Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte

Job - Leon Bonnat

Job, León Joseph Florentin Bonnat, 1880, Musée du Louvre, PARÍS

Hombre es un poema de Blas de Otero que creo que refleja muy bien una posible súplica de Job a Dios, de la que surgirá el lamento de Job por el día en que nació. Blas de Otero habla de su combate con la muerte, de sus sufrimientos; Job se lamenta del día de su nacimiento. Ahora bien, hay que tener en cuenta que este poema solamente habla de un momento muy concreto en el que el alma clama, por lo que puede parecer un poema desesperanzado. Aun así, me ha parecido que se puede ajustar muy bien a un grito hacia el cielo que termina en un acto de abandono en Dios.

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

BLAS DE OTERO MUÑOZ, Ancia, Visor Libros, Madrid 2009 (19ª edición), pg. 36.

 

Job, 3: 3-10

Que perezca el día en que fui concebido
    y la noche en que se anunció: “¡Ha nacido un niño!”
Que ese día se vuelva oscuridad;
    que Dios en lo alto no lo tome en cuenta;
    que no brille en él ninguna luz.
Que las tinieblas y las más pesadas sombras
    vuelvan a reclamarlo;
Que una nube lo cubra con su sombra;
    que la oscuridad domine su esplendor.
Que densas tinieblas caigan sobre esa noche;
    que no sea contada entre los días del año,
    ni registrada en ninguno de los meses.
Que permanezca estéril esa noche;
    que no haya en ella gritos de alegría.
Que maldigan ese día los que profieren maldiciones,
    los expertos en provocar a Leviatán.
Que se oscurezcan sus estrellas matutinas;
    que en vano esperen la luz del día,
    y que no vean los primeros rayos de la aurora.
10 Pues no cerró el vientre de mi madre
    ni evitó que mis ojos vieran tanta miseria.


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