Scutum Fidei

Una de las representaciones abstractas de la Trinidad más elocuentes (es decir, no figurativas) es el Scutum Fidei. Representa un triángulo en el que se indica que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios; pero el Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Espíritu, el Espíritu no es el Padre. En la lógica humana, matemática, esto es un imposible: algo no puede ser uno y trino al mismo tiempo. Por ello el Scutum Fidei es una «muy buena» representación de la Trinidad: quizá figurativamente sería mucho más difícil conseguirlo.

 

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Manuscrito Cotton Faustina,3 ca. 1210, que pareceser contiene la representación más antigua conocida del Scutum Fidei.

 

De todas formas, aunque sea un «imposible» para la lógica humana, San Agustín señala que en el alma humana se pueden encontrar vestigios de la Trinidad divina: el hombre tiene a la vez algo de uno y de trino, cosa que muestra que no es absurdo pensar en Dios como Uno y a la vez como Trino («en el que hay» tres Personas).

 

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Esquema del Scutum Fidei

En su empeño por penetrar en el misterio de la Trinidad, San Agustín se esfuerza por encontrar imágenes o semejanzas tomadas de la naturaleza y especialmente del hombre, basándose en la convicción de que el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios. La razón es bien sencilla: si Dios es esencialmente Trinidad, en el hombre, creado a su imagen, se encontrará un vestigio de esta trinidad en la que se realiza la unidad de Dios. (MATEO-SECO, Lucas F., Dios Uno y Trino, EUNSA, Pamplona 1998 (p.277)).

San Agustín emplea mente como alma, y noticia como conocimiento propio (del alma a sí misma).
SAN AGUSTÍN, De Trinitate IX, 2, 2:
Si esto es así, fijemos nuestra atención en las tres cosas que nos parece haber descubierto en nosotros. No hablamos aún de las cosas de allá arriba, no nos referimos aún al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sino a esta imperfecta imagen, pero al fin imagen; es decir, al hombre; estudio quizá más familiar y asequible a la debilidad de nuestra mente.
Heme aquí, yo que busco, cuando amo algo existen tres cosas: yo, lo que amo y el amor. No amo el amor, sino amo al amante; porque donde nada se ama no hay amor. Luego son tres los elementos: el que ama, lo que se ama y el amor.

IX, 4, 4:
(…) Y cuando [el alma] se conoce toda y ninguna otra cosa con ella, su conocimiento es igual a ella, pues cuando se conoce, su conocimiento no lo saca de otra naturaleza; y cuando totalmente se conoce y ninguna otra cosa percibe, no es ni mayor ni menor. Con razón, pues, dijimos que estas tres cosas [el alma, su noticia, el amor a su noticia], cuando son perfectas, son, en consecuencia, iguales.
Son iguales, no son partes de un todo. Aunque cada una se puede distinguir, respecto de las otras.

IX, 5, 8
Y así, cada una de estas tres realidades existe en sí misma. Y están recíprocamente unas en otras: la mente que ama está en su amor; el amor, en la noticia del que ama, y el conocimiento, en el alma que conoce. Cada una está en las otras dos. (…) Y las tres son de un modo maravilloso inseparables entre sí, y, no obstante, cada una de ellas es sustancia, y todas juntas una sustancia o esencia, si bien mutuamente son algo relativo.

IX, 12, 17:
¿Qué es el amor? ¿Será imagen? ¿Palabra? ¿Engendrado? ¿Por qué la mente engendra su noticia cuando se conoce y no engendra su amor cuando se ama? Porque si es causa de su noción en cuanto escible, será también causa de su amor, en cuanto amable.
Difícil es decir por qué no engendra el alma ambas cosas. Y esta misma cuestión surge al tratar de la Trinidad excelsa, Dios omnipotente y Creador, a cuya imagen fue el hombre formado, y suele inquietar a los hombres, a quienes la verdad de Dios invita a la fe en lenguaje humano. ¿Por qué al Espíritu Santo ni se le cree, ni se le dice engendrado por Dios Padre, ni se le llama hijo suyo?
Es lo que, de alguna manera, nos esforzamos por estudiar ahora en la mente humana, y para ello interroguemos, con el fin de obtener respuesta cumplida, a esta imagen inferior y más familiar que es nuestra misma naturaleza, dirigiendo luego la mirada de nuestra mente, ya más entrenada, de la criatura iluminada a la luz inconmutable; con todo, la misma verdad nos persuadirá que el Espíritu Santo es amor, y el Verbo, Hijo de Dios, verdad que ningún cristiano pone en duda.
Volvamos, pues, a esta imagen creada, esto es, a la mente racional, e interroguémosle con diligencia sobre esta cuestión, pues en ella temporalmente existe un conocimiento de ciertas cosas que antes no existía y un amor a cosas que antes no se amaban, y este conocimiento nos indican más claramente qué es lo que tenemos que decir, pues siempre es más hacedero explicar una realidad encuadrada dentro del orden de los siglos en un lenguaje temporal y humano.

IX, 12, 18:
Y esta apetencia o búsqueda, aunque no parezca aún amor con que se ama lo conocido -sólo se trata aún el conocimiento-, participa en cierto modo de su género.
Y se la puede llamar ya voluntad, porque todo el que busca quiere encontrar; y si se busca lo que pertenece a la noticia, el que busca quiere conocer. Y si con ardor lo ansía y constancia, se llama estudio, término muy usual en la investigación y adquisición de las ciencias. Luego al parto de la mente precede una cierta apetencia, en virtud de la cual, al buscar y encontrar lo que conocer anhelamos, damos a luz un hijo, que es la noticia; y, por consiguiente, el deseo, causa de la concepción y nacimiento de la noticia, no se puede llamar con propiedad parto e hijo; el mismo deseo que impele vivamente a conocer se convierte en amor al objeto conocido y sostiene y abraza a su prole, es decir, a su noticia, y lo une a su principio generador. Es, pues, cierta imagen de la Trinidad la mente, su noticia, su hijo y verbo de sí misma, y en tercer lugar, el amor; y estas tres cosas son una sola sustancia. Ni es menor la prole cuando la mente se conoce tal como es, ni menor el amor si se ama cuanto se conoce y es.
Resume MATEO-SECO:
Nuestro pensamiento -nuestra alma- se ama a sí misma. El amor por sí misma no es otra cosa que su afirmación natural de existir. Tenemos, pues, dos realidades inseparablemente unidas: el alma y su amor. Pero este amor sería imposible si el alma no tuviese conciencia de sí misma, es decir, si no tuviese noticia de su propia existencia (MATEO-SECO, Lucas F., Dios Uno y Trino, EUNSA, Pamplona 1998 (p.278)).


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