
Cobergher, Wenzel – Giubileo, olio su tela, 1594, chiesa di San Pietro ad Aram, Napoli
Abridme un camino nuevo para ir a Jesucristo, embaldosado con todos los méritos de los bienaventurados, adornado con todas sus virtudes heroicas, iluminado y embellecido con todos los esplendores y bellezas de los ángeles, y en el que se presenten todos los ángeles y santos para guiar, defender y sostener a quienes quieran andar por él; afirmo abiertamente con toda verdad que, antes que tomar camino tan perfecto, prefiero seguir el camino inmaculado de María.[1] Puede parecer que el camino de María queda como contrapuesto al camino de los santos, pero más bien sucede lo contrario: todos los santos han recorrido, precisamente, el camino de María. Y eso es lo que retrata exactamente el cuadro de Wenzel Cobergher en la iglesia de San Pietro ad Aram, en Nápoles: una multitud de ángeles y santos de todo tipo: mártires, doctores, niños, ancianos, sacerdotes, obispos, hombres y mujeres, religiosos y laicos de distintas profesiones y estratos sociales… todos, recorriendo un camino hacia el cielo, hacia la puerta del cielo[2], hacia María. Queda claro que la Virgen como puerta, como meta, no es simplemente un optional de la espiritualidad cristiana, sino que los mismos santos han tenido a la Virgen, de alguna manera, como meta, como puerta necesaria para acceder al cielo. María es la puerta, el camino más corto para llegar al cielo, es decir, a la unión con la Trinidad, representada en lo alto del cuadro de Cobergher: María es el medio más seguro, fácil, corto y perfecto para llegar a Jesucristo[3]. De todas maneras, esta idea tan simple como consoladora no ha sido siempre fácil de entender, y aún hoy hay muchos que pueden ver a la Virgen como un obstáculo para la unión con Dios (así sucede en muchas tendencias protestantes). A quien pudiera pensar que la unión con la Virgen pudiera efectivamente suponer un obstáculo para la unión con la Trinidad, le puede resultar de gran ayuda lo que afirma la venerable María Petyt ya en el siglo XVII:
Esta vida mariana en María no satisface a la mayoría de los espíritus místicos y almas contemplativas. Son de otro parecer, como si esta vida en María debiese ser un impedimento para la más pura unión y fruición en Dios, durante la silenciosa plegaria interior, y así sucesivamente. Tal como entienden la cosa y se la imaginan, les parece demasiado grosera, demasiado material y múltiple, porque ellos no han comprendido la verdadera y simple manera de practicar totalmente en espíritu.
A pesar de todo, es el espíritu quien actúa y dirige aquí, incluso cuando a esta contemplación, a esta atracción, a este amor del alma, parece mezclarse un poco más la actividad de las potencias sensibles. En este caso no hay el menor impedimento, ni el menor medio interpuesto entre el Bien supremo, entre el puro Ser de Dios y el alma. Existe en ello más bien una ayuda proporcionada al alma, que le permite llegar más fácilmente a Dios y establecerse en Él de una manera más perfecta; y eso por las razones que diré más tarde.
Que estos espíritus eminentes se pongan en guardia ante la vida de tantos santos, incluso de los que tuvieron una gran excelencia en la vida contemplativa y mística, tales como San Bernardo, San Buenaventura, Santa Teresa, Santa Magdalena de Pazzi y tantos otros. Verán con facilidad que éstos fueron notables por su devoción hacia la amorosa Madre y por su vida mariana; y que su amor, muy tierno, inocente y filial, hacia María no aportó, en absoluto, ningún obstáculo a su vida divina en Dios. La razón radica en que el espíritu de Dios les movía así oportunamente, sin que su adhesión y unión a Dios fuese por ello más mediata, pero de manera que encontrasen allí, al contrario, un alimento y una más firme adhesión a su deiforme y divina vida.[4]
Notas
[1] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, 3ª parte, capítulo 2, n. 158.
[2] El himno tradicional Ave Maris Stella llama a la Virgen María Feliz Puerta del Cielo en uno de sus versos. Esta advocación también ha pasado a las letanías lauretanas como Iánua cáeli (puerta del cielo).
[3] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, 1ª parte, capítulo 2, n. 55.
[4] María de Santa Teresa (María Petyt) fue una mística flamenca (actual Francia) del s. XVII, terciaria carmelita. Actualmente es Venerable. La cita ha sido extraída de: María de Santa Teresa, Textos sobre la unión mística con María Santísima, citado en Miguel de San Agustín, María de Santa Teresa, La vida de unión con María, Rialp, Madrid 1957, pp. 146-147.
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