
Vidriera de la Virgen con el Niño, Museos Vaticanos (Roma)
La Iglesia canta durante estos días de Adviento este bello canto que comienza con las palabras de Is 45,8:
Rorate, caeli, desuper, et nubes pluant iustitiam; Aperiatur terra et germinet salvationem.
Destilad, cielos, como rocío de lo alto, derramad, nubes, la victoria. Abrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia.
Esta es la traducción de la NeoVulgata. La versión de la Vulgata es todavía más elocuente, porque en vez de salvación y justicia, se dice «Salvador» y «Justo», acentuando aún más carácter mesiánico de este versículo.
El resto de la composición del texto está basado en textos de Isaías, Miqueas y el Éxodo y data del siglo VIII. La melodía sin embargo sería mucho más tardía, entorno al siglo XVII.

Rorate Caeli desúper et nubes plúant iustum
Ne irascáris Dómine, ne ultra memíneris iniquitátis
Ecce cívitas Sancti facta est desérta
Sion desérta facta est, Jerúsalem desoláta est.
Domus sanctificatiónis tuae et gloriae tuae
Ubi laudavérunt Te patres nostri.
Peccávimus et facti sumus tamquam immúndus nos,
Et cecídimus quasi fólium univérsi
Et iniquitátes nostrae quasi ventus abstulérunt nos
Abscondísti fáciem tuam a nobis
Et allisísti nos in mánu iniquitátis nostrae.
Víde, Dómine, afflictiónem pópuli tui
Et mitte quem missúrus es
Emítte Agnum dominatórem terrae
De pétra desérti ad montem fíliae Sion
Ut áuferat ipse jugum captivitátis nostrae.
Consolámini, consolámini, pópule meus
Cito véniet salus tua
Quare moeróre consúmeris, quia innovávit te dolor?
Salvábo te, noli timére
Ego énim sum Dóminus Deus túus Sánctus Israël, Redémptor túus.
Derramad, oh cielos, vuestro rocío de lo alto, y las nubes lluevan al Justo.
No te enfades, Señor, ni te acuerdes de la iniquidad.
Eh aquí que la ciudad del Santuario quedó desierta:
Sión quedó desierta; Jerusalén está desolada.
La casa de tu santidad y de tu gloria,
Donde nuestros padres te alabaron.
Pecamos y nos volvimos como los inmundos,
Y caímos, todos, como hojas.
Y nuestra iniquidades, como un viento, nos dispersaron.
Ocultaste de nosotros tu rostro
Y nos castigaste por mano de nuestras iniquidades.
¡Mira, Señor, la aflicción de tu pueblo,
Y envíale a Aquel que vas a enviar!
Envíale al Cordero dominador de la tierra
Del desierto de piedra al monte de la hija de Sión
Para que Él retire el yugo de nuestro cautiverio.
Consuélate, consuélate, pueblo mío,
¡En breve ha de llegar tu salvación!
¿Por qué te consumes en la tristeza, por qué tu dolor?
¡Yo te salvaré, no tengas miedo!
Porque Yo soy el Señor, tu Deus,
El Santo de Israel, tu Redentor.
Podemos ver como este canto es un canto de espera, que toda la Iglesia aclama esperando la llegada del Salvador, pero según el inesperado designio de Dios: como un niño indefenso.
El pueblo de Israel es la imagen de la Iglesia, que en este canto llora por sus calamidades y a la vez encuentra consuelo en la esperanza del Mesías. Esta esperanza es lo que intentan despertar los profetas en el pueblo cuando todo parece perdido, cuando Jerusalén ha sido arrasada y el pueblo deportado y dispersado.
El mismo Isaías nos hace ver esta perspectiva que se sale del esperado poder terrenal y va más allá (Is 11,1-10):
1 Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. 2 Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. 3 Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. 4 Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. 5 Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos.
6 Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. 7 La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. 8 Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano.
9 Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar. 10 Aquel día la raíz de Jesé que estará enhiesta para estandarte de pueblos, las gentes la buscarán, y su morada será gloriosa.
Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid: este niño salvará a su pueblo (a la humanidad) del pecado, que es la fuente de las palabras del canto: Pecamos y nos volvimos como los inmundos, Y caímos, todos, como hojas. Y nuestra iniquidades, como un viento, nos dispersaron. Cf. Isaías 64, 4. 5. 6
Ante la impotencia del hombre, Dios toma la iniciativa y nos redime mediante un niño, su Hijo único.
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