Ezequiel es uno de los profetas mayores de Israel. En su libro cobra especial importancia la relación esponsal que Dios mantiene con su pueblo y la fidelidad que le reclama, así como la conversión del corazón que Dios pide a sus hijos. Hay otros tranding topics: el agua como elemento simbólico regenerador, el espíritu como hálito de vida, el templo en Jerusalén como sitio en el que se establecerá el Señor, el nuevo culto, etc.
En el capítulo 37 del libro, después de narrar la visión de los huesos vivificados –que representan a la casa de Israel– Dios le habla a Ezequiel, diciéndole que por fin establecerá una alianza perpetua con su pueblo. Se trata de un pasaje en el que se utiliza el “para siempre” siete veces, número que en la cultura judía es imagen de plenitud:
Ezequiel 37, 25-28:
25 Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la que habitaron vuestros padres. En ella habitarán para siempre, ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre. Y mi siervo David será su príncipe para siempre.
26 Estableceré con ellos una alianza de paz, será una alianza para siempre. Los estableceré, los multiplicaré y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre.
27 Habitaré entre ellos para siempre. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
28 Y sabrán las naciones que Yo soy el Señor que santifica a Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre.
Santa Teresa se hace eco de este para siempre en su autobiografía, cuando narra de forma muy poética uno de los episodios más conocidos de su infancia:
«Pues mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios. Tenía uno casi de mi edad, juntábamonos entrambos a leer vidas de Santos, que era el que yo más quería, aunque a todos tenía gran amor y ellos a mí. Como veía los martirios que por Dios las santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios y deseaba yo mucho morir así, no por amor que yo entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber en el cielo, y juntábame con este mi hermano a tratar qué medio habría para esto. Concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen. Y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan tierna edad, si viéramos algún medio, sino que el tener padres nos parecía el mayor embarazo.
Espantábanos mucho el decir que pena y gloria era para siempre, en lo que leíamos. Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto y gustábamos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad.»
(Santa Teresa de Ávila, Libro de la Vida 1, 4)
Giusto de’ Menabuoi, Paradiso, 1375-1378, cúpula del Baptisterio de San Juan Bautista (Padua, Italia)
Muchas de las pinturas y los frescos renacentistas italianos que representan el Paraíso, expresan mediante la composición equilibrada y simétrica de sus obras un cierto estatismo e idealización –a modo de «imagen congelada»– que refleja muy bien el «para siempre» de Ezequiel y el de Santa Teresa. Del caos del mundo a la calma mística. Del ruido al silencio. Del movimiento a la quietud. Del «ya», «ahora» de aquí al «eterno» y «para siempre» del Más Allá.
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