
Alegoría de la vanidad, Antonio de Pereda, 1635.
En otros posts hemos tratado el tema de la vanitas barroca desde el Antiguo Testamento. El paso del tiempo que caduca frente a lo eterno, que permanece inmutable. Antonio de Pereda es otro gran barroco español del XVII, que retrata igualmente la vanitas en sus pinturas, como se aprecia en la imagen. En el Nuevo Testamento también encontramos referencias a la vanitas, pero no sólo en el sentido de caducidad irreversible, sino también en la exhortación a aprovechar el tiempo. Es decir, en el carpe diem cristiano, que propugna exprimir el meollo de lo realmente importante en esta vida, que no es sino empezar ya a vivir la otra.
En el discurso de la montaña, que relata Mateo en el sexto capítulo de su Evangelio, dice Jesucristo, después de pronunciar las Bienaventuranzas (Mt 6, 19-21):
«[19] »No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban.
[20] Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban.
[21] Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón.»
Se adivina, como hemos comentado, un sentido positivo de la vanitas, que mueve a almacenar todo lo que en esta vida no es caduco, que son ya como retazos de la otra vida en esta vida, y que permiten vivir en la tierra mirando el cielo, que San Pablo describirá como la meta de la única carrera que importa correr.
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