Hoy nace una clara estrella

La Natividad de la Virgen

Giordano, LucaLa Natividad de la Virgen, 1700 – 1702. Madrid, Museo del Prado.

 

Hace no mucho vimos que la Virgen es como un espejo del Sol y, siguiendo este hilo y con ocasión de la fiesta de la Natividad de María, vamos a pararnos un momento para contemplar el nacimiento de la Inmaculada, esa estrella que daría luz a la Luz. Ya nos advierte San Andrés de Creta que la Natividad de la Virgen no es un tema menor, y precisamente no es nada fácil de comprender la grandeza que se esconde detrás de su nacimiento: Si a palmos se pudiera medir la tierra, si, mediante un cordel, se determinara cual es el contorno del mar, si la extensión del cielo se evaluara por codos, si se pudiera contar la multitud de las estrellas e igualmente las gotas de la lluvia y los grumos de tierra, si se pudiera saber el peso de los vientos y la cantidad de las arenas, entonces quizá se podría comprender el asunto que llevamos entre manos (San Andrés de Creta, Homilías Marianas, nº IV).

Y es que según una creencia muy arraigada a la tradición, Santa Ana, madre de la Virgen era estéril, y después de rogar a Dios, recibió el don de la maternidad. Aún así hay que tener en cuenta que no tenemos ningún dato en las Escrituras sobre los padres de María ni de su nacimiento, por lo que no podemos saber si ciertamente la madre de María era estéril.

Aún así, en la Biblia encontramos otros casos de madres estériles que gracias a la intervención de Dios reciben el don de la maternidad. De hecho, podríamos ver incluso en uno de estos casos una prefiguración del milagro del nacimiento de María, pues tanto la madre de Samuel como la de la Virgen eran estériles y llevaban el mismo nombre: Ana (cf. 1S 1, 19). Pero aún así, nada tiene que ver un milagro con otro, pues ¿cómo no nos va a maravillar aún más que de una mujer estéril nazca la criatura de la que ha nacido el sol de justicia? (cf. Misal Romano, antífona de entrada, Natividad de la Virgen). Y es que ¿qué cosa hay más venerable que esta procreación? ¿Qué puede haber más extraordinario que el prodigio por el cual una mujer estéril e infecunda dé a luz a la Virgen y ésta, que es la Madre de Dios, produzca un fruto de virginidad, salido de su vientre, que no recibió semilla y, permaneciendo intacto, resultó fecundo? (San Andrés de Creta, Homilías Marianas, nº IV).

Lope de Vega, uno de los grandes autores del siglo de oro español, nos dejó varios poemas que relataban este maravilloso prodigio, aquí dejo uno de ellos, con el que podemos proclamar la grandeza del nacimiento de la estrella que daría luz al Sol:

 

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
qu’ el mismo sol nace della,

De Ana y de Joaquín oriente
de aquesta estrella divina
sale su luz clara y dina
de ser pura eternamente:
el Alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
qu’el mismo Sol nace della.

 No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca Luna.
Nace en el suelo tan bella,
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
qu’el mismo Sol nace della.

 

Lope de Vega Carpio, Pastores de Belén, 1612, ed. Enrique Suárez Figaredo, pp. 30-31.


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