La cabeza

Bernini, GianlorenzoSalvator mundi, 1679, Basilica di San Sebastiano fuori le mura, Roma

Una cabeza, ¡todo el mundo sabe lo que es una cabeza!”, aseguraba André Breton a Giacometti en 1934. Y Giacometti respondió: “Yo no lo sé”. Giacometti prefería continuar haciendo sus cabezas antes que seguir la estela del surrealismo que le proponía Breton. Es que las cabezas dan para mucho. Hay cabezas y cabezas. Y las cabezas pueden llegar a ser misteriosas. Hay algo en ellas que nos admira siempre, que nos sigue sorprendiendo, y que se nos escapa. Hay algo noble en las cabezas: “Si palmeas la cabeza de un niño, estás palmeando a Dios”, decía Frank Capra en su autobiografía[1]. Esa fascinación por las cabezas es igualmente evidente en la obra de Antonio López, en la de Philippe Faraut o en la de Jaume Plensa. O en la de Igor Mitoraj. De todas maneras, hay claras muestras de que las cabezas nos han interesado desde antes. En Grecia, al menos, ya en el siglo V a.C. Y, a partir de ese momento, será como una constante de la Historia del Arte: desde los bustos romanos a las cabezas barrocas de Bernini, pasando por los moáis de la isla de Pascua (que se empezaron a esculpir en el siglo VIII d.C.) o por la colosal cabeza de Constantino en los Museos Capitolinos de Roma (siglo IV). Las cabezas son constantes. Las cabezas imponen. Las cabezas son un trending topic. Basta ver el pasillo de los Museos Vaticanos dedicado a los bustos romanos. Es interminable. ¿Por qué nos obsesionan tanto las cabezas? ¿Por qué nunca dejan de sorprendernos? ¿Por qué nunca hemos dejado de mirarlas? Hay algo en las cabezas que las excede, al mismo tiempo que nos hipnotiza. Nos miramos en ellas. ¿No serán las cabezas como un espejo? ¿Es decir, que en las cabezas se refleja lo que somos? Quizá en la cabeza está el resumen de nosotros mismos: el rostro. Sí, eso es cierto. Pero hay algo más… pues en las cabezas no sólo está el rostro. El rostro nos lo da la pintura. La escultura, incluyendo el rostro, proporciona una mayor información. Más completa, más general, más amplia. En el rostro se plasma mi expresión, pero en la cabeza se plasma también mi nuca, la parte trasera de mi rostro. Es como un retrato completo, en 360º, en el que se ve lo que yo nunca veré en un espejo, pero sí podrán observar los otros, constantemente. Puedo modificar mi rostro, pero no puedo modificar mi cabeza. La cabeza tiene un componente objetivo (no moldeable) que no tiene la subjetividad del rostro. El rostro que reproduce la pintura, podríamos decir, constituye solamente una de las fachadas de la cabeza. La escultura de una cabeza, en cambio, retrata sitios recónditos que no retrata la pintura de un rostro, a menos que sea un cubismo bien resuelto. Ya no solo hablamos de la expresión subjetiva de nuestro interior (eso sería el rostro) sino de más cosas: nuestra posición, nuestra actitud ante la vida, la manera de girar el cuello y de apoyarnos sobre los hombros, la manera de mirar, de situarnos en un contexto, de relacionarnos con otras personas… En una palabra, lo que somos y lo que hacemos. Lo que soportamos. Cómo los demás nos ven, y no sólo cómo vemos nosotros. Es un retrato más completo, más objetivo, más público, y quizá por eso más imparcial (no es casualidad que las esculturas de cabezas, por lo general, sean monocromáticas). La escultura de una cabeza, en definitiva, capta lo que está más allá del rostro. Y es por eso que las cabezas son misteriosas e imponentes. Escapan de lo coyuntural del momento para situarse en un marco más intemporal. Por eso los monumentos a las grandes personalidades son cabezas (bustos) y no rostros. El individuo Sócrates, en el esplendor de su subjetividad, podría quedar bien retratado en una pintura. Pero Sócrates en cuanto filósofo, solamente en una escultura. Esto sucede con el filósofo, pero también con el deportista, el dios, el héroe, el emperador, el rey, el niño, el anciano. La cabeza tiene algo de intemporal y de arquetípico. Las cabezas de las grandes personalidades históricas siempre nos han fascinado, y lo siguen haciendo desde los museos. Así también las cabezas mitológicas, y las cabezas de los hombres normales. Incluso la Cabeza del Dios de Israel, que fue coronada de espinas hacia el año 33. Esa imagen de la Cabeza vulnerada impresionó mucho a Luis de la Palma, un jesuita del siglo XVI-XVII: «Empezó a gotear sangre, corrían hilos de sangre desde los cabellos y resbalaban por la frente y su cara y por el cuello. Tenía la cabeza inclinada el que es Cabeza de todos los hombres y los ángeles, pero el Señor la levantó para que nosotros, que estábamos caídos, nos levantábamos también: “Tú, Señor, eres mi amparo y mi gloria, y el que me hace levantar la cabeza (Salmo 3, 4)”»[2]. Se retrata un Dios vulnerado. Es cierto que la cita de La Palma es un poco random, pero es que el tema de la Cabeza vulnerada es, en realidad, muy random. Se ha hablado mucho del rostro del Dios maltratado, pero no de su Cabeza. Y precisamente en la Cabeza del Dios vulnerado queda como más potenciado el contraste que se da en toda cabeza: lo eterno surcado por la temporalidad. Lo particular-coyuntural incorporado a la intemporalidad marmórea. El rostro asumido en la cabeza. En la cita copiada se percibe un contraste infinito, llevado al extremo, casi a la dialéctica: un Dios que sufre. Este contraste también fue delicadamente captado por San Bernardo:

