Salvador Dalí es probablemente el mayor exponente del Surrealismo del siglo XX (sin olvidar a nombres tan altisonantes como De Chirico, Magritte, Breton y algún otro más). La mayoría de sus cuadros versan sobre lo onírico, lo imaginario, la así llamada “pintura metafísica”, los dobles significados, con la típica superposición daliniana (basada en el “método paranoico-crítico” que el mismo “inventó”), etc. Y por supuesto, todas sus obras siempre impregnadas de un fuerte fondo freudiano, con todo lo que ello conlleva. Sin embargo, en medio de toda esta amalgama surrealista, podemos encontrar algunos cuadros de temática religiosa, y profundamente bellos. Una de esas pinturas es la Madonna de Port Lligat (1950).
Madonna de Port Lligat, Salvador Dalí, 1950, Fukuoka Gallery (Japón)
La Virgen María con el Niño, en primer plano, frente a un fondo muy profundo (llano, extenso, costero, típico daliniano); y todos los elementos como suspendidos en el aire. El cuadro recibe claras influencias de la Pala de Montefeltro de Piero della Francesca (1472-74). Lo que más llama la atención (aparte de todos los elementos “surrealistas” que han sido infinitamente comentados) es la colocación de las figuras principales: el pan, enmarcado dentro del Niño, enmarcado a su vez dentro de su Madre. Puede parecer una idea feliz del pintor, comprensible, teniendo en cuenta su afán excéntrico por llamar clamorosamente la atención. Sin embargo, no carece –a propósito o no– de un profundo valor bíblico y teológico.

Madonna de Port Lligat, Salvador Dalí, 1950, Fukuoka Gallery (Japón)
En el Libro del Eclesiástico o Sirácida (en el Antiguo Testamento), la Sabiduría habla en un bello discurso, pronunciando unas palabras que tradicionalmente se han aplicado a la Virgen:
De tal forma, la Madre de Dios es el lugar donde encontrar el camino, la verdad y la vida: En mí está toda la gracia… Y ese camino, verdad y vida es su mismo Hijo: Yo soy el Camino…
Este Pan de Vida es el mismo que Jesús entrega a sus discípulos en la última cena: es decir, su mismo cuerpo. De tal forma, queda para siempre asociada la Virgen María con la dimensión eucarística de la vida cristiana, como hemos comentado en otros posts.
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