«Sígueme»

vocazione di san matteo

Vocazione di San Matteo, Caravaggio, 1599 – 1600, San Luigi dei Francesi, ROMA.

(Matt., 9, 9)

et cum transiret inde Iesus vidit hominem sedentem in teloneo Mattheum nomine et ait illi sequere me et surgens secutus est eum

Cuando Jesús se fue de allí, vio a un hombre llamado Mateo, sentado en la oficina de los tributos, y le dijo: ¡Sígueme! Y levantándose, le siguió.

Quisiera poner un poema que sobretodo me ha llamado la antención por como el autor me parece— consigue plasmar esa rapidez y sencillez que tiene tanto Jesús al llamar (está yéndose, tal y como acabamos de leer en el único versículo que relata la escena) como san Mateo al responder a la llamada divina. Esta llamada de Cristo que está de paso se puede ver muy bien retratada también en el cuadro de Caravaggio, donde podemos apreciar que los pies están en movimiento, mirando hacia otra dirección.

El poema La vocación de san Mateo es de José María Valverde, un poeta español que murió en Barcelona en el año 1996, a los 70 años.

—Siempre me gustó el orden. Yo no tengo

fuerzas para vivir la aventura.

Hipócritas, solían acusarme

de mi poco dinero, rebañado

a fuerza de esperar, de perseguir

al moroso, gritando entre sus niños,

de tener buena letra. ¿Y por qué no?

¿Por cuál justicia van ellos a hablar?

 

Solo, con malhumores digestivos,

débil, fue mi refugio aquella mesa

con el papel, los sellos, la balanza

temblorosa, y la ley. Yo no sacaba

más de lo acostumbrado. (No me importa

ya, que todo pasó, pero conservo

mi hábito antiguo de equidad exacta.)

El Imperio Romano y los poderes

de reyezuelos lagoteros, todo

se apoyó en mis columnas de sobadas

monedas. Desde el fondo de la tierra,

desde el olivo anciano, desde el flaco

cabrito y la tinaja en paz, venía

rodando el disco tibio, con un rostro

laureado. Y luego, nítidos montones

de tañido preciso, sudorosos,

y el mundo hacia delante, y yo tranquilo

 

Pero una tarde vino el que decían,

el que hablaban a las gentes. Yo sabía,

pero eso no era para mí; era cosa

del mundo de allá fuera, de las grandes

verdades y mentiras, de las muertes

y los amores, de las intemperies.

Ni lo pensé; un revuelo por la plaza,

varios camellos más, una inquietud

de vendedores de agua. El hombre célebre,

con su cara de bueno enflaquecido,

apareció, y cruzaba con su tropa

de pobretes.

                   Y yo ya le olvidaba,

y seguía mi suma, pero no:

llegó a mí, y dijo: «Sígueme», pasando

sin mirar hacia atrás. Yo ¿qué iba a hacer?

Yo siempre he obedecido, yo no supe;

me levanté, queriendo preguntarle,

y él no volvió la cara.

                          ¿Qué más da?

Ya llevo varios meses; todavía

no le he podido hablar a solas, pero

se me olvida qué le iba a preguntar.

Él ya cuenta conmigo; ¿qué más da?

Si yo estaba sentado, es porque nadie

pensó en mi nombre; nadie me quería.

Siento el desorden, pero ¿qué más da?

JOSÉ MARÍA VALVERDE, Antología de sus versos, Cátedra, Madrid 1982 (segunda edición), pg. 87-88.


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