En el imaginario colectivo, el desierto es lo árido por excelencia, donde escasea agua y donde difícilmente se encuentra la vida. En definitiva, el desierto es un lugar donde se pasa sed y calor. Y algunas manifestaciones artísticas lo expresan acertadamente.

Gustave Guillaumet –El desierto (1867). Museo d’Orsay (París)
El desierto, entonces, bien podría ser una imagen de la soledad, de la intemperie, del desamparo, del vacío. Y el pueblo judío sintió todo esto bien de cerca, pues tuvo una experiencia larga del desierto: cuarenta años caminando sobre las dunas, antes de entrar en la tierra prometida. La Biblia recoge esa historia en el libro del Éxodo, en el que se describen las dificultades y vicisitudes que sufrieron los judíos sobre las tierras áridas de Egipto y Palestina. Sin embargo, las mismas Escrituras reconocen que esa estancia en el desierto les fue muy provechosa: Él condujo a su pueblo por el desierto, porque es eterna su misericordia (Salmo 136, 16). Parece contradictorio: justamente cuando el pueblo judío se tenía que sentir más solitario (más desamparado por Dios, más “desértico»), es cuando más sintió esa misericordia divina. ¿Cuál podría ser la causa? Pues, sin duda —aún siendo paradójico— en ese desierto de soledad que fue el éxodo, en realidad el pueblo no estaba completamente dejado a su suerte, como exiliado, sino acompañado por Dios, como un pastor con su rebaño: El Señor, tu Dios, que te ha bendecido en todas las obras de tus manos, sabe de tu caminar por ese enorme desierto: desde hace cuarenta años el Señor, tu Dios, está contigo y nada te ha faltado (Deuteronomio 2, 7). Es decir, parece que en la experiencia del desierto, cuando el pueblo camina abandonado de Dios, sin rumbo fijo, sin templo donde encontrarse con Él, sin patria donde instalarse… es donde Dios le resulta más cercano. Cuanto el pueblo más se queja de la lejanía de Dios, es cuando en realidad Dios le sale más directamente al encuentro. Esta idea se desarrolla especialmente en los profetas de Israel, unos siglos más tarde.
Isaías, al inicio del llamado libro de la consolación, dice: Una voz grita: En el desierto preparad el camino del Señor, en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios (Isaías 40, 3). Jeremías pone en boca del Señor estas palabras, dirigidas al pueblo con cierto tono nostálgico: Esto dice el Señor: Me acuerdo de ti, del cariño de tu juventud, del amor de tu desposorio cuando me seguías por el desierto, por tierra sin sembrar (Jeremías 2, 2). El profeta Oseas es quien probablemente expresa esta idea con mayor radicalidad, cuando transcribe las siguientes palabras, dichas por Dios: Por eso, Yo mismo la seduciré [a Israel], la conduciré al desierto y le hablaré al corazón (Oseas 2, 16). En la Biblia, entonces, poco a poco, el desierto se irá delineando como el lugar privilegiado del encuentro entre Dios y su pueblo, el lugar favorito de Dios para hablar a Israel al corazón.
Así, en el encuentro con Dios, es donde Israel podrá verdaderamente aplacar su sed, calmar sus ansias, encontrar el agua verdadera: El [Dios] que convierte la peña en un estanque, el pedernal, en fuente de agua (Salmo 114, 8).
Hay momento en el que el pueblo repite a Moisés una de sus innumerables quejas. Es un trending topic del Éxodo: el pueblo se queja a Moisés, lamentando que Yahvé los haya olvidado, y Moisés acude a Dios para que actúe. En esta ocasión, en las tierras de Meribá, el pueblo se queja de la sed que padece, y Moisés intercede por ellos ante Dios, consiguiéndoles agua. Creo que este pasaje, en definitiva, se ha convertido en una de las imágenes paradigmáticas del Dios proveerá, de la confianza en Dios en el desierto: cuando ya es imposible conseguir agua, Dios mismo se digna a sacar agua de las mismas piedras. La Historia del Arte ha inmortalizado ese instante memorable, que ha alimentado tanto a artistas como a cristianos de todos los siglos, dándoles esperanzas en sus desiertos.

Tintoretto –Moisés hace manar agua de la roca (1577). Venecia (Italia)
El pueblo continuaba sediento y murmuró contra Moisés:
— ¿Por qué nos has sacado de Egipto para dejarnos morir de sed, a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Moisés clamó al Señor diciendo:
— ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Casi llegan a apedrearme. Respondió el Señor a Moisés:
— Pasa delante del pueblo acompañado de algunos ancianos de Israel, lleva en tu mano el bastón con que golpeaste el Nilo y emprende la marcha. Yo estaré junto a ti sobre la roca en el Horeb; golpearás la roca y saldrá agua para que beba el pueblo.
Lo hizo así Moisés a la vista de los ancianos de Israel.
(Éxodo 17, 3-6)
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