Los hombros de Dios

Cristo portacroce

En el Antiguo Testamento se pueden localizar numerosas referencias al «cuerpo de Dios», siempre en un lenguaje simbólico. Se habla del dedo de Dios (Dt 9, 9-10), de la mano (Sal 44, 3), del brazo (Os 11, 3), del rostro (típico en los salmos), de la espalda (Ex 33, 23), de las entrañas y el corazón (Os 11, 8), etc. Sabemos que Dios no tiene cuerpo —pues como dice San Juan en su Evangelio (Jn 4, 24), «Dios es espíritu»— pero esas «partes del cuerpo», de alguna forma, designan las acciones de Dios. Nos sirven para describir cómo actúa Dios.

Muchas de esas partes del «cuerpo de Dios» encontrarán un eco en el Nuevo Testamento. Más concretamente en Jesucristo, en quien Dios se ha encarnado. Describiendo, pues, el rostro de Cristo, se describe el rostro de Dios, anunciado por tanto tiempo en el Antiguo Testamento. El rostro esbozado en el Antiguo queda esculpido en el Nuevo.

Ahora queremos centrar la atención sobre los hombros. No es un tema recurrente. De todas formas, ¿podríamos encontrar alguna referencia sobre los hombros divinos en el Antiguo Testamento? ¿Qué nos dice la Biblia sobre los hombros de Dios?

La primera cita que proponemos es del libro de las Crónicas. Los levitas trasladan el Arca de la Alianza a Jerusalén, la ciudad santa. En el Arca está simbolizada —como su nombre indica— la alianza, el pacto de Dios con los hombres. Por eso era tan preciada a los judíos. Todo lo que hacía referencia al Arca era intocable, pues tenía que ver directamente con lo establecido por Dios, con el pacto, con la Alianza. Esa Alianza era el punto de encuentro que Dios había establecido para entrar en contacto con los hombres y salvarlos. Si el pueblo judío quería ser salvado, tenía que permanecer fiel a la Alianza. Y los levitas trasladaron el arca de Dios poniendo los varales sobre sus hombros, como lo había ordenado Moisés, según la palabra del Señor (1 Crónicas 15, 15).

Los levitas llevaron a hombros el Arca: es decir, llevaron a hombros, simbólicamente, el peso de su redención, de su salvación. Esto ya nos indica algo: es como si el Libro de las Crónicas dejara entrever que la salvación tuviera que llevarse a hombros. Como si tuviera que cargarse a cuestas. Como si Dios (que es «espíritu»), quisiera una expresa colaboración de unos hombros humanos que cargaran con ella.

La Antífona entrada de la Misa de Navidad tiene mucha fuerza. Allí se recoge un pasaje de Isaías (Cf. Is 9, 5): Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. La insignia del poder está sobre sus hombros y se llamará Angel del Gran Consejo. En latín es aún más potente: Puer natus est nobis, et fílius datus est nobis, cuius impérium super húmerum eius, et vocábitur nomen eius magni consílii Angelus. Un niño lleva el imperio en sus hombros.

¿Cómo serán los hombros de ese niño profetizado? ¿Qué imperio lleva sobre sus hombros? ¿Llevará, como los levitas, la salvación de los judíos, la Nueva Alianza? ¿Es Él el Mesías? En definitiva: ¿Quién es ese Niño: un hombre…o un Dios?

El mismo Isaías delinea la figura del Mesías con trazos de «hombre sufriente», que padece por los pecados de Israel: Él tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores (Isaías 53, 4).

Ya tenemos varios elementos: los levitas cargan simbólicamente con el peso de la Alianza (el Arca), mientras que el misterioso niño carga con el «imperio», y el «siervo sufriente» carga con los dolores de todos. Todo ese peso, todo lo que cuesta la Alianza (en definitiva, todo ese dolor y esa fatiga del «siervo» de Isaías) se presenta, a lo largo de la historia bíblica, en relación con el pecado. El razonamiento sería el siguiente: el pueblo ha pecado —ha ofendido a Dios—, y esa ofensa tiene que ser restituida. Se tiene que devolver a Dios lo que se le ha quitado. Para ello se requiere de unos hombros fuertes, capaces de cargar todo ese peso (todo lo que cuesta restablecer esa Alianza), y devolverlo a Dios. Reencarrilar hacia Dios toda la deformidad producida por el pecado. Mucho dolor y mucha fatiga tienen que ser soportados por esos hombros. Esos hombros tienen que ser capaces de restituir un peso que —como dirían los matemáticos— tiende a infinito; pues, si una ofensa se mide en relación al ofendido, en el caso de los pecados el ofendido es Dios, y Dios es infinito. La ofensa, por tanto, tiene cierta relación de infinitud. Y restituir algo que tiende a infinito debe ser muy costoso. Debe ser infinitamente costoso. Entonces, ¿quién sería capaz de restituir algo infinito con unos hombros humanos (finitos)? Es un imposible. ¿No podría Dios —infinitamente misericordioso— ayudar directamente a llevar ese peso, infinitamente grande? ¿Pero cómo lo lograría con unos hombros humanos? Estos enigmas podrían resolverse en una afirmación como la siguiente: solamente los hombros de alguien que fuera Dios y hombre al mismo tiempo podría cargar con ese peso de la Alianza. Pero esto exigiría, en efecto, un Dios infinitamente poderoso e infinitamente misericordioso. Infinitamente poderoso como para encarnarse y para cargar con ese peso, e infinitamente misericordioso como para querer hacerlo. Un Dios y hombre al mismo tiempo. Un Hijo de Dios soportando el peso. Un Cristo camino del Calvario: Y cargando con la cruz, salió hacia el lugar que se llama la Calavera, en hebreo Gólgota (Jn 19, 17).

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