Tratando de la figura de María en el Antiguo Testamento, el Concilio (cf. Lumen gentium, 55) se refiere al conocido texto de Isaías, que ha atraído de modo particular la atención de los primeros cristianos: «He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 14).
Fresco de La Madonna del parto, 1455, Piero della Francesca, Monterchi (Italia)
Esta profecía, en el texto hebreo, no anuncia explícitamente el nacimiento virginal del Emmanuel. En efecto, el vocablo usado (almah) significa simplemente una mujer joven, no necesariamente una virgen. Además, es sabido que la tradición judaica no proponía el ideal de la virginidad perpetua, ni había expresado nunca la idea de una maternidad virginal.
Por el contrario, en la traducción griega, el vocablo hebreo se tradujo con el término párthenos, virgen. En este hecho, que podría parecer simplemente una particularidad de la traducción, debemos reconocer una misteriosa orientación dada por el Espíritu Santo a las palabras de Isaías, para preparar la comprensión del nacimiento extraordinario del Mesías.
En el contexto original (siglo VIII a.C.) el oráculo fue una respuesta a la falta de fe del rey Acaz: el profeta invitó al rey a depositar su confianza solamente en Dios, y no buscar apoyo en las naciones extranjeras. El signo tal protección de Dios sería la profecía sobre el nacimiento de un hijo fuerte, que sería probablemente Ezequías, el hijo de Acaz, que llevaría el reino a una mayor seguridad y prosperidad.
Así pues, el Antiguo Testamento no contiene un anuncio formal de la maternidad virginal, que se reveló plenamente sólo en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el oráculo de Isaías (Is 7, 14) prepara la revelación de este misterio, y, en este sentido se precisó en la traducción griega del Antiguo Testamento. El evangelio de Mateo, citando el oráculo traducido de este modo, proclama su perfecto cumplimiento mediante la concepción de Jesús en el seno virginal de María.
(Palabras de JUAN PABLO II en la Audiencia general en el Vaticano, miércoles 31 de enero de 1996).
La imagen de Piero della Francesca retrata bien estos “dos momentos” en los que se revela la maternidad virginal de María. El primer momento sería la tienda que se abre, la tienda que descubre a María. El Antiguo Testamento des-vela de muchas formas a una mujer que estará íntimamente relacionada con la venida del Mesías (2S 7, 13-14; Mi 5 1-2; Si 24, 24; Gn 3, 15; So 3, 14-18; etc). Esa mujer es María, que en el Nuevo Testamento des-velará a su vez a Aquel que contiene en su seno: al Emmanuel profetizado, al Verbo, a Cristo (Mt 1, 22-23). La apertura de la tienda representaría, por tanto, lo desvelado en el Antiguo Testamento; y la apertura del vestido de la Virgen –justo en su vientre– desvela a Aquel que es la misma Revelación.


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Un comentario en “Una doncella está encinta”