La verdadera identidad

Lc 13, 10-17:

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, se puso a decir a la gente: «Hay seis días para trabajar; venid, pues, a que os curen en esos días y no en sábado». Pero el Señor le respondió y dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre, y los lleva a abrevar? Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?». Al decir estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía.

Anónimo Jesús cura a la mujer encorvada, Mosaico del Duomo di Monreale, siglos XII-XIII, Sicilia


Este relato del Evangelio de San Lucas puede parecer bastante sencillo, pues se trata de una de las muchas curaciones de Jesús relatadas en el Nuevo Testamento. Una mujer enferma (poseída por un “espíritu”) es curada por Cristo. A primera vista no resalta ningún elemento de la narración, en comparación con otros relatos similares de curación de ciegos, cojos o paralíticos. En el mismo Evangelio de Lucas hay otros ejemplos. En una lectura más atenta, se puede llegar a descubrir un hermoso paralelismo entre este milagro del Señor y uno de los pasajes de la Carta a los Romanos de San Pablo, escrita unos 25 años más tarde, que dice así:

Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abbá, Padre!» Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados. Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros. (Romanos 8, 14-18).

La mujer presentada por Lucas lleva enferma dieciocho años a causa de un espíritu. Este espíritu en minúsculas es, según San Pablo, un espíritu de esclavitud, que ata al temor y no al amor. Es un espíritu raquítico. En Lucas, queda simbolizado por la joroba, por el no poder mirar cara a cara. No sé cuál sería la historia de esta mujer…pero sería posible imaginar que, de algún modo, se dejara sofocar durante muchos años –al menos dieciocho– por otras voces diversas a la Voz del Espíritu. Las voces del espíritu que la poseía, bien podrían estar en relación con el rigorismo moralista y excesivo de los que defendían el sábado por encima del mismo Cristo. De hecho, Jesús la cura en sábado, junto a la sinagoga, con gran estupor y enfado de esos mismos rigoristas, a los que llama hipócritas. Un espíritu pequeño, en minúscula, pusilánime, que hablaba la “letra pequeña” de la Ley mosaica, olvidando que ya había bajado a la tierra Aquél que da sentido a la Ley, Aquél que la lleva a cumplimiento (Mateo 5, 17). El espíritu la acosaba, acallando su autenticidad, lo que le era más propio, más preciado, más original, más auténtico: lo que le permitía, en el fondo, ser ella misma. La mujer estaba, pues, enferma, poseída por ese espíritu de letras pequeñas, pero el Espíritu algo ya susurraba en ella. Su Voz no estaba del todo acallada. De hecho, es ella misma, guiada por el Espíritu, quien se acerca a la sinagoga para oír a Cristo. Jesús, al encontrarse con ella, tiene que hacer una labor de desbroce: desterrar el espíritu acosador e implantar definitivamente el Espíritu, que en el fondo era lo más auténtico que ella misma tenía. Echar las voces para establecer la Voz. Echar lo que de exógeno había en ella para cimentarla en su identidad más profunda, más íntima. En el relato de Lucas, ese gesto de confirmación está simbolizado en la imposición de manos (es como una consagración). Jesús echa el espíritu y confirma el Espíritu. Esta confirmación también responde a la súplica del Cantar de los Cantares: Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que destrozan las viñas, nuestras viñas en flor (Cantar 2, 15). Jesús caza las raposas de su viña, las voces, el espíritu; y deja que crezca la flor pequeña que ya se encontraba en su alma: la Voz del Espíritu, que, delicada como la misma flor, hablaba tímidamente (Romanos 8, 26). El Espíritu que Cristo confirma en ella es un Espíritu filial, que hace clamar “¡Padre!”. Y esa es la verdadera identidad de la mujer, que vivía sofocada por otras voces, que, en el fondo, le señalaban otros caminos, robándole su identidad. Caminos que quizá estaban delineados por lo que «otros», o «el sistema», o sus propias expectativas, pensaban sobre ella. En el relato de Lucas, Jesús hace referencia a la “filiación” de la mujer, pero es leyendo el texto de San Pablo cuando se descubre que la verdadera filiación que Jesús ha implantado en ella es la filiación del Espíritu, la que hace tener a Dios como Padre. La primera cosa que verá la mujer al enderezarse será el rostro de Cristo. Ella frente al Señor. Ella frente al Hijo. La hija rescatada, espejada en el Hijo. La hija ocupando, a través de Cristo, una auténtica posición filial con respecto a Dios Padre. Esa era su identidad más profunda, tenue, tamizada por las voces de un espíritu acosador: era hija de Dios y vivía solamente como hija de Abrahán, mirando al suelo. Antes la poseía un espíritu, y ahora ella posee el Espíritu, es “todo suyo”. Y entonó su “Magnificat”, mirando al cielo: glorificaba a Dios.


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