El octavo día

Como es lógico, el espacio sagrado destinado a celebrar la Liturgia de la Iglesia debe encarnar aquella realidad para la que ha sido creado, y no sólo en aspectos particulares o aislados, sino buscando a una visión de conjunto, que refleje esa intención orgánica que tiene lo sagrado.

Un ejemplo de todo este discurso lo apreciamos en el Battistero di Pisa (o de San Giovanni, siglos XII-XIV), cercano a la famosa (y torcida) torre.

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Panorámica del conjunto arquitectónico de la Piazza del Duomo (Pisa). A la izquierda, el Battistero.

 

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Battistero di san Giovanni (1152-1363), en primer plano

Impresiona ver desde el exterior su circularidad, como si fuera una cúpula sacada de su nave, y es normal pensar esto cuando uno identifica iglesia con planta de cruz. Sabemos que la esfera es la forma perfecta para los griegos, y el círculo por extensión. El espacio litúrgico nos muestra un acceso al espacio de Dios, simbolizado con esta planta circular. El perímetro es además un dodecágono perfecto, que simboliza las doce tribus, los doce apóstoles, es decir, la Iglesia. Para entrar en contacto con Dios, es necesario entrar en contacto, introducirse, en la Iglesia.

Todo el conjunto, como en las catedrales góticas, parece elevarse hacia el cielo, aunque a diferencia de éstas, no se trata de una elevación orgánica vertebrada por la estructura, sino más bien es la escultura que rodea la fachada. Esto se debe a que se inició la construcción en periodo románico (así lo delatan sus gruesos muros) pero se terminó ya durante el gótico (se ve en las agujas y la cúpula).

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Vista interior del Battistero

Una vez en el interior veremos una clara estructura radial, en la que todos los puntos son guiados hacia el centro a nivel del suelo, para a la vez desde allí elevarse hasta el cielo.

El sustento del templo, de la Iglesia, y lo que permite su elevación hacia la eternidad celestial, es posible por la sucesión apostólica, simbolizada por las doce columnas internas. Hay cuatro diferenciadas y más imponentes, que se sitúan intercaladas entre las ocho: nos recuerdan a los cuatro evangelios, que se refieren también a cuatro apóstoles (Mt (Mateo), Mc (Pedro), Lc (Pablo), Jn (Juan)).

En el centro de la planta nos encontramos un baptisterio (de ahí el nombre del templo), que es un octógono.

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Otra vez, no es casualidad que sean ocho lados. Este número ocho simboliza el octavo día, el dies Domini. Éste es el Tiempo de Dios, al que se accede a través del Espacio Litúrgico. El baptisterio, donde se celebra el sacramento del bautismo, nos sumerge en la vida divina, al formar parte de la Iglesia. Aquí se ve reflejada la importancia del bautismo para la vida cristiana, para acceder a la filiación adoptiva a la que cada hombre es llamado. A través del baptisterio, el hombre entra a participar del octavo día, que rompe con el necesario carácter cíclico del tiempo histórico, pautado por el ritmo de la semana. Este octavo día es a la vez el que construye la Iglesia, pues en él se celebra la Eucaristía, que cada vez que se celebra conforma al Cuerpo místico de Cristo.
Terminamos ofreciendo un texto que puede ayudar a adentrarse en este octavo día, en este Tiempo de Dios:

«Según la tradición apostólica, que tiene origen desde el mismo día de la resurrección de Cristo, la Iglesia celebra el misterio pascual cada ocho días, en lo que se llama justamente día del Señor o domingo» (SC 106). El día de la resurrección de Cristo es al mismo tiempo el «primer día de la semana», memorial del primer día de la creación, y el «octavo día» en el cual Cristo, después de su «descanso» del gran Sábado, inaugura el día «que el Señor a hecho» (Ps 118,24) el «día que no conoce ocaso». La «Cena del Señor» constituye el centro, porque en ella la entera comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que la invita a su banquete» (CIC 1166).
El domingo es la principal fiesta de la Iglesia; hasta finales del siglo II, el año litúrgico se articulaba alrededor del domingo. La celebración solemne de la pascua anual se desarrolló solo después y fue una directa consecuencia de la pascua dominical.
«El día del Señor – como ha sido definido el domingo desde los tiempos apostólicos – ha tenido siempre, en la historia de la Iglesia, una consideración privilegiada por su estrecha conexión con el núcleo mismo del misterio cristiano. El domingo de hecho recuerda, en el recorrido semanal del tiempo, al día de la resurrección de Cristo. Es la Pascua de la semana» (DD1).
La razón de ser del domingo es celebrar la pascua del Señor, misterio hecho presente y comunicado por la eucaristia. Pero la presencia del cuerpo glorioso de Cristo en la eucaristía dominical exige y reclama la presencia de todo su Cuerpo místico, la Iglesia, porque ambos tienen su origen en la pascua y son inseparables. Por esta razón el domingo «es por excelencia el día de la asamblea litúrgica» (CIC 1167). (Liturgia, Zaccaria e Gutiérrez-Martín, pp. 114-115, traducción propia)

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