Salve caput cruentatum,
totum spinis coronatum,
sauciatum, vulneratum
et flagellis verberatum,
facie sputis illita.

Te saludo, cabeza ensangrentada
de espinas toda coronada
herida, vulnerada,
por los flagelos golpeada,
con la cara de salivazos manchada
.

Este himno medieval, traducido al alemán por el compositor Paul Gerhardt (O Haupt voll Blut und Wunden) e incorporado a la Pasión según San Mateo de Bach, es todo un elogio a la Cabeza. De hecho, cuando lo escuché por primera vez, me llamó mucho la atención el contraste entre la solemnidad del himno y lo cruel de la Pasión. Y ese es precisamente el quid; pues, en el fondo, es lo que sucede a escala pequeña en cualquier cabeza: lo coyuntural (donde se encuentra el dolor, la Pasión, lo cruentatum: el rostro) queda insertado en un contexto más intemporal (Dios, lo noble, lo caput: la cabeza). Lo coyuntural exento sería el rostro, que congela lo que se siente en un momento. Lo coyuntural insertado en un contexto más intemporal sería la cabeza, el busto, la escultura; que capta la persona en un marco más amplio que el de la expresión facial de ese momento. Lo que sucede en cada cabeza a pequeña escala es lo que sucede en La Cabeza, a gran escala, de manera más evidente y absolutamente nítida. Quizá porque estamos hechos a imagen y semejanza de La Cabeza, y por lo tanto, en La Cabeza (especialmente cuando es caput cruentatum) encontramos una clave hermenéutica para el resto de cabezas[3]. ¿Qué es el ser humano, en definitiva? Un ser temporal —con rostro— que participa de una inmortalidad que va más allá del tiempo. El ser humano es alguien que tiene cabeza además de rostro: es un rostro insertado en un contexto más amplio. Y ese contexto más amplio —que, en última instancia, es de origen divino— hace posible que el hombre sea susceptible de ser esculpido. “Si palmeas la cabeza de un niño, estás palmeando a Dios[4].


[1] Frank Capra, Frank Capra. El nombre delante del título, T&B Editores, Madrid 2000, pg. 431-432
[2] Luis de la Palma, La Pasión del Señor (traducido al castellano actual por Pedro Antonio Urbina), Ediciones Palabra, Madrid 1971, p. 125
[3] cf. Constitución pastoral Gaudium et Spes (Concilio Vaticano II), n. 22
[4] Frank Capra, op. cit.


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