
Herman Richir, La Virgen, 1866-1942, Colección privada, Francia
Como un eco de ese silencio de Dios se puede decir también que la Virgen María es la mujer del silencio, por el recogimiento con que guarda en su corazón los acontecimientos de la historia de la salvación: dice pocas cosas y obra en plena subordinación al querer divino. En efecto, medita en silencio el misterio insondable de la Encarnación del Hijo de Dios realizada gracias a su simpar disponibilidad como sierva del Señor; medita en silencio la humildad del Dios humanado que de ella nace en Belén de Judá; medita en silencio la actitud de su Jesús cuando se pierde entre las caravanas y es hallado en el Templo: es lo más natural que esté ocupado en las cosas de su Padre Dios. Y María medita en silencio el crecer del Niño Dios durante tantos años de vida en Nazaret, como uno más y sin prisa en desvelar a los hombres su amor de Dios (Cfr. Lc 2, 19 y 51). Más tarde María meditaría en silencio el sentido redentor de la muerte ignominiosa de su Hijo en la Cruz. Finalmente, y sin asomo de duda, María mantendrá unidos a los discípulos durante semanas, en una suerte de silencio en espera de Cristo resucitado y del Espíritu Santo enviado para extender el Evangelio de la Salvación al mundo entero. Así los silencios de María vibrarán en la historia de los hombres sintonizando con aquellos silencios de Dios y siendo modelo de esa soledad sonora que procede de la Vida.
(JESÚS ORTIZ LÓPEZ, Presencia de María en el Catecismo de la Iglesia Católica en Scripta de Maria. Revista del Instituto Mariológico de Torreciudad, Serie II, número VIII, Barbastro 2011, p. 293)
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