Entre la Fama y el Anonimato

En este post vamos a confrontar dos acontecimientos que guardan un fuerte paralelismo: La Famosa Monna Lisa y la Anónima Dolorosa del Museo del Prado. En 1507, un pintor famoso pintó a una mujer Anónima, hoy conocida por todos –no por su nombre, sino por su sonrisa –; y unos cien años más tarde, en algún momento del siglo XVII, un Anónimo pintó a la Mujer más famosa del mundo[1], también bajo el velo de una sonrisa misteriosa.

 

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Empecemos con la historia. Hacia 1507 Leonardo da Vinci interrumpió  el proyecto de la Battaglia d’Anghiari para meterse de lleno en el retrato de la Gioconda, la mujer de Francesco del Giocondo, más conocida como la Monna Lisa[2]. Con el retrato de la Monna Lisa Leonardo alcanzó una nueva y definitiva solución para su sfumato, mimando los efectos de luz y de sombra, amortiguados con las “neblinas” del llano paisaje de fondo, y la ligereza inmaterial que define las formas[3]. Mucho se ha hablado del misterio de la Gioconda. En primer lugar, por la técnica: Venturi habla de la oscilación vaga e indefinida en el tratamiento del paisaje[4]; oscilación vaga e indefinida como la sonrisa misma de la joven retratada. Lucia Aquino ha señalado que de esa sonrisa casi sardónica se puede decir todo y lo contrario de todo[5]. No sabemos nada de esa mujer que mira al espectador –muy inusual en las imágenes de Da Vinci–, sólo que probablemente fue la mujer de Francesco del Giocondo. No conocemos su lugar de nacimiento, su familia, sus gustos, sus proyectos, sus aspiraciones, su personalidad, los acontecimientos de su infancia, de su vida. Parece que el sfumato del retrato abraza su vida entera, envolviéndola en un misterio indescifrable. Y tal vez por ello este retrato se ha convertido en uno de los más famosos del mundo, de los más estudiados, custodiado celosamente en el Louvre por un cristal blindado, expuesto desde hace ya mucho tiempo a un sinfín de flashes y selfies de todo el mundo.

 

da vinci gioconaLeonardo da Vinci, La Gioconda (Monna Lisa), hacia 1507, Museo del Louvre, París

 

Por contraste encontramos el retrato de la Dolorosa del Museo del Prado. De la historia del cuadro sabemos mucho menos, comparándolo con la Gioconda. Sólo podemos aventurarnos a asegurar que se trata de una copia del Sassoferrato, que fue pintada por un pintor Anónimo, en algún momento del siglo XVII, y que ahora se encuentra en una sala del Museo del Prado. El cuadro no ha sido muy estudiado, y tampoco es muy visitado por los turistas. No ha cosechado muchos likes, digamos, en ninguna red social. Con la Gioconda tiene en común algunas cosas: es un retrato único, de una mujer joven, bella, de medio busto. Las manos –delicadas, suaves– están situadas en la parte más baja del cuadro, una sobre la otra, aunque en posturas bien diferentes. La luz también es cálida, y existe un “tranquilo” equilibrio entre las luces y las sombras del cuadro, aunque en la Dolorosa esas sombras sean algo más dramáticas. La mujer retratada también mira al espectador, y la boca delata una sonrisa muy tenue, tamizada –misteriosa, en cierto sentido–.

No tenemos, ciertamente, muchos datos biográficos sobre la mujer retratada, y paradójicamente sabemos mucho más de Ella: quién era, dónde vivió –Nazaret–, de quién fue madre, con quién se casó, con quién se relacionó, cuáles fueron sus aspiraciones y sus intereses más profundos, sus proyectos, sus gustos, sus pasiones, sus pensamientos. Sabemos mucho de su personalidad y de su forma de ser. Además, es la Mujer sobre la que se ha escrito más a lo largo de la historia. A diferencia de la Gioconda, sí sabemos cómo se llamaba –María– y solamente esas cinco letras han dado nombre a todo lo que de Ella se ha escrito y se escribe, desde hace dos mil años: Mariología. Además, es la Mujer que más ha cautivado a los artistas de todos los tiempos. Hay mucha literatura al respecto. «Digámoslo en una sola frase: María ha inspirado todas las artes; ellas la reconocen por Reina; la han alabado a porfía»[6] . «La Pintura y la Escultura frisaron la cumbre de la más ideal perfección, cuando sus cultivadores fueron espirituales y candorosos, cuando en los éxtasis de su contemplación miraron el retrato hermosísimo de la agraciada Doncella de Nazaret»[7].

 

addolorata pradoCopia del Sassoferrato, Dolorosa, siglo XVII, Museo del Prado, Madrid

 

El cuadro del Prado representa una Dolorosa. Es decir, los instantes en que el hijo de la retratada estaba siendo condenado a muerte, delante de sus propios ojos. El Papa Francisco habló en una ocasión de cómo ese momento tan duro deja entrever la grandeza de esa mujer:

«Hay un rasgo bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir en la dirección correcta. No es ni siquiera una mujer que protesta con violencia, que se queja contra el destino de la vida que revela a menudo un rostro hostil. (…) María acoge la existencia tal y como se nos entrega, con sus días felices, pero también con sus tragedias con las que nunca querríamos habernos cruzado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo está clavado en el madero de la cruz»[8].

Y Benedicto XVI habla de la relación entre ese momento de máximo dolor para María y su sonrisa –que, lejos de ser ambigua como la de la Gioconda, es una mirada llena de compasión hacia todos sus hijos–. Copiamos seguidamente un extracto de las palabras de Benedicto XVI, aunque aconsejamos la lectura del texto completo, pues constituye un magnífico elogio de la sonrisa de la joven Nazarena:

«Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. (…)  Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35) por el suplicio infligido al Inocente, nacido de su carne. Igual que Jesús lloró (cf. Jn 11,35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a Ella a la perfección (cf. Hb 2,10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19,30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26-27).

»María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros.

»María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz. El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que “los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa” (Sal 44,13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre»[9].

 

Notas


[1] MAUREEN ORTH, How the Virgin Mary Became the World’s Most Powerful Woman, National Geographic, November 2015.

[2] ADOLFO VENTURI, Leonardo da Vinci. Pittore, Istituto di Studii Vinciani (Roma 1920), Ristampato per Nicola Zanichelli Editore, Bologna 1985, p. 57.

[3] Idem, p. 121.

[4] Idem, p. 128.

[5] LUCIA AQUINO, Leonardo. La vita e l’arte. I capolavori, Società Editoria Artistica SpA, Milano 2003, p. 138.

[6] Citas de JOSÉ CANTU CORRO, La Virgen María y las artes, Escuela Tipográfica Salesiana, Méjico 1924, pp. 22-23.

[7] Idem, p. 301.

[8] PAPA FRANCISCO, Audiencia general, Vaticano, Miércoles 10 de mayo de 2017.

[9] BENEDICTO XVI, Homilía en la Santa Misa con los enfermos, Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Lourdes, 15 de septiembre de 2008.


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