(Dibujo del “Hartmann Schedel (1440-1514), Hierosolima,
Liber cronicarum, Nuremberg/Nürnberg 1493”)
En el Misal Romano, la liturgia de la dedicación de una iglesia, y su conmemoración cada año, es rico en contenido litúrgico. Las lecturas de la Misa hablan del gran misterio de un Dios que se permite «caber» en construcciones hechas por mano de los hombres. Un Dios que «no cabe en el cielo y lo más alto del cielo» nos acerca, y se agrada con los templos que construimos en su honor. La primera lectura de la misa del Común de la Dedicación de una Iglesia presenta la experiencia del Rey Salomón tras erigir el gran Templo de Jerusalén:
En aquellos días, Salomón, en pie ante el altar del Señor, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo:
-«¡Señor, Dios de Israel! Ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra hay un Dios como tú, fiel a la alianza que con tus vasallos, si caminan de todo corazón en tu presencia. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que he construido! Vuelve tu rostro a la oración y súplica de tu siervo. Señor, Dios mío, escucha el clamor y la oración que te dirige hoy tu siervo. Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu nombre. ¡Escucha la oración que tu siervo te dirige en este sitio! Escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo, Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú, desde tu morada del cielo y perdona.» (Primer Libro de los Reyes 8, 22-23. 27-30)

Es ésta la gran bondad de Dios: que hace su morada entre los hombres! Y mayor expresión de esta realidad que tenemos tras la Revelación definitiva de Dios en Jesucristo es su presencia real en la Sagrada Eucaristía.
La segunda lectura de la Misa – del Libro de la Apocalipsis – habla del tabernáculo de Dios:
«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.» (Libro del Apocalipsis 21:1-4)

(Misa Solemne en la Basilica de San Juan Laterán, Roma)
Descubre más desde De Arte Sacra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.