La razón de la existencia humana es un tema clásico del pensamiento de todas las épocas y culturas. ¿Por que estoy en el mundo?¿Que debo hacer en mi vida?.
Para responder a esta pregunta no deberíamos buscar un sentido abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto. Por tanto ni puede ser reemplazado en la función, ni su vida puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad para instrumentarla.[1]
Desde el punto de vista cristiano esto se concreta en la llamada de Dios a cada hombre. Dios llama a cada hombre, y todo hombre a nacido para responder a esa llamada.

En la Biblia encontramos el ejemplo de la llamada de Samuel. Una noche, el joven escucha una voz que lo llama: ¡Samuel, Samuel! Pensando que es el anciano Elí, acude a su lado hasta tres veces. El viejo sacerdote lo advierte: esa voz viene de lo alto. La próxima vez, debe responder «Habla, Señor, que tu siervo escucha» [2].
Esta escena nos muestra la actitud de escucha que debe tener el hombre en su vida. Pero no buscando oír una llamada explicita de una manifestación extraordinaria. Pues Dios nos llama, normalmente a través de lo más cotidiano, desde el mismo momento de nuestra concepción. Como dice Elias: «El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre.»[3]
Dios nos habla con el tiempo, las circunstancias y la sociedad, en que hemos nacido. Nos habla con nuestro mismo modo de ser, nuestras ilusiones y aspiraciones más profundas. Efectivamente es él quien nos llama. Pero también es cierto que nos llama preguntando: ¿Y tú, que Quieres?.
Debemos tener en cuenta que somos fruto de una llamada inédita de Dios. Ser hombre, ser este hombre, es la vocación que hemos recibido, y a la que hemos de dar una respuesta igualmente inédita y original. El arte de vivir consiste en descubrir nuestro auténtico rostro, aquel que Dios ha visto antes de crearnos.[4]

Pongo para terminar un texto de la predicación de San Juan Pablo II:
Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.
Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?.
Os halláis en la encrucijada de vuestras vidas y debéis decidir cómo podéis vivir un futuro feliz, aceptando las responsabilidades del mundo que os rodea. Me habéis pedido que os dé ánimos y orientaciones, y con mucho gusto os ofrezco algunas palabras en el nombre de Jesucristo. En primer lugar os digo: no penséis que estáis solos en esa decisión vuestra y en segundo lugar que cuando decidáis vuestro futuro, no debéis decidirlo sólo pensando en vosotros.
La convicción que debemos compartir y extender es que la llamada a la santidad está dirigida a todos los cristianos. No se trata del privilegio de una élite espiritual. No se trata de que algunos se sientan con una audacia heroica. No se trata de un tranquilo refugio adaptado a cierta forma de piedad o a ciertos temperamentos naturales. Se trata de una gracia propuesta a todos los bautizados, según modalidades y grados diversos.
La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo por no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma, y ser, más bien, sus humildes «colaboradores».
Cada laico cristiano es una obra extraordinaria de la gracia de Dios y está llamado a las más altas cimas de santidad. A veces éstos no parecen apreciar totalmente la divinidad de su vocación. Su específica vocación y misión consiste en -como levadura- meter el Evangelio en la realidad del mundo en que viven.
¡Seguid a Cristo: vosotros, los solteros todavía, o los que os estáis preparando para el matrimonio! ¡Seguid a Cristo! Vosotros jóvenes o viejos. ¡Seguid a Cristo! Vosotros enfermos o ancianos, los que sentís la necesidad de un amigo: ¡Seguid a Cristo! [5]
Notas
[1] VIKTOR FRANKL. El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 1993. p.107
[2] 1 Samuel 3, 19-21
[3] Is 49, 1
[4] JUTTA BURGGRAF, Libertad vivida con la fuerza de la fe, Rialp, Madrid 2007. p.21
[5] JUAN PABLO II. «La vocación» Explicada por San Juan Pablo II.
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