
Anónimo – El Buen Pastor, Catacumbas de Priscilla, siglos II-IV, Roma
La pobreza y la simplicidad de las imágenes cristianas de los primeros siglos llama mucho la atención. Al menos a mí. En ocasiones parece un arte sencillote, tosco. Como fue una época en que los cristianos estaban perseguidos, muchos han señalado que, naturalmente, estos representaban así de «simples» sus «misterios» para poder permanecer, de alguna forma, camuflados. Otros piensan que se debe a los pocos recursos con que contaban. Otros se refieren a la falta de ingenio, de talento o de «experiencia cristiana». Todos estos argumentos pueden ser más o menos válidos, pero creo que no resuelven el enigma: ¿cómo es posible representar imágenes tan sencillas, tan infantiles, tan poco «resplandecientes»…teniendo unos precedentes tan excelsos como el arte helenístico o el arte egipcio? ¿Teniendo un arte tan soberbio como el arte de Roma? ¿Cómo es posible irse a lo naif cuando tenían muestras tan serias de arte? ¿Servirse de la minúscula cuando podían usar la Mayúscula? ¿Escribir prosa cuando podían componer poesía? En definitiva: ¿cómo podían ser los cristianos tan poco magnánimos con su arte, sabiendo que el mensaje que poseían y transmitían era un mensaje tan colosal, tan revolucionario que de hecho cambió el mundo en poquísimo tiempo? Esto no se explica. Es una contradicción. Y permanece como un misterio para la historia del arte. Es absurdo que la religión que ha arrojado más luz sobre la historia del arte a lo largo del tiempo, permanezca tan oscura los primeros años, justo cuando estaba más cerca del cogollo, del mensaje original, de su Fundador (al menos cronológicamente). Es como si en los inicios del cristianismo el arte fuera muy por detrás del mensaje, mucho más lento, a otro ritmo. Y no será hasta mucho más tarde (en las artes plásticas yo diría que en el siglo XIV) que se alcanzarán unas cotas verdaderamente deslumbrantes. Pero… ¿por qué? ¿Por qué en los inicios fueron tan brutos? ¿Por qué tardaron tanto? La respuesta quizá podría vislumbrarse entendiendo que, de alguna manera, en esos momentos brutos fue cuando captaron más brutamente el propio mensaje que poseían y que querían transmitir al mundo: en esos momentos fue cuando más conscientes eran del cogollo, de la pureza del mensaje. En otras palabras: sustituyamos bruto por pureza y encontraremos la respuesta. Y esa pureza radical del mensaje cristiano la encontramos en la Biblia, donde se lee que «la apariencia de este mundo pasa (1 Corintios 7, 31)». ¡Ese es el cogollo, lo brutal, lo puro del cristianismo! Ese versículo de San Pablo parece aletear sobre el arte cristiano de los primeros siglos: ellos eran brutalmente conscientes de que la estética de este mundo pasa. Ellos tenían grabado a fuego en sus almas y en sus pinturas que la belleza de “aquí” no es la belleza definitiva, que la patria final es otra. Que el cielo existe. Y eso era lo que precisamente querían transmitir con esas pinturas sencillotas, toscas, infantiles, «porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido (1 Corintios 13, 12)».
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No estoy totalmente de acuerdo, pero ¡interesante tema!
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