Una espada traspasará tu alma

Camarón Bonanat, JoséLa Dolorosa, 1785 – 1790. Madrid,
Museo del Prado.

et tuam ipsius animam pertransibit gladius (Lc 2, 35)
y una espada traspasará tu misma alma

Al ser presentado Jesús al templo, Simeón profetiza que una espada traspasará el alma de su santísima Madre. Tal y como nos dice Beda el Venerable, no el alma, sino el cuerpo es quien puede ser atravesado por el hierro. Por tanto, debemos entender que la espada que traspasó su alma fue aquella de que se dice: «Y la espada en los labios de ellos atravesó su alma» (Sal 58, 8), esto es, refiriéndose al dolor de la Virgen por la pasión del Señor (San Beda el Venerable, Catena Aurea, Lc 2, 33-35).

Y es precisamente esa herida en su alma, todo ese dolor que produjo una gran herida en su corazón inmaculado, lo que hace de ella el Consuelo de la Iglesia y de los cristianos. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas (Evangelii Gaudium, 286). ¿Qué mejor lugar para refugiarnos de nuestros dolores y penas que el corazón de nuestra santísima Madre? No solamente es el Corazón Inmaculado, sino que está abierto a nosotros, una apertura que es causa del amor y del dolor al mismo tiempo.

San Máximo el Confesor escribió la que es considerada la primera biografía completa sobre la Virgen María. Estas son algunas de sus palabras en referencia a su dolor y consuelo:

La Virgen no sólo animaba y enseñaba a los Santos Apóstoles y a los demás fieles a ser pacientes y a soportar las pruebas, sino que era solidaria con ellos en sus fatigas, les sostenía en la predicación, estaba en unión espiritual con los discípulos del Señor en sus privaciones y suplicios, en sus prisiones. Así como había tomado parte con el corazón traspasado en la Pasión de Cristo, así sufría con ellos (…). Cualquier preocupación o dificultad de los cristianos era confiada a la Inmaculada (…), desde todas partes los creyentes iban a verla, y Ella les consolaba a todos y los fortificaba. Ella era la santa esperanza de los cristianos de entonces y de los que vendrían después: hasta el fin del mundo será mediadora y fortaleza de los creyentes (Máximo el Confesor, La vida de la Virgen María la Madre de Dios, 97-99).


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