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La Vidriera de la Resurrección
Resurrección del Señor (1650-1660) de Bartolomé Esteban Murillo, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)
En la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia (Barcelona), podemos recorrer con la mirada los eventos del Misterio Pascual del Señor de abajo arriba. Antes de la Ascensión sin embargo no encontramos visiblemente la Resurrección. ¿Cómo es esto posible?
Fachada de la Pasión recientemente (2017)
Extracto de la Vanguardia sobre la Fachada de la Pasión antes de la visita de Benedicto XVI (2010)
Esquema ascendente del Misterio Pascual. El número 16 sería la Resurrección y el 17 la Ascensión
Detalle de la Ascensión
Gaudí, como en toda su obra, se inspira en el Misterio cristiano a la hora de plasmar los distintos componentes de este Templo, dando un sentido de unidad orgánica al conjunto, que es imagen de esa misma unidad del Misterio. En este caso, expresa la compleja realidad de la Resurrección -centro del mismo Misterio- de esta manera: ésta sólo puede contemplarse desde dentro del templo, con la fe de la Iglesia, que al fin y al cabo es la mirada del mismo Cristo, porque para verle uno tiene que meterse en la propia mirada de Jesús.
Detalle de la Vidriera de la Resurrección por fuera y por dentro.
La misma idea creo que se encuentra en aquellas grandes vidrieras góticas de las catedrales. Igual que en el caso anterior la vidriera está a la vista, no se ve de igual forma. Podríamos ver en estos dos lados de la vidriera desde la analogía de la dualidad de este evento histórico – misterio de fe, dualidad por otro lado necesaria: no se verá con tanta luz -con su pleno significado-, pero existe el rosetón también por fuera y es testimonio del mismo evento, son dos caras de la misma vidriera, porque la fe se basa en la historia (una fe sin historia sería una especie de gnosticismo).
Rosetón Sur de Notre Dame (París)
Es verdad como decimos que el evento de la Resurrección es histórico, pues ocurrió en un tiempo y un lugar determinados, pero también es verdad que es un hecho que trasciende la misma historia, el tiempo y el espacio, porque el cuerpo de Jesús nace a una realidad nueva.
Como en toda la historia de la salvación, Dios no quiere imponer al hombre nada, ama su libertad y por eso el «estilo divino» se basa en la mediación de otras personas, no arrolla la libertad humana con ningún poder exterior. En el caso de la Resurrección, del evento más importante de la historia, la mediación es de los testigos: aquellos que vieron a Jesús resucitado. Sin embargo, ellos tampoco vieron el momento propio de la Resurrección in situ: esto nos dice mucho de cómo este evento no sólo requiere la fe en el testigo, sino la fe en que el mismo cuerpo de Jesús clavado en la cruz es ahora el mismo que se aparece ante ellos.
Concluimos con un extracto de Joseph Ratzinger de Jesús de Nazareth (II):
(…) ¿qué podemos decir ahora realmente sobre la naturaleza peculiar de la resurrección de Cristo?
Que es un acontecimiento dentro de la historia que, sin embargo, quebranta el ámbito de la historia y va más allá de ella. Quizás podamos recurrir a un lenguaje analógico, que sigue siendo impropio en muchos aspectos, pero que puede dar un atisbo de comprensión. Podríamos considerar la resurrección (como ya hemos hecho por adelantado en la primera sección de este capítulo) algo así como una especie de «salto cualitativo» radical en que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser hombre.
Más aún, la materia misma es transformada en un nuevo género de realidad. El hombre Jesús, con su mismo cuerpo, pertenece ahora totalmente a la esfera de lo divino y eterno. De ahora en adelante –como dijo Tertuliano en una ocasión–, «espíritu y sangre» tienen sitio en Dios (cf. De resurrect. mort. 51,3: CC lat., II 994). Aunque el hombre, por su naturaleza, es creado para la inmortalidad, sólo ahora el lugar de su alma inmortal encuentra su «espacio», esa «corporeidad» en la que la inmortalidad adquiere sentido en cuanto comunión con Dios y con la humanidad entera reconciliada. Las Cartas de la Cautividad de san Pablo a los Colosenses (cf. 1,12-23) y a los Efesios (cf. 1,3-23) pretenden decir esto cuando hablan del cuerpo cósmico de Cristo, indicando con ello que el cuerpo transformado de Cristo es también el lugar en el que los hombres entran en la comunión con Dios y entre ellos, y así pueden vivir definitivamente en la plenitud de la vida indestructible. Puesto que nosotros mismos no poseemos una experiencia de este género renovado y transformado de materialidad y de vida, no debemos maravillarnos de que esto supere lo que podemos imaginar.
