La Catedral de la Iglesia

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Catedral de Burgos (España)

Aprovechando la cercanía (aunque sea pasada) de la fiesta de «Todos los Santos», y en la línea de otros posts, en los que hemos hablado por ejemplo de la iglesia gótica como cascada de luz, o de la analogía María-Iglesia-catedral-alma, presentamos hoy una nueva reflexión sobre la «Iglesia» con mayúscula, y la iglesia/catedral gótica como templo.

En la fiesta de Todos los Santos la Iglesia celebra y rinde homenaje a todos aquellos que, aun sin ser conocidos en su mayoría, han llegado al ideal de santidad en su vida, y gozan de la visión beatífica. En este sentido, todos ellos con sus vidas edifican la Iglesia, como dice san Alfonso María de Ligorio [1]:

«Componen este edificio piedras talladas por el cincel saludable, y pulidas por el martilleo del obrero divino; unidas estrechamente entre sí, se elevan hasta la altura».

Los santos son estas piedras elegidas, como canta la Iglesia, los cuales, trabajados a golpe de martillo, esto es, a prueba de tentaciones, temores, tinieblas y otras penas interiores y exteriores, se hacen aptos para ser colocados en los tronos del reino dichoso del paraíso. 

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Catedral de Burgos (perspectiva lateral)
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Catedral de Burgos (vista interior)

Yendo más a fondo, no sólo hablamos de la catedral en su conjunto, sino que al ser una unidad orgánica, cada una de sus partes, de sus miembros, tiende en esta dirección de ascensión: la iglesia gótica encarna en piedra el misterio del «Cuerpo Místico» de Cristo, que es la Iglesia:

(…) así nosotros, que somos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos miembros los unos de los otros (Rm 12,5).

Quizás este texto de Luis Borobio ayuda más a hacerse una idea de lo planteado:

Las características morfológicas y la expresividad de cada uno de todos estos elementos de la arquitectura gótica concurren a dar la expresión propia, acusadísima y original, de las grandes catedrales: la mole de piedra se desintegra en contrafuertes escalonados y en arbotantes rampantes de vibrante verticalidad; las líneas horizontales se rompen, toda la silueta se eriza en agujas y pináculos. Parece que el templo entero quiere arrancarse de la tierra y levantarse al cielo. Las torres, integradas por el volumen dinámico del conjunto, no son (como lo eran en el románico) meros elementos de llamada, sino índice ascensional.

El pueblo románico se recogía agrupado por la atracción del monasterio. La ciudad gótica se eleva a Dios por su catedral: la catedral es la oración de la ciudad, hecha piedra. Y es, a la vez, la piedra, hecha oración.

De la puerta ya hemos hablado con espacio. Es, como era la puerta románica, a la vez acogedora y monumental. Es, también, una invitación a entrar. Pero es, además, una invitación a subir. Hay en ella como un adelanto de lo que va a encontrarse en el interior. Porque es en el interior efectivamente donde la arquitectura gótica se expresa con más elocuencia.

Hablar de la espiritualidad de las catedrales góticas es un lugar común, pero es una manera de expresar esa sensación que nos producen en el que la piedra deja de ser piedra pesada y terrenal, y la materia pierde su masa y se hace eterna. Los parámetros -ingrávidos- configuran un ambiente alto, enhiesto, que horada el cielo. El cielo infinito y la inmensa orquestación del cosmos se convierten en luz y en color en las vidrieras, y entran al mundo interior para enriquecerlo, para henchirlo. Todo, entre ojivas que apuntan hacia arriba, dirige la atención hacia lo alto. Y en lo alto, las bóvedas tejen el encaje de sus nervaduras, en las que está la esencia de la construcción gótica.

Así como podría decirse que la arquitectura románica es una expresión de la lucha ascética, podríamos considerar que la arquitectura gótica expresa la unión mística [2].

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Catedral de Burgos (detalle puerta del Sarmental)

[1] San Alfonso María de Ligorio, Práctica del Amor a Jesucristo. p. 253, Nebli, Clásicos de Espiritualidad.

[2] Luis Borobio, Historia sencilla del Arte, pp. 183-184, Ediciones Rialp, Madrid.

 


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