
Annunciazione (1582-1584) di Federico Barocci , Musei Vaticani (Roma)
Es conocido el pasaje en el cual el profeta Jeremías nos cuenta su vocación (Jr 1,4-9):
4 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:
5 Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí.
6 Yo dije: «¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho».
7 Y me dijo Yahveh: No digas: «Soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás.
8 No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte – oráculo de Yahveh -.
9 Entonces alargó Yahveh su mano y tocó mi boca. Y me dijo Yahveh: Mira que he puesto mis palabras en tu boca.
Si después nos trasladamos a una casa humilde de Nazareth, donde una muchacha joven está en oración, las palabras del profeta adquieren todavía más fuerza (Lc 1,26-38):
26 Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28 Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». 29 Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. 30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 32 El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». 34 María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» 35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. 36 Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, 37 porque ninguna cosa es imposible para Dios».
38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.
En ambos casos se parte de una presencia muy cercana de Dios en el llamado. Dios no llama de repente, como al azar, sino que al llamado ya lo conocía, ya estaba con él desde el principio, y lo ha preparado para esa llamada. (Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía (…) y «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»).
A esto se une la respuesta del llamado manifestando su poquedad, su ineptitud para la misión. (Yo dije: «¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho». y Ella se conturbó por estas palabras, (…)).
A su vez, Dios manifiesta que no ha de tener miedo (No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte (…) y «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;) y que la misión para la que han sido escogidos se llevará a cabo gracias a las fuerzas de Yahveh, con su gracia. En ambos casos esta acción de Dios no es algo externo, sino que santifica a la persona llamada desde dentro para que lleve a cabo la misión encomendada (Entonces alargó Yahveh su mano y tocó mi boca. y El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;).
En fin, vemos en María -anticipada por la llamada de Jeremías- el ejemplo de la llamada a la santidad, a la misión que Dios ha querido para cada uno, porque quiere que el hombre colabore en su designio divino. Lo más increíble de esta llamada de Dios es que no es algo reservado a unos pocos, sino que Dios cuenta (ha contado y contará) con cada hombre, que lo vió desde antes de la creación del mundo (Ps 2,7):
Filius meus es tu; Ego hodie genui te; Tu eres mi hijo; Yo te he engendrado hoy.
Es importante este carácter de filiación que comporta la llamada, que también atestigua el profeta Isaías (Is 43,1):
1 Ahora, así dice Yahveh tu creador, Jacob, tu plasmador, Israel. «No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío.
En esta llamada personal Dios no obliga, sino que cuenta con nuestra libertad: a pesar de saber que es lo mejor que nos puede pasar y hacernos felices, nos deja a nuestra libre elección, como hizo con el profeta Samuel (1S 3,10):
10 Vino Yahveh, se paró y llamó como las veces anteriores «Samuel, Samuel!» Respondió Samuel: «¡Habla, que tu siervo escucha».
Yahveh llama a Samuel, pero no lo fuerza a seguirle con una imagen imponente y terrible, sino que simplemente espera que le escuche. Y es más, como con cada hombre, no lo abandona: le llama varias veces. Podemos de aquí ver que Dios está llamando continuamente al hombre, intentando ayudarle a realizarse en cada instante. Pero es él el que debe aprovechar cada oportunidad, luchando por no perderse y entretenerse en cosas vanas, como bien dice el libro de Baruc en su capítulo 3 (Ba 3,27-38):
27 Pero no fue a éstos a quienes eligió Dios ni les enseñó el camino de la ciencia; 28 y perecieron por no tener prudencia, por su locura perecieron. 29 ¿Quién subió al cielo y la tomó? ¿quién la hizo bajar desde las nubes? 30 ¿Quién atravesó el mar y la encontró? ¿quién la traerá a precio de oro puro? 31 No hay quien conozca su camino, nadie imagina sus senderos. 32 Pero el que todo lo sabe la conoce, con su inteligencia la escrutó, el que dispuso la tierra para siempre y la llenó de animales cuadrúpedos, 33 el que envía la luz, y ella va, el que llama, y temblorosa le obedece; 34 brillan los astros en su puesto de guardia llenos de alegría, 35 los llama él y dicen: ¡Aquí estamos!, y brillan alegres para su Hacedor. 36 Este es nuestro Dios, ningún otro es comparable a él. 37 El descubrió el camino entero de la ciencia, y se lo enseñó a su siervo Jacob, y a Israel su amado. 38 Después apareció ella en la tierra, y entre los hombres convivió.
Pero la siguiente pregunta es: ¿A qué llama Dios? ¿Vale cualquier camino? Vemos al final de los versículos anteriores como un indicio, pues son una imagen de la Encarnación (37 El descubrió el camino entero de la ciencia, y se lo enseñó a su siervo Jacob, y a Israel su amado. 38 Después apareció ella en la tierra, y entre los hombres convivió.) San Pablo en su carta a los Romanos nos ilumina en esta dirección (Rm 8,29-30):
29 Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogenito entre muchos hermanos; 30 y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.
A los que conoce desde antes de la creación del mundo, los ha predestinado a identificarse con Cristo, que es su Hijo. Esa es la misión que da Dios a cualquier cristiano, ser otro Cristo, y con esto ya no somos hijos en un sentido sólo de creación, sino que compartimos la misma filiación que Cristo.
Para finalizar, podemos ver como el mismo San Pablo conecta con el inicio de nuestra reflexión en su carta a los Efesios: imitar a Cristo en el Amor (Ef 1,4-6):
4 por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; 5 eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, 6 para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado.
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Un comentario en “La llamada de Dios”