Los atrios, un chasco

Iglesia de Sant’Ivo alla Sapienza, 1642-1660, Roma. Borromini.

Una de las joyas más preciosas del barroco romano es la iglesia de Sant’Ivo alla Sapienza, proyectada por Borromini y construida entre 1642 y 1660. La linterna en espiral es como un imán que atrae a turistas y admiradores que se acercan desde todos los puntos de la ciudad, aunque muy frecuentemente se topen con una sensación de chasco nada más entrar en el patio: la iglesia sólo abre los domingos de 9 a 11. En realidad, Sant’Ivo era un poco «especialita» con los horarios ya antes del Covid, pero probablemente la emergencia sanitaria haya provocado una menor apertura al público durante la semana. El hecho está en que no es infrecuente toparse con grupos grandes de turistas americanos o asiáticos, contemplando la gran fachada desde el patio, guía turística en mano, repitiendo consternados: «It’s closed, it’s closed«. Esa decepción de quedarse a las puertas está retratada en algunos salmos de la Biblia, en los que se describe el chasco, precisamente, como un “quedarse en los atrios del Templo”. Y es un chasco porque lo que el hombre verdaderamente desea en relación con Dios es contactar con Él, vivir y gozar con Él, entrar en su Casa, entrar en su Templo hasta el sancta sanctorum, hasta tocarle. La Biblia, en efecto, describe el Templo de Jerusalén como el lugar privilegiado de contacto con Dios, y los mismos salmos materializan el deseo de entrar y habitar allí: Que sea yo por siempre huésped de tu Tienda, amparado a la sombra de tus alas (Salmo 61, 5). Pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu Casa, me postraré en tu Templo santo (Salmo 5, 8). Pero los mismos salmos retratan también el chasco, el quedarse a las puertas, el quedarse en los atrios. Como los turistas que visitan Sant’Ivo alla Sapienza. En fin, podría pensarse que ese chasco es, simplemente eso, un chasco, una decepción, un desengaño. Pero en una lectura más atenta de los salmos, se descubre que, paradójicamente, los atrios son descritos como un lugar a se para encontrarse con Dios.

Postraos ante el Señor en su atrio santo. (Salmo 29, 2)

Dichoso aquel a quien Tú eliges e invitas a que habite en tus atrios. Que nos saciemos de los bienes de tu Casa, de la santidad de tu Templo. (Salmo 65, 5)

Mi alma añora, desfallece por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo. (Salmo 84, 3)

Pues más vale un día en tus atrios que mil fuera. Prefiero estar en el umbral de la Casa de mi Dios que habitar en las tiendas de los impíos. (Salmo 84, 11)

El justo florecerá como palmera, crecerá como cedro del Líbano. Plantados en la Casa del Señor, florecerán en los atrios de nuestro Dios. (Salmo 92, 13-14)

Llevad ofrendas, entrad en sus atrios. Postraos ante el Señor en su atrio santo, temblad en su presencia, tierra entera. (Salmo 96, 8-9)

Entrad por sus puertas con acción de gracias, en sus atrios con cantos de alabanza. (Salmo 100, 4)

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo su pueblo, en los atrios de la Casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén. (Salmo 116, 18-19)

Evidentemente, los atrios no son el sancta sanctorum, no son el corazón de la Casa de Dios, pero vemos que las Escrituras tampoco aconsejan huir de ellos para entrar atropelladamente en el Templo. Es más, los que allí están son dichosos, florecerán, cantarán cantos de alabanza. Sí, los hombres están llamados a habitar con Dios, y sin embargo Dios permite que se queden en el umbral. Es decir, en la zona perimetral y más externa: los atrios. En las afueras del Templo. Una oración atribuida a San Buenaventura dice así: que por ti suspire [mi alma], y desfallezca por hallarse en los atrios de tu casa. ¡San Buenaventura pide el deseo de los atrios, y no el deseo del sancta sanctorum! ¡San Buenaventura pide ser un turista que se lleva un chasco, en lugar de entrar y disfrutar del Templo! En fin, si un santo como San Buenaventura se atreve a pedir los atrios, será que estos, como se intuye en los salmos, tendrán algo bueno.

Evidentemente, la meta cristiana es la unión, pero a veces la unión se hace esperar. Y estar un rato en la sala de espera puede ser saludable. El Cantar de los Cantares habla de esa espera:

Lo busqué, pero no lo encontré. Me encontraron los guardias que rondan por la ciudad: «¿Habéis visto al que ama mi alma?» Apenas los pasé, cuando encontré al que ama mi alma. Lo abracé y no lo soltaré hasta hacerlo entrar en casa de mi madre, en la alcoba de la que me concibió. (Cantar de los Cantares 3, 2-4)

La amada encuentra al amado después de haberlo perdido. Eso presupone, en primer lugar, que la amada ya conocía al amado y que ya lo amaba. Los dos se amaban, y en un determinado momento, ella lo perdió. Uno podría esperar que el amado se apiadara y se uniera con ella enseguida, y sin embargo la hace esperar. A la amada no le queda otra que abrazarlo hasta que el amado entre en su alcoba, hasta que quiera entrar. Es un abrazo de fe y de paciencia[1]. De esa espera también hablan igualmente otros versículos del Cantar: no despertéis, no desveléis al amor, hasta que él quiera (Ct 2,7. 3, 5. 8. 4). En definitiva, es tener el amado en un abrazo de fe, sin poder llegar aún a la unión. Y esa es precisamente la situación de los atrios. El peregrinaje ya se ha emprendido[2] y se ha llegado al Templo…pero toca esperar antes de entrar[3]. Es estar con Dios pero no estar… al menos aparentemente.

