Este post va dedicado a un viejo amigo. Solemos hablar de todo, sin pelos en la lengua, y tantas veces nos hemos enzarzado por horas en temas que —al menos a nosotros— nos han parecido emocionantes y profundos. Una de esas conversaciones fue sobre la creatividad. En cierto momento, él dijo: «Mira, no sé, es un poco inexplicable, pero hay personas que saben hacer la conexión. Como en el fresco de la Capilla Sixtina: hay algunos que tienen como un don: de alguna forma han encontrado ese connecting point. La verdadera creatividad está en hacer la conexión». Lo más divertido fue pensar en algunos de nuestros compañeros: «Mira, Menganito yo creo que ha hecho la conexión. Y Fulanito, quizá…».

Creación de Adán, Miguel Ángel Buonarrotti, 1511, Capilla Sixtina, Roma
He pensado muchas veces en esa conexión. «Será maravilloso, para esos «Elegidos», poder conectarse con lo alto». Vaya, pero resulta que no está al alcance de todos: los mortales ya nos conformaremos con ir tirando.
Gracias a Dios, he tenido la oportunidad de volver más veces a la Capilla Sixtina, sin dejar de admirar ese connecting point en lo alto de la bóveda. Y sí, seguramente sea imposible. Es algo que está demasiado alto, que se puede admirar, sí, pero no alcanzar. «Pero qué maleducado debería ser este Buonarrotti, atreviéndose a pintar un fresco que sólo pueden tocar la mano de Adán, la de Dios y la del propio Miguel Ángel, que lo pintó»
Pero con el tiempo he pensado que posiblemente Miguel Ángel no sea tan cruel, y que nos haya dejado esa conexión más al alcance de lo que parece. Quizá no se trata tanto de alcanzar ese connecting point, como de dejarse alcanzar por él. Y el mismo fresco nos lo revela: en la imagen, es la mano de Dios la que expresa tensión, mientras que la de Adán se encuentra como lánguida y receptiva: es Dios quien toca a Adán, y no Adán a Dios. Efectivamente, puede ser muy temerario intentar tocar a Dios, pero es más sencillo -aunque no tan fácil- dejar tocarse por Dios.
«Adán no es un ser que primero ha existido y, sucesivamente, ha comenzado a relacionarse con Dios. Es su misma existencia la que surge del deseo del Creador de querer ser su amigo, de querer encontrar en él «otro yo». El gesto en el que las manos de los dos interlocutores se tienden una hacia la otra, sin alcanzar a tocarse, muestra, por tanto, la vocación originaria del hombre a ser hijo de Dios. Ante el Creador está, no como una criatura cualquiera, sino como su partner. Dios y el hombre, uno frente al otro, en plena libertad personal de querer conocerse y amarse.»
(MARÍA ÁNGELES VITORIA, Miguel Ángel. El pintor de la Sixtina, Rialp, Madrid 2013, pp. 68-69)
Bajo esta óptica, el fresco del Buonarrotti se presenta como un espléndido resumen en el que está como encerrada toda ansia del hombre de llegarse a lo eterno. Juan Pablo II, hablando de ello, decía que «en la medida en que lo permite la imagen con sus límites intrínsecos, aquí se ha expresado todo lo que se podía expresar. La majestad del Creador, al igual que la del Juez, hablan de la grandeza divina»
(JUAN PABLO II, Homilía con ocasión de la restauración de la Capilla Sixtina, 8 de abril de 1994)
Otra autora señala que «el misterio de la vida de la humanidad está todo encerrado en aquel imperceptible contacto entre el Creador, que, desbordante de energía indómita, atraviesa el Cielo, y Adán, el primer hombre, que, con el bellísimo cuerpo recostado lánguidamente sobre la tierra recibe del Padre la chispa de la existencia» (LORETTA SANTINI, Michelangelo. Scultore. Pittore. Architetto, Plurigraf, Narni 1998, p. 52)
Me gustaría cerrar esta carrellata de citas con el Catecismo de la Iglesia Católica, que en uno de sus puntos une magistralmente la llamada a la existencia del hombre por parte de Dios, con la vocación del hombre a unirse con su Hacedor:
«El hombre busca a Dios. Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. “Coronado de gloria y esplendor” (Sal 8, 6), el hombre es, después de los ángeles, capaz de reconocer “¡qué glorioso es el Nombre del Señor por toda la tierra!” (Sal 8, 2). Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquél que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres (cf Hch. 17, 27)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2566).
Descubre más desde De Arte Sacra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.