El tema del silencio es recurrente en la literatura profética. Ese silencio se expresa especialmente en el estremecimiento ante las obras de Dios, que hacen enmudecer a quienes las contemplan.
El profeta Nahum es muy gráfico (Na 1, 5): Ante Él tiemblan los montes, las colinas se estremecen. En su presencia se levanta la tierra, el orbe y cuantos lo habitan.
Amós es mucho más específico, respecto al Nombre del Señor: (Am 6, 10) «¡Silencio! Que no hay que mentar el Nombre del Señor».
Sofonías pone en relación el silencio con el «día del Señor», y menciona un sacrificio (Sof 1, 7): ¡Silencio ante el Señor Dios!, porque se acerca el día del Señor, porque el Señor ha preparado un sacrificio y ha purificado a sus invitados.
El libro de la Sabiduría, ya perteneciente a la literatura sapiencial, pone directamente en relación el silencio con la venida de la Palabra. Se trata de una cita que después recogerá la Liturgia en la Antífona de entrada del Día VI de la Octava de Navidad:
Un silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos.
Dum médium siléntium tenérent ómnia, et nox in suo cursu médium iter habéret, omnípotens sermo tuus, Dómine, de cælis a regálibus sédibus venit.
(Cf. Sb 18, 14).
Cristo cargando con la Cruz, Hieronymus Bosch, 1510-1516, Museum voor Schone Kunsten Gent, Bélgica.
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