La Trinidad, El Greco, 1577-1580, Museo del Prado, Madrid
«Todo el tiempo es tiempo de Dios. La Palabra eterna, hace suya la existencia humana a través de la Encarnación y con ello, acoge la temporalidad, introduciendo así el tiempo en el espacio de la eternidad. Cristo mismo es el puente entre el tiempo y la eternidad. Si, en un primer momento, no parece posible que pueda existir relación alguna entre el “siempre” de la eternidad y el tiempo que va pasando, ahora es el Eterno mismo el que ha atraído el tiempo hacia sí. En el Hijo coexisten el tiempo y la eternidad» (RATZINGER, Joseph, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Ediciones Cristiandad, Madrid 2001, pg. 114).
«En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno (…) Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación y Resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la «plenitud de los tiempos».» (JUAN PABLO II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, n. 10).
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