Imágenes, ¿para qué?

El otro día nos encontrabamos merendando varios amigos entorno a una misma mesa, en una ambiente más bien distendido. Este momento sencillo de la jornada nos permitió sacar a colación un tema que, como veremos a ahora, me parece bastante controvertido.

Alguien -llamémoslo Jorge- invocó la piedad eucarística que (afortunadamente) hoy está refloreciendo, y cómo algunas soluciones arquitectónicas en diversas iglesias promueven y se identifican con esta piedad. En concreto, para resaltar la eucaristía lo que sería necesario es un espacio litúrgico orientado, desde todos los puntos, hacia el sagrario (donde está reservado verdaderamente el Santísimo, el cuerpo de Cristo) pero que no fuera alterado por ningún otro elemento, por ejemplo, imágenes de santos o de escenas del evangelio. Para Jorge, la idea de Dios se materializaba mejor con un espacio vacío, que da la sensación de infinitud propia del Creador, y con la centralidad de la Eucaristía.

Pongo algunos ejemplos, que con el permiso de Jorge, me permito añadir para ilustrar mejor su propuesta, aunque no la agotan, ni mucho menos:

Sep Ruf, Church St. Johann von Capistran (Munich)

Rudolf Schwarz, Church of Sta Anna (Düren)

Para contrastar, esta estética es diametralmente opuesta a lo oriental, veamos un ejemplo:

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La pregunta que para mí quedó sin responder tras la conversación fue la siguiente: ¿por qué imágenes? ¿No es Dios infinito, invisible? ¿No se reflejaría mejor con la ausencia de imágenes esta realidad?

De partida, a mí la propuesta de Jorge me chirriaba interiormente. En mi corta experiencia, estos atributos filosóficos de Dios no son los que me llevan a entrar en contacto con Él, y eso es a lo que voy cuando paso tiempo en una iglesia. Todo esto me llevó a enumerar una serie de razones por las que, para mí, Jorge no tenía razón…

Dios es un Ser personal

Dios no es el vacío, ni el infinito matemático, ni es un Desconocido que se ha desentendido de sus criaturas. Dios se ha revelado, en momentos concretos y con un plan salvífico durante la historia. Dios ama, habla, llora, se enfada y se lamenta, como podemos ver en la Sagrada Escritura (tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento). Y todo esto lo hace, como persona, hacia un otro, que es el hombre, que es imagen de Dios. Negar esta realidad personal sería alejarse (pero mucho) del Misterio cristiano.

Dios es ante todo Amor…

….y como amante que es, intenta hacer participar al amado (el hombre) de su Amor, a través de un lenguaje que el hombre pueda comprender. Como creador del hombre, sabe cual es el lenguaje que éste entiende: a través de los sentidos, así es como capta la realidad. Este a través nos dice mucho más de lo que en un inicio podamos vislumbrar. El hombre necesita un mediante, un a través, para llegar a Dios,y por su puesto para corresponder a su Amor amandole. A mi me sirve mucho en este contexto la analogía de los dos enamorados, porque cuando se separan se dan mutuamente algo material, a través del cual pueden acordarse el uno del otro. Ese algo material es más perfecto, más y mejor cumple su función, cuanto más se parece a la realidad que representa. Por eso, una imagen se acerca más que cualquier otro objeto o concepto, y cuanto más fidedigna (ej: fotografía) sea, mejor. Un ejemplo claro de actualidad: todos preferimos hablar con alguien a través de videollamada antes que oír sólo la voz de la persona querida.

Estamos hablando de un problema más bien antropológico

Como se empieza a intuir, el problema es más bien de tipo antropológico, la pelota está en el tejado del hombre. Dios ha puesto de su parte al darnos unos medios concretos para conocerle: la Creación, la Revelación, la Iglesia, los demás hombres, las facultades propias: inteligencia, voluntad, sentidos… ahora sólo hace falta que el hombre use su buen sentido, su buen gusto (y que lo construya y fomente) para servirse de estos medios y llegar a Él. Y las imágenes en este sentido son claves, pues además de acercarnos sensorialmente, son como puertas hacia una realidad que hay más allá: es una de las mejores vías del hombre para llegar a lo trascendente, a través de las imágenes sagradas.

