Jesús cautivo

Mis amigos y compañeros se apartan de mi llaga,
mis allegados a distancia se quedan;
y tienden lazos los que buscan mi alma,
los que traman mi mal hablan de ruina,
y todo el día andan urdiendo fraudes.
Mas yo como un sordo soy, no oigo,
como un mudo que no abre la boca;
sí, soy como un hombre que no oye,

ni tiene réplica en sus labios. (Ps 48 (47), 12-15)

van_Honthorst - Christ_before_the_High_Priest
Christ before the High Priest (ca. 1617), de Gerrit van Honthorst (National Gallery, London)

Mientras iban sucediéndose las calumnias y los falsos testigos, el Salvador callaba, como si no hablaran de Él. En su primera respuesta vio lo mal dispuestos que estaban los jueces para escuchar la verdad, y se dio cuenta que aquella reunión no tenía de juicio más que la apariencia, y no era sino una cueva de ladrones. Vio que no había de servir para nada el hablar, y por eso calló.

Pero el sumo sacerdote, viendo que no se conseguía su intento, que los testigos no daban suficiente materia para una condena a muerte, se dirigió directamente a Él, impaciente y furioso (Mt 26,62): ¿Por qué te callas? ¡Habla! ¿Por qué no respondes siquiera una palabra a las acusaciones que se te han hecho? ¿Qué clase de soberbia es la tuya?

(…)

Cansado, el sumo sacerdote decidió preguntarle directamente lo que deseaba oír, lo que necesitaba oír para condenarle a muerte: una blasfemia. Le habían oído decir que era Hijo de Dios, y ellos consideraban esto una blasfemia, como si fuera mentira. Por eso le preguntó esto, para que al llamarse a sí mismo Hijo de Dios le pudiera acusar de blasfemo. Y para que no se defendiera callando, le hizo la pregunta en nombre de Dios: “Yo te conjuro por el Dios vivo y verdadero a que nos digas aquí a todos si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (Mt 26,63). Y ésta fue, como se vio después, la única acusación en que se apoyaron para entregárselo a Pilatos: “Según la ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios” (Jn 19,7).

El Señor no podía dejar de decir la verdad, no podía dejar de honrar a su Padre en cuyo nombre había sido conminado a hablar, y por eso habló, aunque sabía bien que sus mismas palabras le llevaban a la muerte: “Sí, tú lo has dicho: Yo soy” (Mt 26,64; Mc 14,62). Y para que no se escandalizaran al oír esta verdad, añadió: “Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder de Dios, y vendré entre las nubes del cielo”, ahora me veis así, humillado y preso, pero pronto me veréis como Juez eterno en mi reino de los cielos.

El sumo sacerdote, al oírle, con el mismo furor con que se había puesto en pie, se rasgó su vestidura con las manos; esto es lo que solían hacer los judíos al oír una blasfemia.

(…) El sumo sacerdote, al rasgar sus vestiduras, demostró que se escandalizaba de la respuesta del Salvador. De juez que era, se hizo a la vez testigo y acusador, contra toda ley y justicia, y se dirigió a los demás sacerdotes y letrados: “¿Para qué buscar ya testigos, qué necesidad tenemos de ellos”?, ¿no basta ya con lo que ha dicho? Habéis oído la blasfemia: ¿Qué os parece? ¿Qué opináis que se debe hacer ante un caso tan claro?

Entonces, “todos”, sin exceptuar a nadie, “le condenaron a muerte” (Mc 14,64). Así se cumplió lo que el Señor había dicho: “El Hijo del Hombre será entregado a los sacerdotes principales y a los escribas y le condenarán y dictarán contra Él sentencia de muerte” (Mt 20,18).

Los servidores y criados de los sacerdotes, que estaban allí presentes, al oír la sentencia, descargaron contra Él toda su ira, le golpearon y le escupieron en la cara (Mt 26,67); y, por lo que parece leerse en el Evangelio, también los sacerdotes del Sanedrín le pegaron y le insultaron. Aquellos ignorantes sacerdotes estaban persuadidos de que Cristo merecía este castigo, porque lo soportaba. Y entonces quisieron vengarse también de que les hubiera criticado en público manifestando sus vicios y errores. Se levantaron enfurecidos de las sillas que indignamente habían ocupado como jueces, y, perdiendo toda gravedad y respeto, empezaron a pegarle.

Después, se despidieron, y quedaron de acuerdo en reunirse de nuevo a la mañana siguiente para concluir la causa en juicio legítimo, y ordenar la ejecución de la sentencia.

El sumo sacerdote se fue a dormir a su habitación, y dejó a Jesús en manos de sus guardias y criados, éstos le sacaron de la sala y debieron de llevarle a otra habitación más pequeña, donde, como en una cárcel, le tuvieron toda la noche preso los soldados de guardia. “Los hombres que le tenían preso” (Lc 22,63), decidieron entretenerse aquella noche, y vencer el sueño burlándose del Salvador. “Se burlaban de Él”; y lo harían con groserías y motes y risotadas, como era propio de gente ignorante y maleducada. “Le escupían”. “Empezaron a escupirle en la cara” (Mt 26,67; Mc 14,65). Aquellos hombres viles con su asquerosa saliva ensuciaban aquella divina cara que, como escribió San Pedro, “deseaban mirar los ángeles” (1 Pedr 1,12).

“Le maltrataban”, le herían, le daban golpes, puntapiés y puñetazos.

Después, “le taparon la cara con un paño” (Lc 22,64) y habiendo cubierto aquellos ojos “a los que ninguna cosa hay encubierta” (Hb 4,13), le daban bofetadas. Como habían oído que tenía entre el pueblo fama de profeta, se burlaban también de esto, y le decían al pegarle: “Profetízanos, Cristo, ¿quién es el que te ha pegado?” (Mt 26,68). “Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas” (Lc 22,65).

(…)

El profeta Isaías vio estas burlas y golpes muchos años antes, vio que le herían y escupían, que le insultaban, que le tiraban del pelo y de la barba riéndose de Él, y Él lo soportaba todo, voluntariamente: “Ofrecí mi cuerpo a los que me herían, mis mejillas a los que tiraban de mi barba, y no aparté mi cara de los que me escupían y me insultaban” (Is 50,6). Admira ver la mansedumbre y paciencia del Salvador ante estos insultos y malos tratos, pero también es de admirar la fortaleza con que soportaba todo aquello.

Es probable que los guardas que vigilaban a Jesús se fueran alternando durante la noche, mientras unos dormían, otros velaban. El que llegara nuevo, traería una nueva burla, una nueva manera de reírse de Jesús. El Señor no durmió, padeció aquella situación toda la noche (…) (Historia de la Sagrada Pasión, P. Luis de la Palma).


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