
Jesús seguía firme ante sus verdugos. Ofrecía “su cuerpo a los que le herían, y sus mejillas a los que le abofeteaban, y no desviaba la cara de los que le insultaban y le escupían” (Is 50,6). Él era más poderoso para sufrir que sus enemigos para hacerle daño. Estaba sentado con tanta gravedad y serena elegancia como si de veras le coronaran rey. Aceptaba las injurias como si de verdad fueran alabanzas a su Persona. No hubo en el mundo rey ni emperador que se vistiera la púrpura con tanta alegría, y aceptase tan a gusto el cetro y la corona como el Señor lo hizo con aquel trapo viejo y las espinas y la caña. Deseaba más que ningún rey en el mundo que todos los hombres estuviesen presentes a su coronación como rey del dolor. Pocos eran cien o ciento veinticinco soldados, poca era toda la gente de Jerusalén que miraba para el que invitó a todas las criaturas: “salid, hijas de Jerusalén, y veréis al rey Salomón con la corona que le coronó su madre el día de la boda, el día de la alegría de su corazón” (Cant 3,11). Este rey santo, que había de ser “magnífico en la santidad” (Ex 15,11), debía ser coronado no con joyas mundanas sino con las riquezas que su Padre Eterno le dio para que fuera glorificado, la obediencia hasta la muerte y el amor.
Convenía que la púrpura no valiera nada y fuera vieja, porque su verdadero vestido de rey eran sus llagas y era su sangre y eran sus fieles amigos por quienes moría: “Con todos éstos te has de vestir y adornar, como una novia te has de engalanar con ellos” (Is 49,18). Sus fieles amigos eran como aquella capa de púrpura, viejos, sucios y gastados, por eso tuvo que empaparlos, como a la clámide, en su sangre y hacerlos nuevos, limpios y llenos de gracia: “limpiaron sus manchas y lavaron sus ropas en la sangre del Cordero” (Apoc 22,14). Por este camino llegó a ser “Rey de reyes”, porque todos sus súbditos quedaron vestidos de púrpura teñida con su preciosa sangre.
También su corona fue de espinas, y no tenía que ser de otra cosa, nada había en este mundo con que poder hacer la corona que merecía. Todo lo de este mundo termina, se marchita y muere, lo que queda es el amor que se consigue con el sufrimiento, como las espinas que punzan y hieren. En esta vida sí que hay abundantes espinas, y el Señor las quiso hacer suyas para que nosotros no las sufriéramos; lo que nosotros merecíamos, Él lo sufrió. Lo que para nosotros hubiera sido muerte eterna, para Él fue mérito y gloria eterna. De esas espinas que a nosotros nos quitó brotaron flores de inmortalidad, se hizo con ellas una corona que ya nunca se marchita. Su corona fue de espinas, y bien clavadas en su cabeza; así tuvo que ser, porque su reino iba a ser firme y perpetuo, y sólo el dolor da firmeza y seguridad, sólo así su corona nunca caería y nadie podría quitársela.
Su cetro era de caña, sí, pero es de hierro: “Los gobernarás con vara de hierro y los romperás como a los vasos de barro” (Sal 2,9). Dominaría sobre todos los pueblos, y los reyes de este mundo serían sus vasallos; sus enemigos quedarían humillados y roto como los vasos de barro: “Dios te enviará desde Sión tu poderoso cetro para que domines sobre tus enemigos” (Sal 109,2). Y así sucedió: los apóstoles salieron de Jerusalén y dominaron con su palabra todo el mundo, y todo el mundo fue reino de Cristo. Pero el poder y la fuerza no era de ellos sino que les venía de arriba. Ellos eran débiles como es la caña, y el Señor les hizo fuertes como una barra de hierro. Al darse cuenta de esto, uno de los apóstoles dijo: “Lo débil de Dios es más fuerte que lo más fuerte de los hombres” (1 Cor 1,25). Una caña puesta en las manos de Dios es más fuerte que todo. Lo débil, la caña de Dios, fueron los apóstoles, dice San Atanasio, ellos eran incultos y torpes, y en poco tiempo se extendieron por todo el mundo y convencieron a los sabios, a los reyes y a los poderosos. Y, con “el cetro de Dios”, salieron de Sión para vencer a sus enemigos. Pero no solamente los apóstoles eran hombres ignorantes, sino muchos de los que se iban convirtiendo: “Mirad, hermanos, los que habéis sido llamados a la fe y os daréis cuenta que no hay muchos sabios ni muchos poderosos ni muchos nobles; al contrario, Dios se ha valido de los más ignorantes para avergonzar a los sabios; y de los más débiles del mundo para vencer a los poderosos; y de lo bajo y despreciable y de lo que ni nombre tiene para derribar y destruir a los que dicen ser algo y brillan en el mundo” (1 Cor 26-28). Por eso quiso Dios pelear con una caña con el mundo, “para que no se envanezca nadie” (v. 29) ni se atribuya a sí mismo lo que es poder y fuerza de Dios. Quiso el Señor que su cetro fuera una caña para que su triunfo no se atribuyera a la caña sino a Dios, que la sostiene.
Las ceremonias de burla que Jesús padeció eran también necesarias para su reino, porque su reino exige que esté fundado en hombres pacientes, que sepan despreciar los aplausos del mundo, que sepan renunciar de verdad a todas las cosas mundanas que apartan de Dios. Así quedaron enseñados todos y lo aprendieron aquellos que confesaron Su nombre, y los mártires, y todos los que son del reino de Cristo, y aprendieron a ser pacientes y a sufrir la adversidad con ánimo sereno; entendieron que, como su reino no es de este mundo, la felicidad no consiste en triunfar en este mundo, y así supieron llevar con igual alegría tanto el éxito como el fracaso, que ambos son triunfos si se sirve sinceramente al Señor.
Todos vieron la solemne coronación de este gran Rey; no hubiera estado bien que quedara escondida en el pretorio con sólo unos pocos soldados: le sacaron fuera, al patio, y todo el pueblo le vio. (Luis de la Palma, Historia de la Sagrada Pasión, págs 83-85)
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