Las siete últimas palabras de Cristo

Reni - crocifissione
La Crucifixión, de Guido Reni, San Lorenzo in Lucina (Roma)

Se llama «Las siete últimas palabras de Cristo» a las siete intervenciones de Jesús en la cruz que recogen textualmente los cuatro evangelistas:

  • Lc 23,34: Pater dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
  • Lc 23,43: Amen dico tibi, hodie mecum eris in Paradiso. En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso.
  • Jn 19,26-27: Mulier ecce filius tuus (…) ecce mater tuaMujer, ahí tienes a tu hijo. (…) Ahí tienes a tu madre.
  • Mt 27,46; Mc 15,34: Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me (¡Elí, Elí! ¿lama sabactani?). ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?.
  • Jn 19,28: SitioTengo sed.
  • Jn 19,30: Consummatum est. Todo está cumplido.
  • Lc 23,46: Pater in manus tuas commendo spiritum meum. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. 

Estos siete momentos recogidos por los evangelistas tienen un gran valor para la Iglesia, y más en particular para cada cristiano, pues es la oración de Jesucristo (algunas veces dirigiéndose a personajes concretos como el Buen Ladrón, su Madre, san Juan, etc, otras directamente al Padre) y que son como una «falsilla» para la propia oración y vida espiritual del cristiano.

En 1787 Haydn recibió el encargo de materializar estas Siete Palabras en un Oratorio: son un elenco de Sonatas, que constan de una introducción y un epílogo:

  • Introduzione, Maestoso ed Adagio
  • Sonata I. Largo – Pater dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt
  • Sonata II. Grave e Cantabile – Hodie mecum eris in Paradiso
  • Sonata III. Grave – Mulier, ecce filius tuus
  • Sonata IV. Largo – Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me 
  • Sonata V. Adagio – Sitio
  • Sonata VI. Lento – Consummatum est
  • Sonata VII. Largo – In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum
  • Il terremoto

Compartimos al menos la Introduzione:

Sin entrar a analizar cada una de las partes del Oratorio (lo dejamos abierto para otra ocasión), queríamos mostrar un texto del papa Benedicto XVI hablando del elemento distintivo de la música sacra, que como el arte sacro en general, es revelar el Misterio de Dios:

La elección de esta obra ha sido realmente acertada. De hecho, si por una parte su austera belleza es digna de la solemnidad de san José —cuyo nombre llevaba también el insigne compositor—; por otra, su contenido es muy adecuado al tiempo cuaresmal; más aún, nos debe predisponer a vivir el Misterio central de la fe cristiana. Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz es, de hecho, uno de los ejemplos más sublimes, en el campo musical, de cómo se pueden unir el arte y la fe. La invención del músico está plenamente inspirada y casi «dirigida» por los textos evangélicos, que culminan en las palabras pronunciadas por Jesús crucificado, antes de exhalar el último suspiro. Pero, más que del texto, el compositor estaba sujeto también a las condiciones precisas exigidas por quienes le encargaron la obra, dictadas para el tipo particular de celebración en el que la música sería ejecutada. Y precisamente a partir de estos condicionamientos tan estrechos el genio creativo pudo manifestarse en toda su excelencia: teniendo que imaginar siete sonatas de carácter dramático y meditativo, Haydn se centra en la intensidad, como escribió él mismo en una carta de la época, donde dice: «Cada sonata, o cada texto, está expresado únicamente con los medios de la música instrumental, de forma tal que suscitará necesariamente la impresión más profunda en el alma del oyente, incluso del menos atento» (Carta a W. Forster, 8 de abril de 1787).

Hay aquí algo parecido a la labor del escultor, que debe modelar constantemente la materia sobre la que trabaja —pensemos en el mármol de la Piedad de Miguel Ángel—, y con todo consigue que esa materia hable, que surja una síntesis singular e irrepetible de pensamiento y de emoción, una expresión artística absolutamente original, pero que, al mismo tiempo, está totalmente al servicio de ese preciso contenido de fe, está como dominada por el acontecimiento que representa, en nuestro caso por las siete palabras y por su contexto.

Aquí se esconde una ley universal de la expresión artística: saber comunicar una belleza, que es también un bien y una verdad, a través de un medio sensible: una pintura, una música, una escultura, un texto escrito, una danza, etc. Bien mirado, es la misma ley que siguió Dios para comunicarse a sí mismo a nosotros y para comunicarnos su amor: se encarnó en nuestra carne humana y realizó la mayor obra de arte de toda la creación: «el único mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús», como escribe san Pablo (1 Tm 2, 5). Cuanto más «dura» es la materia, tanto más estrechos son los vínculos de la expresión y más resalta el genio del artista. Así, en la «dura» cruz Dios pronunció en Cristo la Palabra de amor más bella y más verdadera, que es Jesús en su entrega plena y definitiva: él es la última Palabra de Dios, no en sentido cronológico, sino cualitativo. Es la Palabra universal, absoluta, pero fue pronunciada en ese hombre concreto, en ese tiempo y en ese lugar, en esa «hora», dice el Evangelio de san Juan. Esta vinculación a la historia, a la carne, es signo por excelencia de fidelidad, de un amor tan libre que no tiene miedo de vincularse para siempre, de expresar el infinito en lo finito, el todo en el fragmento. Esta ley, que es la ley del amor, es también la ley del arte en sus expresiones más altas.

El texto nos hace ver, entre otras cosas, una concepción del artista que quizá hoy parezca contradictoria: sacar pleno rendimiento a la expresividad artística pese a que se adecúa a algo «impuesto» desde fuera. Quizás este ejemplo de las Siete Palabras muestra que la música sacra no es algo que pueda hacer cualquiera: aparte del genio meramente técnico, el artista se adecúa a algo que le precede. pero que a la vez, para que sea algo puro e originario, debe salirle de dentro, debe haberlo asumido previamente y haberlo hecho suyo. Quizás así se entienda como hoy en día la pérdida del sentido del «sacro» ha llevado a un cisma a veces insalvable entre fe y arte, que antes estaba más presente en los grandes artistas de nuestra historia occidental.


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