ascendiendo de ti a ti misma

Existen muchísimos cuadros que retratan a María Magdalena haciendo penitencia. Basta googlear «magdalena penitente» para adivinar la infinitud de pintores que han tratado el tema. María Magdalena fue una gran pecadora que se arrepintió y llegó a ser una de las mayores santas de la historia. Paradojas de la vida. Escritores y artistas de todas las épocas han resumido su vida en una sola palabra: penitencia. Puede parecer una palabra triste u oscura, pero esa penitencia, esas lágrimas derramadas, fueron una muestra de su arrepentimiento, de su agradecimiento, de cuánto amó al Dios que la había perdonado. Y así lo ha visto la tradición cristiana. De todas maneras, yo me quería centrar en la paradoja inicial: lo limitado que toca lo ilimitado. La pecadora que se convierte en santa. Lo finito que toca lo infinito. La materia que, de puntillas, se eleva y toca el espíritu. ¿Cómo es eso posible?

 

Bartolome-Esteban-Murillo-La-Magdalena-Penitente

Murillo, Bartolomé EstebanMagdalena penitente, 1654, National Gallery (Dublín)

 

San Buenaventura, en el Itinerario de la mente a Dios, empieza con esta idea. Dice que el hombre (limitado) está llamado a lo infinito, pero al mismo tiempo reconoce que es una tarea imposible… a no ser que lo infinito acuda en ayuda de lo finito y lo eleve hasta su región. Entonces el hombre podría cumplir con su vocación, es decir, podría llegar a ser plenamente él mismo. Y ahí está la paradoja en toda su plenitud: el hombre es más él mismo cuando es capaz de dejarse ayudar para alcanzar a Dios, ¡que es el objetivo más inalcanzable que pueda imaginarse! En fin, el ser humano es más ser humano cuando, de alguna manera, acepta «bajar» (se reconoce necesitado de ayuda) para que Otro pueda «subirlo» más allá de donde nunca hubiera podido llegar por sus propias capacidades. Dice el santo:

Feliz el hombre que en ti tiene su amparo; y que dispuso en su corazón, en este valle de lágrimas, los grados para subir hasta el lugar que dispuso el Señor (Salmo 83, 6). No siendo la felicidad otra cosa que la fruición del sumo bien, y estando el sumo bien sobre nosotros, nadie puede ser feliz si no sube sobre sí mismo, no con subida corporal, sino cordial [del corazón]. Pero levantarnos sobre nosotros no lo podemos sino por una fuerza superior que nos eleve. Porque por mucho que se dispongan los grados interiores, nada se hace si no acompaña el auxilio divino. Y en verdad, el auxilio divino acompaña a los que de corazón lo piden humilde y devotamente; y esto es suspirar a él en este valle de lágrimas, cosa que se consigue con la oración ferviente. Luego la oración es la madre y origen de la sobreelevación (San Buenaventura, Itinerario de la mente a Dios, I, 1, en Obras de San Buenaventura, BAC, Madrid 1945, p. 565).

Este juego puede parecer un poco «escapista» o demasiado fantasioso, o demasiado articulado. O simplemente un cuento chino. Es decir, algo que no tiene que ver con nuestra existencia cotidiana. Pero la lógica que se encuentra detrás de este movimiento es una lógica muy humana: es una lógica de amor. Y el amor es lo humano por excelencia. Es lo que más nos gusta y más necesitamos. Es de lo que vivimos y a lo que estamos llamados. Pienso, pues, que San Buenaventura expresa una experiencia bien humana. Es verdad, hay que tener en cuenta que él lo hace desde el punto de vista de Dios. Pero no conviene olvidar que el cristianismo ha defendido siempre que Dios es Amor (1 Juan 4, 8). Y me parece que desde la lógica del amor, del amante-amado, es desde la que se puede entender este pasaje de San Buenaventura. Pienso que Pedro Salinas (que algunos lo han llamado «el poeta del amor»), lo puede explicar mucho mejor que yo. Los versos seleccionados expresan la misma idea de San Buenaventura, pero desde el punto de vista del amor humano. De todas maneras, teniendo en cuenta que Dios es Amor y que el ser humano está hecho a su imagen y semejanza, bien podrían ser las palabras que dirige Dios al hombre, cuando trata de elevarlo. Es decir, cuando trata de amarlo y que éste se deje amar por Él:

PERDÓNAME por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
al árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eras.

(Pedro Salinas, La voz a ti debida, Ediciones Orbis, Barcelona 1997, pp. 52-53)

 

Para acabar, y en la línea de las palabras de Salinas, reproducimos una de las imágenes que mejor retrataría esta elevación amorosa (necesariamente amorosa) de lo finito a lo infinito, de la materia al espíritu, de lo temporal a lo eterno, del amor al Amor, del hombre a Dios. La imagen que podría resumir, como lo hace Salinas o Buenaventura, la gran paradoja: lo finito ha «bajado» para poder ser recogido por lo infinito, que lo ha «subido» más allá de donde hubiera podido imaginar, como poniéndose de puntillas, ascendiendo de ti a ti misma:

josc3a9_de_ribera_-_asuncic3b3n_de_la_magdalena_-_google_art_project

Ribera, José deAsunción de la Magdalena, 1636, Museo de Bellas Artes de San Fernando, Madrid


Descubre más desde De Arte Sacra

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario