La «diakonia» segun Fra Angelico

Poco conocida, la Capilla Nicolina se encuentra en el Palacio Apostólico, en la Ciudad del Vaticano. Es especialmente notable por sus pinturas al fresco del Beato Fra Angelico (1447-1451) y sus asistentes. El nombre se deriva de su patrón, el papa Nicolás V, y estaba construido para su uso como capilla privada, dentro de los apartamentos papales.

Las paredes fueron decoradas por Fra Angelico con imágenes de dos de los primeros mártires cristianos, San Esteban (Jerusalén, + 36) y San Lorenzo (Roma, 225-258), ambos diáconos de la iglesia primitiva. Sus vidas corren en paralelo por las paredes de la capilla, San Esteban arriba, San Lorenzo abajo, y las escenas representan momentos parecidos: la vocación, entrega de los símbolos de su diaconado (el cáliz, las limosnas para distribuir), su actividad de servicio a la iglesia (predicación, cuidado de los pobres), su martirio.

Fra Angelica demuestra con sencillez la vocación del diácono en la Iglesia, una llamada al servicio, en estrecha colaboración con el obispo (los Apóstoles y sus sucesores).

La vida de San Esteban se narra en Los Hechos de los Apostoles.

Cap. 6-8: «En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos. Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra».

La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los Apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos. Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe.

Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo.
Algunos miembros de la sinagoga llamada «de los Libertos», como también otros, originarios de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con él. Pero como no encontraban argumentos, frente a la sabiduría y al espíritu que se manifestaba en su palabra, sobornaron a unos hombres para que dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así consiguieron excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedrín. (…)

Al oír esto, se enfurecieron y rechinaban los dientes contra él. Esteban, lleno del Espíritu Santo y con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios. Entonces exclamó: «Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios». Ellos comenzaron a vociferar y, tapándose los oídos, se precipitaron sobre él como un solo hombre; y arrastrándolo fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a un joven llamado Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba, diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Después, poniéndose de rodillas, exclamó en alta voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y al decir esto, expiró.

Saulo aprobó la muerte de Esteban. Ese mismo día, se desencadenó una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lo lloraron con gran pesar.»

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