
Absis central de Sant Climent de Taüll (ca. 1123), Museu Nacional d’Art de Catalunya (Barcelona)
En su libro El espíritu de la Liturgia: una introducción, Joseph Ratzinger hace un breve repaso por la historia del arte plástico sacro. En este caso nos interesa observar el contraste existente entre el Románico (siglos XI-XIII) y el Gótico (siglos XIII-XV) en la Europa occidental. El arte Románico, de gran influencia platónica, está marcado por la representación de Cristo resucitado, el Logos que es la razón de todas las cosas y rey del Universo, como podemos apreciar en esta imagen del Pantócrator. En esta corriente cultural y artística se da especial importancia al Misterio de Cristo y a su carácter glorioso, que es ajeno a las cosas que se pueden «tocar». Sin embargo, podría pasar que esta imagen portentosa y de carácter real (entiéndase: de la realeza) del Verbo (en su versión más deformada) estaría como alejada del mundo material, de la realidad del hombre.
Y ese vacío es el que viene a llenar la reacción cultural del arte Gótico. Se pasa del Cristo glorioso y triunfante a la imagen del Crucificado en su dolorosa pasión y muerte. El Aristotelismo irrumpe en Europa y se revaloriza lo material, se busca lo real e histórico, viendo los hechos bíblicos con más realismo. La liturgia se transforma: se pasa a una imitación simbólica del acontecimiento de la cruz, comprendiendo más el carácter sacrificial de la Santa Misa. El hombre quiere resaltar los sufrimientos y padecimientos de Cristo, pues necesita identificarse con Él en su dolor cotidiano. Tanto es así que se llegan a extremos como el de la Crucifixión de Grünewald: el Crucificado es un hombre exageradamente retorcido por el dolor, mostrando toda la viveza del sufrimiento.

La crucifixión (1512-1516) de Matthias Grünewald, Museo de Unterlinden en Colmar (Francia).
Algunos detalles del mismo para hacerse más cargo del aspecto que comentamos:
Llegados a este punto uno podría preguntarse: ¿Cuál de las dos visiones vistas se acerca más a la realidad del Redentor? Veremos que como con cualquier pilar de la fe, la riqueza de este Misterio nos hace no conformarnos con una respuesta superficial.
Los judíos esperaban un Mesías poderoso, con poder político, como podemos ver en el Ps 110:
1 De David. Salmo. Oráculo de Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra,
hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies.
2 El cetro de tu poder lo extenderá Yahveh desde Sión:
¡domina en medio de tus enemigos!
3 Para ti el principado el día de tu nacimiento,
en esplendor sagrado desde el seno, desde la aurora de tu juventud.
4 Lo ha jurado Yahveh y no ha de retractarse:
«Tú eres por siempre sacerdote, según el orden de Melquisedec».
5 A tu diestra, Señor, él quebranta a los reyes el día de su cólera;
6 sentencia a las naciones, amontona cadáveres,
cabezas quebranta sobre la ancha tierra.
7 En el camino bebe del torrente, por eso levanta la cabeza.
Pero el plan salvífico de Dios no se realiza como ellos esperaban, como muestra Jesús en la parábola de las bodas del Rey: cuando éste les invita a las bodas, ellos se excusan (Mt 22,1-9):
1 Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: 2 «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. 3 Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. 4 Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.” 5 Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; 6 y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. 7 Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. 8 Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. 9 Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.”
La boda a la que los judíos no quieren asistir es precisamente la misma vida del Verbo encarnado en la plenitud de los tiempos: Jesús de Nazareth. Pero tras insistir con signos y palabras, Israel rechaza la invitación de Cristo a seguirle y el proclamarse Hijo de Dios es el motivo de su condena.
Con su participación de la naturaleza humana incluso en la muerte, se muestra que Cristo tampoco es «como un hombre», similar a una divinidad griega, que toma la apariencia de los mortales, como muchos intentaron afirmar años después. Es verdadero Dios y verdadero hombre. En esta concepción de una «apariencia» de hombre nos encontraríamos ante la óptica del mundo griego, que sólo pueden pensar en un Logos excarnado, porque para ellos la cruz es un escándalo.
Este es el escándalo de la cruz, que el Señor de la historia tenga por trono una cruz, que sufra como los hombres. Pero es que esa asunción de la humanidad hasta el sufrimiento es la clave de la Redención. Isaías lo profetiza claramente en su descripción del siervo sufriente (Is 53,3-5):
3 Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. 4 ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. 5 El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados.
Cristo asume el dolor humano y lo redime. Simeón, aquel anciano que va al Templo movido por el Espíritu Santo para ver al niño Jesús, profetiza esa función vicaria de la cruz, que significa la redención (Lc 2,34):
34 Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción (…)
Esta señal de contradicción es la piedra que desecharon los arquitectos, y que ahora es la piedra angular, el centro de la acción salvífica de Dios (Cfr. Lc 20,17). Por tanto, para concluir podemos ver como son acertadas tanto las intuiciones románicas y góticas sobre el mismo misterio: Cristo. Éste es Señor del Universo, pero paradójicamente su trono es el castigo más infame que pudiera haber en el momento en el que se encarnó.
Como corolario, parece interesante comentar que san Pablo era consciente de esta contradicción de la cruz, hasta tal punto que la hace el centro de su mensaje: elabora una teología del sufrimiento. Quisieramos también reflexionar sobre ello, pero creemos que esto debe ser desarrollado en otro post más adelante.
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Un comentario en “Rex Crucis”