sacramentos.
Joseph Ratzinger, en su libro de El espíritu de la liturgia, habla de tres tiempos en la historia de la salvación para tratar de poner en su contexto cósmico el culto divino. Habla del paralelismo del pasado, presente y futuro con las tres fases de la historia de la salvación: sombra (Antiguo Testamento), imagen (tiempo de la Iglesia), realidad (tiempo escatológico).
Esta cosmovisión viene así distribuida por dos eventos fundamentales: la encarnación del Hijo de Dios (que como hemos visto en otra entrada sobre el sacrificio, se hacía necesaria a los hombres) y la venida final o Parusía, anunciada en todo el Nuevo Testamento y especialmente en el Apocalipsis. Entre estas dos venidas, está un tiempo de espera del fin de los tiempos (Mt 28,16-20):
Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y en cuanto le vieron le adoraron; pero otros dudaron. Y Jesús se acercó y les dijo: —Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Como vemos, este tiempo medio sin embargo no es un tiempo de orfandad, como explica muy bien el mismo Ratzinger en Jesús de Nazareth (II) comentando la ascensión:
Me parece oportuno aclarar aún, mediante dos expresiones diferentes de la teología, esta tensión intrínseca de la espera cristiana del retorno, espera que ha de caracterizar la vida y la oración cristiana. En el primer domingo de Adviento, el breviario romano propone a los orantes una catequesis de Cirilo de Jerusalén (Cat. XV,1-3: PG 33,870-874), que comienza con estas palabras: «Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda… Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno de Dios, desde toda la eternidad; otro de la Virgen en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero silencioso…, el otro manifiesto, todavía futuro». Esta doctrina sobre la doble venida ha dejado su sello en el cristianismo y forma parte del núcleo del anuncio del Adviento. Todo esto es correcto, pero insuficiente.
Apenas unos días después, el miércoles de la primera semana de Adviento, el breviario ofrece una interpretación tomada de las homilías de Adviento de san Bernardo de Claraval, en la cual se expresa una visión complementaria. En ella se lee: «Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia (adventus medius)… En la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad» (In Adventu Domini, serm. III, 4.V, 1: PL 183, 45A.5050C-D). Para confirmar su tesis, Bernardo se remite a Juan 14,23: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».
Se habla explícitamente de una «venida» del Padre y del Hijo: es la escatología del presente, que Juan desarrolla. En ella no se abandona la espera de la llegada definitiva que cambiará el mundo, pero muestra que el tiempo intermedio no está vacío: en él está precisamente el adventus medius, la llegada intermedia de la que habla Bernardo. Esta presencia anticipadora forma parte sin duda de la escatología cristiana, de la existencia cristiana.
Aunque la expresión adventus medius era desconocida antes de Bernardo, su contenido existía ya desde el principio en toda la tradición cristiana de distintas maneras. Recordemos que san Agustín, por ejemplo, veía las palabras del anuncio en la nube sobre la que viene el Juez universal: las palabras del mensaje transmitidas por los testigos son la nube en la que Cristo viene al mundo; ya ahora. Así se prepara al mundo para la venida definitiva. Las modalidades de esta «venida intermedia» son múltiples: el Señor viene en su Palabra; viene en los sacramentos, especialmente en la santa Eucaristía; entra en mi vida mediante palabras o acontecimientos.
Pero hay también modalidades de dicha venida que hacen época. El impacto de dos grandes figuras –Francisco y Domingo– entre los siglos XII y XIII, ha sido un modo en que Cristo ha entrado de nuevo en la historia, haciendo valer de nuevo su palabra y su amor; un modo con el cual ha renovado la Iglesia y ha impulsado la historia hacia sí. Algo parecido podemos decir de las figuras de los santos del siglo XVI: Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, llevan consigo nuevas irrupciones del Señor en la historia confusa de su siglo, que andaba a la deriva alejándose de Él. Su misterio, su figura, aparece nuevamente; y, sobre todo, se hace presente de un modo nuevo su fuerza, que transforma a los hombres y plasma la historia.
Es clara la conciencia que tenemos los cristianos de que este tiempo intermedio no es algo vacío, ni simple espera: Cristo ha dejado al Sacramento de su Iglesia, desde donde mana la gracia, y de manera especial en los siete sacramentos.
Yendo a por el segundo tema del que hablábamos, parece interesante resaltar el carácter eminentemente didáctico de esta obra. Cómo están distribuidos los distintos sacramentos (la acción sacramental de la Iglesia en este tiempo del aún no): los sacramentos de la iniciación cristiana a la izquierda (Bautismo, confirmación y penitencia) y a la derecha los sacramentos particulares (ordenación sacerdotal, matrimonio y unción de enfermos) y en el centro la Eucaristía, centro de la vida eclesial, que hace presente el Misterio Pascual, fuente y centro de todos los sacramentos y de la vida de la Iglesia, como vemos aquí en la escena del Calvario que ocupa el centro. A este propósito habla Odo Casel acerca de los sacramentos (Odo Casel pertenece al movimiento litúrgico de principios del siglo XX, donde el Misterio -realidad más presente en la época patrística- vuelve a tener su puesto preeminente):
En general, en los sacramentos sólo se ve, demasiadas veces, «un medio de gracia», es decir, un medio objetivo de perdón divino y de fortalecimiento; se les contempla demasiado poco en lo que tienen de unión con el Cristo viviente y con la vida del cristiano en Cristo. Recibir un sacramento vale más que una «buena obra» que se realiza por costumbre piadosa, por sentimiento del deber o por devoción; se tiene menos en cuenta su orientación mística hacia la Comunión con Dios y hacia la vida eterna. Para decirlo brevemente, los sacramentos han sido rebajados, haciendo violencia a su misma esencia, a la esfera intelectual y moral; se han convertido en objetos de fe, armas contra el pecado, auxilios de la vida moral. Es cierto que son todo eso; pero así como en el Cristianismo toda moral toma su savia y su fecundidad del Misterio de Cristo, así también el sacramento debería ser, ante todo y en primer lugar, portador e intermediario de la vida de Cristo. Los Misterios deberían ser, a la vez, germen y flor del conocimiento (gnosis) de Cristo y del Agape de Cristo (superior aun a la gnosis). (Odo Casel, Misterio de la Iglesia)
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