Una mano surge

Juan 17, 9-16:
Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.
Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado.
Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti. Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros.
Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.
Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno.
Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Ribera, José deLa resurrección de Lázaro, 1616, Museo del Prado

Una mano surge de esa unidad divina y se hunde en el mundo caído. No hay tal vez otro pasaje de la Sagrada Escritura que nos presente más claramente y nos haga sentir más profundamente esta caída humana. Ya hemos dicho que la opinión corriente suele engañarse al considerar a Juan como a un joven tierno y amante; en realidad, no hay nadie que haya sido tan duro como él. Nadie, ni siquiera San Pablo, pone en labios de Jesús palabras como las siguientes: «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste». La mano del Padre se sumerge en esta perdición, toma en ella los hombres que Él quiere y los da al Hijo, éstos son los suyos. A ellos ha dirigido la Palabra, y les ha enseñado el nombre del Padre. No ha perdido ninguno de ellos, a excepción del hijo de la perdición. Ni siquiera los pasajes impecables de la Epístola a los Romanos expresan con tal intransigencia la soberanía de la gracia de Dios; la intangibilidad de su voluntad, que toma a los hombres que quiere y los da al Hijo. Los otros están tan alejados que el Hijo ni siquiera ruega por ellos… Hemos de escuchar estas palabras y quiera Dios que nos enseñen el temor de Dios, sin el cual no podremos alegrarnos nunca de la Redención. Pero en la medida en que las comprendamos nos lanzaremos más resueltamente en el corazón de Dios. Él puede escoger a los que quiera; y los que Dios no da a su Hijo están fuera; no hay ningún derecho que garantice mi elección. Pero nada debe impedirme decir a Dios: «Señor, haz que yo, que los míos, que todos los hombres seamos elegidos». Pero no añadas: «Porque yo no he hecho nada grave». Si hablas así, teme por tu elección. Ante este misterio, poco importa el que se haya cumplido o abandonado «el deber». que se haya sido magnánimo o mezquino, o que se haya merecido tal o cual de estas calificaciones tan importantes por sí mismas. Cada uno debe hacer lo que pueda y cada cosa vale lo que vale: pero ante este misterio todo esto carece de importancia. Date cuenta, tan profundamente como te sea posible, de que eres hombre pecador y caído. Pero del fondo de este saber lánzate en el corazón de Dios y dile: Señor, dígnate convertirme en elegido. Haz que yo, los míos y todos los hombres formemos parte del grupo redimido por tu Hijo.

Cita extraída de: Romano Guardini, El Señor, vol. 2, Rialp, Madrid 1958, pp. 135-136


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