La dinámica de la Encarnación impregna todo el Misterio cristiano

La Eucaristía no bajó a la tierra como el maná del desierto, directamente del cielo. Fue necesaria la Encarnación.  Los apóstoles conocieron a Jesús a través de sus sentidos, y Jesucristo se valió de estos discípulos para que nosotros creyéramos en él, para empezar, por su Madre, la Virgen María[1]. La Iglesia no es otra cosa que una cadena de mediación, un dar el testigo al siguiente, generando la fe en cada persona, hasta el día de hoy. Esta dinámica de la Encarnación elimina cualquier pretensión de una revelación espiritualista o «caída del cielo» que no cuente con el ser humano y con la creación, porque Dios cuenta con ellas para llegar al corazón de cada hombre. Al hombre le ayuda cuando se cuida la liturgia, y los símbolos que llevan a una mayor comprensión del Misterio celebrado en la Eucaristía. El acercamiento a Dios necesita de las imágenes en la Iglesia que interpelen al orante, imágenes que encierran distintos aspectos del Misterio cristiano transmitido a través de los siglos por tantos mártires, santos y demás fieles de la Iglesia de todos los tiempos. Ahora comparemos eso a una pared en blanco….

Para finalizar, compartimos un texto de Ratzinger donde considera esta relación entre Dios y las imágenes:

Del mismo modo que hemos constatado anteriormente el alcance trinitario del icono, ahora tenemos que comprender su extensión en lo que a su esencia se refiere: el Hijo de Dios pudo hacerse hombre porque el hombre ya había sido pensado en función de él, como imagen de Aquél que es, a su vez, icono de Dios. La luz del primer día y de la luz del octavo día se tocan en el icono, como, una vez más, lo expresa Evdokimov de manera acertada. En la misma creación ya está presente esa luz que, en el octavo día, con la resurrección del Señor y en el nuevo mundo, alcanza su plena claridad, dejándonos ver el resplandor de Dios. Sólo se entenderá bien la Encarnacón si se percibe en esa tensión más amplia que existe entre la creación, la historia y el nuevo mundo. Es ahí donde queda claro que los sentidos forman parte de la fe, que la nueva forma de ver no los suprime sino que los conduce a su fin originario.

La iconoclastia se apoya, en último término, en una teología unilateralmente apofática, que sólo conoce lo completamente-otro de Dios, que está más allá de todo pensamiento y de toda palabra, de modo que, al final, incluso la revelación se considera como un reflejo humano e insuficiente de Aquél que permanece siempre imperceptible. De esta manera, la fe se desploma. Nuestra sensibilidad contemporánea, que ya no es capaz de captar la transparencia del Espíritu a través de los sentidos, conduce casi necesariamente, a la huidad, hacia una teología «negativa» apofática: Dios está más allá de cualquier pensamiento y, por consiguiente, todo lo que podemos decir de Él, y todas las formas de las imágenes de Dios son igualmente válidas o indiferentes. Esta humildad, aparentemente profundísima ante Dios, se convierte, por sí misma, en soberbia que no le deja ni una palabra a Dios, y que no le permite entrar realmente en la historia. Por una parte se absolutiza la materia y, al mismo tiempo, se la declara impermeable para Dios, materia pura que queda así privada de su dignidad. Pero, como dice Evdokimov, existe también un sí apofático, no sólo un no apofático, que niega toda semejanza. Con Gregorio de Palamas, subraya que Dios es radicalmente trascendente a su esencia, pero en su existencia ha querido y ha podido presentarse como viviente. Dios es el totalmente Otro, pero es lo suficientemente poderoso para poder manifestarse. Y ha hecho a su criatura de modo que sea capaz de «verlo» y amarlo[2].

[1] Cfr. Jn 2, que narra el suceso de Caná de Galilea. Allí los discípulos creen en Jesús, gracias a la petición del milagro por parte de la Virgen

[2] Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia. Una Introducción, pp. 145-146, Ediciones Cristiandad, 2001

 


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