Carlo Dolci, San Giuseppe mostra la croce a Gesù Bambino, 1635-1640, Marsiglia, Musée des Beaux-Arts
Tanto el Evangelio de San Lucas como el de San Mateo nos relatan una escena en la que Cristo afirma que los ojos de aquellos que lo contemplaban eran privilegiados, bienaventurados, pues muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron (Lc 10, 24).
Mateo 13, 16-17:
16 »Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. 17 Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.
Lucas 10, 23-24:
23 Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:
—Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo. 24 Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.
Es fácil pensar que Cristo, pronunciando estas palabras de bienaventuranza y elogio a sus oyentes, estaría recordando a San José, su padre adoptivo. Como es evidente por los propios textos citados, no sabemos si Jesús en esos momentos tenía presente a José, pero la tradición de la Iglesia nos da un testimonio muy significativo: innumerables cristianos han rezado a San José, invocándolo en una bella oración que la tradición nos ha transmitido a lo largo de los siglos, y que guarda un paralelismo muy fuerte con las palabras de Jesús:
¡Oh feliz varón, bienaventurado José, a quien le fue concedido no sólo ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo! Ruega por nosotros, bienaventurado José.
Descubre más desde De Arte Sacra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.