Surrender

Hoy en día está muy de moda hablar de la misericordia. O en su versión más “profana”, del kintsugi (al que, por cierto, me gustaría dedicar un post algún día). La misericordia está de moda porque hablar de misericordia es hablar de esperanza, es hablar de la posibilidad de ser sanados. Pienso que a todos nos gusta paladear la esperanza de ser rescatados de nuestros pozos. Y eso es lo que precisamente da sentido a la existencia. Se podría decir, de alguna manera, que la misericordia tiene dos dimensiones: la herida y la sanación de la herida. El pozo y el rescate del pozo. A estas dos dimensiones corresponden dos movimientos: tocar fondo y resurgir. Y este doble movimiento tiene un fuerte fundamento crístico. En otras palabras, en su vida en la tierra, Cristo realizó esos dos movimientos. La verdadera esperanza cristiana, por tanto, pasa por esos dos movimientos: abajamiento y exaltación, tocar fondo y resurgir; tal y como lo explica San Pablo en su carta a los filipenses (ver Filipenses 2, 6-9).

En este post me quería centrar solamente en el primer movimiento de la misericordia: tocar fondo. Tocar fondo, en este sentido, es, precisamente, rendirse a la herida, a nuestros propios límites. Esa rendición comporta una apertura: nos abrimos a la explicación que de nosotros puede dar Alguien que precisamente no es nosotros. Nos abrimos a la acción de Otro cuando nuestras acciones e intenciones ya han tocado el punto cero de nuestras posibilidades. Es un movimiento, indudablemente, de humildad: en nuestras zonas límite es cuando podemos reconocer que no nos bastamos a nosotros mismos. Por eso, en este primer movimiento de la misericordia, ya se encuentra el inicio del segundo: es en el fondo del pozo donde nos podemos abrir al que nos puede hacer resurgir. Y esa es la actitud central cristiana: la de tener la suficiente humildad como para renunciar a mis propias explicaciones sobre Dios, el mundo y mí mismo, para acoger a Otro (Dios), que, indudablemente, me llevará por derroteros por los que nunca habría imaginado caminar: «los haré caminar por senderos desconocidos (Isaías 42, 16).»

Michael BenistySurrender, Burning Man Festival, 2020 (USA)

Pienso que el artista contemporáneo Michael Benisty ha retratado bien este primer movimiento de la misericordia. No sé si Benisty es creyente, pero en su obra “Surrender” (2020) esculpe un tocar fondo abierto a una cierta trascendencia, a un “algo más”, a un “Otro” (aunque él no lo llame así explícitamente). No esculpe un fondo cerrado en sí mismo, sino un fondo abierto a una nueva posibilidad. En un post de Instagram del 17 de julio de 2021, publica un vídeo de su escultura, con los siguientes versos:

     Surrender to the dark
     Free fall into the depths of your soul
     Touch the matrix of your being
     Open your heart
     Embrace your glitches
     Let it go
     "Surrender"

Ese atreverse a descender es la misma actitud del himno de la carta a los filipenses. Es la actitud de riesgo que exige la misericordia. Es ser capaz de enfrentarnos a nuestros pozos. A aquellas cosas de nosotros mismos ya hubiéramos desechado desde hace mucho tiempo. Hay Alguien a quien interesan nuestros pozos. Alguien que está dispuesto a reconstruirnos desde el pozo, y no desde nuestros logros. Alguien que ya dijo a San Pablo cuando este intentaba salir del pozo por su cuenta y riesgo: «Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza (2 Corintios 12, 9)».


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