El arte tiene la grandeza de resumir: de concentrar en una imagen, en un gesto, grandes escenas. Esos instantes congelados en el tiempo suelen tener una gran profundidad, concentran en esos gestos grandes mensajes de la cultura y tradición humana para ser transmitidos de una generación a otra. Esas imágenes, o ideas, también han sido explicadas por otros muchos autores, a través de memorables escritos que nos han llegado hasta nuestros días. Por ello nada mejor que combinar ambos, una buena imagen, buen arte, con un buen texto o comentario, para profundizar en la misma realidad que intentan mostrar.
Hoy propongo la siguiente combinación; contemplar la escena de «La tempestad en la barca» narrada por San Mateo (siglo I), a través de un cuadro de Rembrandt (1633 dC), y un comentario de San Agustín de Hipona (354-430 dC).

- Rembrandt Harmensz van Rijn 1606 – 1669
La tormenta en el mar de Galilea
Pintura al aceite (159 × 127 cm) — 1633
San Agustín, Sermo, 63,1-3
“Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[1].
Vamos a comentar, con la ayuda de Dios, la lectura que hoy nos propone el Santo Evangelio, no vaya a ser que tengáis la fe dormida en vuestros corazones, en medio de las borrascas y oleaje de este siglo.
¿Acaso Cristo no tuvo poder sobre la muerte o sobre el sueño?, ¿o quizá el sueño pudo dominar la voluntad del Omnipotente Navegante? Si así pensáis, sin duda Cristo y la fe están dormidos en vuestro corazón. Pero si Cristo vela en vosotros, también vuestra fe está despierta. “Por la fe, Cristo habita en vuestros corazones”[2], dijo el Apóstol.
El sueño de Cristo es símbolo de un misterio. Los marineros son aquellas almas que atraviesan el siglo sujetos a un madero. La barca era figura de la Iglesia. Y ciertamente cada alma es templo de Dios, navega en su corazón y no naufraga, si piensa rectamente.
Te injuriaron: es la borrasca; te enfadaste: es el oleaje. Sopla el viento, se levantan las olas, y tu nave y tu corazón naufragan, se hunden. Te injuriaron y deseas vengarte; castigaste de un modo intempestivo y te hundiste. ¿Y por qué? Porque Cristo duerme en tu corazón. ¿Qué quiere decir que Cristo duerme? Que te has olvidado de El. Despierta a Cristo, tráelo a la memoria: que Cristo vele en ti. ¡Piensa en El!
¿Qué querías? Vengarte. ¿No te acuerdas que cuando le crucificaban dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[3]? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. ¡Despiértale, contémplalo! Su memoria son sus palabras; su memoria es su Ley. Y, si Cristo vela en ti, te dirás: ¿quién soy yo, para querer castigar?, ¿quién, para amenazar a nadie? Quizás moriré antes de vengarme. Y si muero inflamado por la ira, con anhelo y sed de venganza, ¿me recibirá aquél que no quiso castigar, aquél que dijo: “Dad, y se os dará; perdonad, y se os perdonará?”[4]. Reprimiré, pues, mi ira y apaciguaré mi corazón. Mandó Cristo al mar, y se hizo la calma[5].
Esto que más arriba he dicho sobre la ira, aplicadlo para toda clase de tentaciones. Eres tentado y te turbas: son el viento y las olas que se levantan. Despierta a Cristo y habla con El. “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”[6]. “¿Quién es este a quien las aguas escuchan? Suyo es el mar, y El lo creó”[7]. “Todo fue hecho por él”[8]. Imita al mar y a los vientos, y obedece al Creador. El mar atiende al mandato de Cristo y ¿tú estás sordo? El viento amaina, y ¿tú soplas? ¿Qué es lo que pasa? Yo digo, yo hago, yo pienso que… Todo esto, ¿qué es sino soplar y no querer amainar ante la voz de Cristo? Que las olas no os arrastren ante las confusiones de vuestro corazón. De todos modos, aunque seamos hombres, no desesperemos si el viento arrastra los afectos de nuestra alma. Despertemos a Cristo: nuestra singladura será tranquila y arribaremos a buen puerto.

* * *
[1] Matth. VIII, 23-27
[2] Ef. 3, 17
[3] Luc. XXIII, 34
[4] Luc. VI, 37-38
[5] Cfr. Matth. VIII, 26
[6] Matth. VIII, 27
[7] Ps. XCIV, 5
[8] Ioann. I, 3
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