Es esencial que, con la resurrección de Jesús, no ha sido revitalizada una persona cualquiera fallecida en algún momento, sino que con ella se ha producido un salto ontológico que afecta al ser como tal, se ha inaugurado una dimensión que nos afecta a todos y que ha creado para todos nosotros un nuevo ámbito de la vida, del ser con Dios.
A partir de esto hay que afrontar también la cuestión sobre la resurrección como acontecimiento histórico. Por una parte, hay que decir que la esencia de la resurrección consiste precisamente en que ella contraviene la historia e inaugura una dimensión que llamamos comúnmente la dimensión escatológica. La resurrección da entrada al espacio nuevo que abre la historia más allá de sí misma y crea lo definitivo. En este sentido es verdad que la resurrección no es un acontecimiento histórico del mismo tipo que el nacimiento o la crucifixión de Jesús. Es algo nuevo, un género nuevo de acontecimiento,
Pero es necesario advertir al mismo tiempo que no está simplemente fuera o por encima de la historia. En cuanto erupción que supera la historia, la resurrección tiene sin embargo su inicio en la historia misma y hasta cierto punto le pertenece. Se podría expresar tal vez todo esto así: la resurrección de Jesús va más allá de la historia, pero ha dejado su huella en la historia. Por eso puede ser refrendada por testigos como un acontecimiento de una cualidad del todo nueva.
De hecho, la predicación apostólica, con su entusiasmo y su audacia, es impensable sin un contacto real de los testigos con el fenómeno totalmente nuevo e inesperado que les llegaba desde fuera y que consistía en la manifestación de Cristo resucitado y en el hecho de que hablara con ellos. Sólo un acontecimiento real de una entidad radicalmente nueva era capaz de hacer posible el anuncio apostólico, que no se puede explicar por especulaciones o experiencias interiores, místicas. En su osadía y novedad, dicho anuncio adquiere vida por la fuerza impetuosa de un acontecimiento que nadie había ideado y que superaba cualquier imaginación.
Al final, sin embargo, permanece siempre en todos nosotros la pregunta que Judas Tadeo le hizo a Jesús en el Cenáculo: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). Sí, ¿por qué no te has opuesto con poder a tus enemigos que te han llevado a la cruz?, quisiéramos preguntar también nosotros. ¿Por qué no les has demostrado con vigor irrefutable que tú eres el Viviente, el Señor de la vida y de la muerte? ¿Por qué te has manifestado sólo a un pequeño grupo de discípulos, de cuyo testimonio tenemos ahora que fiarnos?
Pero esta pregunta no se limita solamente a la resurrección, sino a todo ese modo en que Dios se revela al mundo. ¿Por qué sólo a Abraham? ¿Por qué no a los poderosos del mundo? ¿Por qué sólo a Israel y no de manera inapelable a todos los pueblos de la tierra?
Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de «ver».
Pero ¿no es éste acaso el estilo divino? No arrollar con el poder exterior, sino dar libertad, ofrecer y suscitar amor. Y, lo que aparentemente es tan pequeño, ¿no es tal vez –pensándolo bien– lo verdaderamente grande? ¿No emana tal vez de Jesús un rayo de luz que crece a lo largo de los siglos, un rayo que no podía venir de ningún simple ser humano; un rayo a través del cual entra realmente en el mundo el resplandor de la luz de Dios? El anuncio de los Apóstoles, ¿podría haber encontrado la fe y edificado una comunidad universal si no hubiera actuado en él la fuerza de la verdad?
Si escuchamos a los testigos con el corazón atento y nos abrimos a los signos con los que el Señor da siempre fe de ellos y de sí mismo, entonces lo sabemos: Él ha resucitado verdaderamente. Él es el Viviente. A Él nos encomendamos en la seguridad de estar en la senda justa. Con Tomás, metemos nuestra mano en el costado traspasado de Jesús y confesamos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).
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Un comentario en “La Vidriera de la Resurrección”