
¿Te imaginas poder contemplar la eternidad en un sólo instante de tiempo? Y luego describirla con acierto, claro. Muy cerca se queda Romano Guardini con esta bella contemplación de la escena evangélica de la Anunciación, de la cual los cristianos hacemos memoria todos los días al mediodía, justo en el culmen de la mañana:
Por la mañana resurge la vida; asciende primero risueña y con brío, luego un tanto perezosa y lenta por el cúmulo de obstáculos que la entorpecen. Alcanzado al fin el punto culminante del mediodía, reposa breve espacio de tiempo. Comienza luego el descenso. La fatiga le va haciendo desmayar, hasta que, tras un nuevo y breve esfuerzo, se entrega al silencio de la noche.
Mas entre la mañana y la noche, en la culminación diurna, la vida se toma un respiro, corto, pero magnífico: el mediodía; no es para otear lo por venir, pues no siente apremio; tampoco para mirar atrás, ya que aún no ha iniciado el descenso; ni es por cansancio, puesto que conserva todo el brío de la carrera. Se detiene en pura actualidad, vueltos a la inmensidad los ojos; digo mal, porque no mira al tiempo ni al espacio, sino a la eternidad.
¡Ah, y qué profundo ese intervalo del mediodía! No lo notas en la ciudad, donde el bullicio tiene su mansión propia y el silencio y el recogimiento están proscritos. Pero sal de paseo un día de verano por los sembrados o la campiña, a la hora en que el sol culmina y caldea el ambiente. ¡Qué profundo te parece ahora todo! Te detienes, y el tiempo se desvanece. La eternidad te contempla. A todas las horas tiene algo que decir la eternidad; pero de esta del mediodía es vecina. Así espera el tiempo y se abre. La hora meridiana es actualidad pura, la plenitud del día.
Plenitud del día… Presencia de la eternidad… Esperar y abrirse… Suena a lo lejos la campana del Ángelus… Mensaje de redención nos trae a la hora silenciosa del mediodía: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios…» (Jn 1)
«El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra del Espíritu Santo. Y María dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.»
Llegó por fin la hora meridiana de la humanidad, la «plenitud de los tiempos», que en una mujer hizo mansión y aguardaba: en María. La cual no sentía apremio; no miraba adelante ni atrás. En ella residía la plenitud de los tiempos, actualidad pura, abierta a la eternidad y en espera. Y la eternidad se inclinó a María; vino el mensaje, y el Verbo se hizo carne en sus purísimas entrañas.
La campana evoca ese misterio en nuestra jornada. En la hora meridiana del día cristiano revive de continuo el misterio del mediodía de la humanidad. Siglo tras siglo suena en ella el eco de la plenitud de los tiempos. .
Nuestra vida entera había de ser vecina de la eternidad, y en nosotros reinar siempre un silencio abierto a ella y atento a cuanto nos dice. Pero la vida es tan bulliciosa, que no deja oir su voz. Así que al menos en la hora sagrada del mediodía, al toque del Ángelus, habíamos de recogernos y apartar de nosotros toda suerte de importunidades, estar callados y escuchar atentos el misterio en que el «Verbo eterno abandona su real trono, cuando el mundo está sumido en profundísimo silencio»; una vez en la realidad histórica concreta, pero día tras día en cada una de las almas.
¡Ah, y qué bella oportunidad ofrece esta pausa para reconocerse estrechamente unido con cuantos a la vez la guardan! ¡Qué ocasión tan propicia para ahondar la comunidad, cambiar saludos y bendiciones !… (Romano Guardini, Los signos sagrados)
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