El templo que nace

Normalmente las obras de arte son elaboradas por un artista concreto y en un periodo espacio temporal muy preciso. Ese tipo de obras nos hablan de tiempos pasados, nos transmiten culturas milenarias, o simplemente sensaciones, que el artista quiso plasmar. En realidad todo verdadero arte nos interpela. La obra de arte nunca está realmente terminada, pues siempre crece con el pasar los años. Incluso podríamos llegar a decir que “su belleza aumenta”. Ya que, como el amor necesita ser aceptado, el arte necesita ser contemplado.

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Pero hay obras que sobrepasan el tiempo, y el espacio de una manera más directa y real. Obras que sin llegar a estar “acabadas” permiten que generaciones enteras participen de la misma creación de dicha obra.

En este sentido tenemos como paradigma la misma creación. Un mundo que ha crecido hasta permitirnos vivir en el, una naturaleza que se desarrolla formando autenticas obras de arte sin nosotros saber bien como.

–Has crecido mucho –le dijo–. ¡Quién iba a pensar que, en unos pocos millones de años, alcanzarías todo el espacio que te presté! ¿Y de dónde has recibido tanta belleza?

–De tu mirada –respondieron las criaturas.

–Es verdad: os miro con buenos ojos

El Belén que puso Dios pág. 11– Enrique Monasterio

Y como no, El Hombre. Un ser libre. Es decir, que se hace a si mismo. Y que debe decidir que quiere llegar a ser. Pudiendo elegir tristemente no ser nada. O incluso auto destruirse, negándose a participar de su propia existencia, actuando en contra del mismo espíritu que le da forma. ¿Tiene sentido levantar una obra en contra del diseño original?, en ese caso probablemente no se complete la obra. En concreto seria un sin sentido pues << Si el Señor no edifica la casa, en vano se afanan los constructores>>.[1].

Esta reflexión no es que sea «original» pues ya San Hilario de Poitiers en el siglo IV hablaba en estos términos reflexionando sobre este pasaje: «Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Este es, pues, el templo de Dios, lleno de su doctrina y de su poder, capaz de contener al Señor en el santuario del corazón. Sobre esto ha hablado el profeta en el salmo: Santo es tu templo, admirable por su justicia. La santidad, la justicia y la continencia humana son un templo para Dios. Dios debe, pues, construir su casa. Construida por manos de hombres, no se sostendría; apoyada en doctrinas del mundo, no se mantendría en pie; protegida por nuestros ineficaces desvelos y trabajos, no se vería segura.» [2]

Y es que, hablando de Originalidad, vemos que es un adjetivo muy de moda en el arte; Que Autor más Original!! se comenta. Pero muchas veces se usa este adjetivo de una manera equivoca, como simplemente refiriéndose a algo nuevo, novedoso o cayendo casi en la búsqueda de algo raro. Incluso como algo necesariamente distinto a la base, al origen, a la propia naturaleza de las cosas. Sin embargo se olvida el significado más profundo y original de este adjetivo que se refiere a algo perteneciente o relativo al origen, es decir al principio. Pues ser original en el arte, y en esta vida, no consiste simplemente en hacer cosas nuevas, o que nadie antes haya realizado, sino en tener claro el espíritu originario para poder edificar la obra como fue diseñada, y no creando una figura grotesca. Ser original es ser autentico. Ser auténticamente nosotros, tal como fuimos pensados y amados desde la eternidad.

 

Retomando la obra que inspira este artículo, vemos como el la Sagrada Familia de Gaudí aletea este espíritu que la hace auténtica, universal, eterna. Entendemos que mantiene este espíritu originario que le da armonía, y que permite su continuidad en el tiempo, a pesar de haber muerto el arquitecto principal, que dio el primer impulso y estableció unas bases para su desarrollo. Permitiendo así que en esta obra participasen miles de personas en su construcción y millones en su contemplación. Ya el mismo arquitecto hablaba en estos términos de su obra:

<< No hay que lamentar que yo no pueda acabar el templo. Yo me haré viejo, pero otros vendrán detrás de mi. Lo que debe conservarse siempre es el espíritu de la obra, pero su vida tiene que depender de las generaciones que se la transmiten y con las cuales vive y se encarna. >>   A. Gaudí

La Sagrada Familia es al fin y al cabo imagen del misterio del hombre sobre la tierra, de toda la humanidad y de cada hombre en particular. Nos recuerda todo el misterio de la economía de la salvación, y nos anima a participar de ella. Recordándonos que nosotros también podemos ser parte de este templo que nace.

<< Yo comprendo que el hombre que más ha puesto de su vida en la construcción de este templo no desee verlo construido, y legue humildemente la continuación de la obra y su coronamiento a los que vengan después de él. Bajo esa humildad y esa abnegación late el ensueño de un místico y el refinado deleite de un poeta. Porque, ¿hay algo de más hondo sentido y algo más bello al fin, que consagrar toda la vida a una obra que ha de durar mucho más que ella, a una obra que han de consumirse generaciones que aún están por venir? ¡Qué serenidad ha de dar a un hombre un trabajo de esa naturaleza, qué desprecio del tiempo y de la muerte, qué anticipo de la eternidad!>>.

Joan Maragall. «El templo que nace», Diario de Barcelona 20. XII.1900

 

Notas


[1] Salmo 127

[2] San Hilario de Poitiers. Tractatus super Psalmos 126,7 – 8


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