Dos rumbos en el desarrollo del arte cristiano

Basílica de Santa Sofía (Estambul)

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Basílica de San Pedro (Roma)

 
En este post pretendemos arrojar un poco de luz a una cuestión que nos parece importante en el arte sacro: ¿Por qué es tan diferente el arte cristiano de Oriente del de Occidente si ambos parten de la misma base, de la misma fe, de la misma Idea?
 
Para responderla (sin llegar a agotar la cuestión) tomamos un extracto del manual de Historia del Arte de Luis Borobio (catedrático de Estética en Sevilla y también profesor de la Universidad de Navarra):
 
La traslación de la capitalidad a Constantinopla, la división del Imperio Romano, y, poco después, la caida del Imperio Romano de Occidente bajo las invasiones bárbaras, son hitos históricos que marcan dos rumbos distintos, no absolutamente autónomos, pero claramente diferenciables, en el desarrollo del arte cristiano. Responden a dos aspectos diversos -muy acusadamente diversos- de la misma Idea. Expresan plásticamente dos espiritualidades distintas en las que se manifiesta ta, de maneras muy diferentes, un espiritu común. 
 
El arte cristiano oriental viene a coincidir con el que se encuadra en el llamado estilo bizantino, que adquiere un gran esplendor ya en el siglo VI y cuyas caracteristicas fundamentales se mantienen con una gran homogeneidad hasta el siglo XV (toma de Constantinopla por los turcos),y perduran con muy leves evoluciones hasta la edad contemporáncea.
 
El arte cristiano occidental, en cambio, presenta una notable variedad de formas según las zonas geográficas, y sufre unos cambios violentos de estilo a lo largo de la historia. 
 
Para centrar las ideas y aclarar cuáles son las líneas directrices de ambos caminos (sobre todo, en la desconcertante variedad estilísitica de todo lo que hemos dado en llamar arte occidental), debemos remontarnos a unos antecedentes históricos del arte  enraizado en la geografía.
 
Egipto, Mesopotamia y, sobre todo, Persia, subyacen en todo el arte bizantino.
 
La depurada Grecia, con sus ancestros prehelénicos, y la pragmática Roma, con sus raíces, etruscas, están latentes bajo todas las evoluciones del arte occidental.
 
En Oriente se acusa el valor artístico de la magnificiencia. El arte de Occidente acentúa más lo vital y lo humano. 
 
En el primer caso, el arte nos produce, principalmente, la admiración de los monumental. En el segundo, podemos recibir de él tanto el calor de lo íntimo como la serenidad de lo lógico o la emoción de lo vivo.
 
Por una parte está lo mayestático y decorativo, lo brillante y aparencial. Por otra, lo cálido y lo profundo.
 
¿Cómo dos caminos viejos y tan diferentes entre sí pueden responder con propiedad a una única idea y, además, totalmente nueva?
 
El arte ha encontrado en el Cristianismo su máxima libertad de expresión plástica, porque el Cristianismo no determina en absoluto los medios, sino que propone un fin; y, de ahí, que el arte cristiano se haya enriquecido a lo largo de la historia con el más variado repertorio de formas, adoptando con toda propiedad las maneras existentes y llevándolas a veces a su plenitud, o también abirendo derroteros vírgenes, y poniéndose en la vanguardia con técnicas nuevas y hasta revolucionarias. 
 
Pero, para atenernos a esta primera bifurcación del arte cristiano oriental y occidental vamos a considerar en qué consiste esa Idea directriz -única, pero riquísima en contenido y posibilidades- capaz de vivificar igualmente a esos dos caminos que se nos presentan como opuestos, aunque en realidad no son sino manifestaciones diferentes de un mismo espíritu.
 
Lo más enjundioso de esa Idea, lo que la constituye en algo absolutamente original y nuevo en la historia de los hombres, es la existencia de un Dios a quien amar. No es sólo (aunque también lo sea) un Dios poderoso al que se teme; frente a la idea de dioses que aterrorizan o de destinos caprichosos que actúan en las tinieblas, aparece la Providencia que ama; Dios, omnipotente, es, ante todo, Amor, y la vida de los hombres tiene, en Él su principio y su fin. El arte cristiano es la expresión de la vida cristiana. Esa vida consiste en la humanización de Dios y la divinización de lo humano: el hombre inválido que se dirige a Dios y se integra en Él, y Dios inmenso que acoge al hombre. Todo ello constituye una unidad indisoluble y sin fisuras; pero muy variada y rica en aspectos. Según cuales sean los aspectos que se subrayen dentro de ese espíritu único, surgen las diversas espiritualidades del Cristianismo, y, con ellas, los distintos rumbos del arte cristiano.
 
En la Iglesia de Oriente se pone un acento especial en el culto y homenaje a la Divinidad, de ahí, el esplendor de su liturgia. por eso, el arte bizantino se dirige, principalmente, a cantar la grandeza del Dios al que se ama.
 
En la Iglesia de Occidente se destaca el valor del camino que amorosamente conduce al hombre a Dios; de ahí que la ascética y la doctrina estén especialmente subrayadas en todo el arte cristiano occidental.
 
(Luis Borobio, Historia sencilla del Arte, 130-132)

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