
La Virgen niña en oración (1658-1660) de Francisco de Zurbarán (Museo del Hermitage, San Petesburgo)
Siempre ha sido una tarea ardua imaginarse la infancia de Santa María: cómo Dios la preparaba para el gran papel que iba a tener en la historia de la salvación; cómo se daban en la práctica aquellos dogmas marianos que la Iglesia ha ido discerniendo a lo largo de la historia. Y en el caso concreto que nos ocupa, cómo se materializó el dogma de la Inmaculada Concepción, por el que la Virgen había sido llena de gracia desde su concepción y por tanto librada de la experiencia de pecado. Para entender la necesidad y la grandeza de esta realidad mariana nos pueden servir unas palabras de Federico Suárez en su obra La Virgen Nuestra Señora:
Nadie ha nacido por casualidad; y nadie, tampoco, ha sido consultado para venir al mundo. El ser y la existencia de cada persona es algo de valor extraordinario, algo muy importante, tan importante que guarda relación con la Sangre de Cristo, pues toda alma, al nacer la persona, ha sido ya redimida. Todo nacimiento es siempre resultado de un proceso muy largo, minuciosa y pacientemente desarrollado. Una cantidad impresionante de circunstancias ha ido convergiendo, a lo largo de los siglos, en el minuto preciso en el que un nuevo ser singular, único, hace su entrada en el mundo. (…)
Esto es lo que se aprecia con toda claridad en la más perfecta de las criaturas. La razón de ser y existir de la Virgen María estuvo en su Maternidad. Las cualidades con que Dios la dotó se explican y justifican en función de Cristo: porque iba a ser su Madre. Y por la misma razón suspendió Dios por un momento ese yugo que pesa sobre todo nacido desde el pecado de Adán, para que ni siquiera el pecado de origen le rozara con su humillante marca. (…)
Y sigue más adelante con estas palabras, en las que uno se siente interpelado:
Dios no consulta a nadie para darle el ser. Es Él quien piensa en nosotros antes de nacer, quien nos dota de unas cualidades, quien nos da un determinado grado de inteligencia; es Él quien elige a nuestros padres y el lugar y minuto en que hemos de nacer, quien nos traza un camino, quien nos asigna un quehacer en el universo; es Dios mismo quien ha previsto y dispuesto cuidadosamente una inmensa cantidad de pequeños sucesos a lo largo de los años de nuestra vida para irnos conduciendo con ayuda de nosotros mismos a la meta asignada.
Si Dios ha hecho eso con cada uno de nosotros, cómo lo habrá hecho con a su propia Madre.
Unos versos de José de Valdivielso (del Siglo de Oro español) nos ambientan en el mismo misterio, poniendo en boca de San José las palabras que dirige a la María en su primer encuentro, cuando va a casa de sus parientes Joaquín y Ana, y le ponen la Niña en los brazos:
Fénix divina, dice, aurora clara,
imagen celestial, luz verdadera,
hermosa idea de la hermosa cara,
que ilustra con su luz la eterna esfera;
por Dios, hermosa niña, te adorara,
si al mismo Dios por Dios no conociera;
mas una cosa el alma me asegura,
que eres de todas la mejor criatura.
¿Quién, niña hermosa, llegará a miraros
que deje eternamente de quereros?
De mí sé que no puedo no adoraros,
aunque sé que no puedo mereceros;
sé que se debe al veros el amaros,
como al cielo el favor de poder veros;
que es veros y no amaros imposible,
y amaros y no veros insufrible.
Ilustre y hermosísima María,
mi deuda sois, y es tal en la que quedo,
que, aunque sé conocer que lo sois mía,
la mucha en que os estoy, pagar no puedo;
que ennoblece la glora deste día
la sangre real que indignamente heredo,
pues que tan noble deuda y tal parienta
honor y gloria a su familia aumenta.
(Valdivielso, J. de, Vida, excelencias y muerte del glorioso Patriarca y Esposo de N. Señora S. Joseph)
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