Santa Maria Maddalena de’ Pazzi (mística carmelitana del siglo XVI) describe en sus Cuarenta Días cómo meditó el texto de los atrios del Salmo 84 [4]:

Mi alma añora, desfallece por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo. Le pareció a la santa que nuestra carne y nuestro corazón se alegraban y hacían fiesta en la humildad de Jesús, que veía yo ser como una logia, o sea un pórtico, lo llamo así para que vosotros me entendáis; en definitiva, fuere un pórtico o una logia, era un lugar de diversión y de recreación y veía que nuestra carne hacía fiesta y exultaba en la humildad de Jesús.[5] (…) Me pareció también que nuestro corazón hiciera fiesta y exultara por dos cosas. La primera, por el reposo que daba en sí a Jesús; la segunda, por los influjos de la gracia que recibía de Dios. Además me pareció que Jesús recitase a nuestras almas aquel verso que dice: Cor meum, et caro mea exultaverunt in te, (Sal., LXXXIII, 3) o sea me pareció que Jesús exultase en nosotros porque era nuestra alma hecha a su imagen y semejanza, y que su corazón exultara en otro para encontrar su reposo en nosotros.[6]

Es decir, en el momento de la espera parece que el alma es privada del acercamiento a Dios… porque en realidad es Dios quien se acerca al alma silenciosamente, hasta descansar en ella. El descanso de Dios en el alma parece doloroso a ésta, que lo vive como un tiempo angustioso de espera. Hay mucho silencio. Pero si no hubiera silencio, Dios no descansaría. ¡Qué pena!, tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser él quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará, seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de afligirme, me produce una enorme alegría[7]


[1] San Gregorio de Nicea escribe así: «Rodeada por la noche divina, el alma busca al que está escondido en la oscuridad. Pero ella posee sin embargo el amor de él al que busca, pero el amado escapa a la captación de los pensamientos de ella. Por eso, abandonando la búsqueda, reconoce al que desea por el mero hecho de que su conocimiento está más allá de la comprensión. Entonces dice: «Habiendo abandonado todas las cosas creadas y la ayuda de la comprensión, sólo por la fe he encontrado al amado. Y no le dejaré marchar, sujetándolo con el abrazo de la fe, hasta que entre en mi alcoba». La alcoba es el corazón, que es capaz de hacer de ella su morada cuando sea restaurado a su estado primitivo» (San Gregorio de Nicea, P.G. 44, 892-893, citado en Thomas Merton, La oración contemplativa, PPC Editorial, Madrid 1996, pp. 105-106).

[2] Ver todo el salmo 84, especialmente los versículos 5 y 6.

[3] Para profundizar un poco más en los “atrios” desde el punto de vista bíblico, y en relación a lo que estamos exponiendo, ver la lectura exegética de Gianfranco Ravasi del Salmo 84 (83), 11; en Gianfranco Ravasi, Il libro dei salmi. Salmi 51-100 (Vol. 2), Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 2015, p. 754.

[4] Cor meum, et caro mea exultaverunt in Deum vivum, in porticum Salomonis (Sal., LXXXIII, 3)

[5] La nostra carne e il nostro cuore si rallegravano e facevano festa nell’umiltà di Gesù, che vedevo essere come una loggia, ossia un portico, lo chiamo così affinché voi mi intendiate; insomma, sia che fosse un portico o una loggia, era un luogo di divertimento e di ricreazione e vedevo che la nostra carne faceva festa ed esultava nell’umiltà di Gesù (Santa Maria Maddalena de’ Pazzi, I quaranta giorni, a cura di Maurizia Rolfo, Sellerio editore Palermo, Palermo 1996, pp. 87-88).

[6] Mi parve ancora che il nostro cuore facesse festa ed esultasse per due cose. La prima, per il riposo che dava in sé a Gesù; la seconda, per gli influssi della grazia che riceveva da Dio. Inoltre mi parve che Gesù recitasse alle nostre anime quel verso che dice: Cor meum, et caro mea exultaverunt in te, (Sal., LXXXIII, 3) ossia mi parve che l’umanità di Gesù esultasse in noi poiché era l’anima nostra fatta a sua immagine e similitudine, e che il suo cuore esultasse in un altro per trovare il suo riposo in noi (Santa Maria Maddalena de’ Pazzi, Idem).

[7] Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, cap. VIII (Desde la profesión hasta la ofrenda al Amor). Santa Maravillas de Jesús recoge la misma idea: Viva siempre llena de fe, de confianza, dejando que el Señor guíe su barquilla y duerma si quiere en ella (Santa Maravillas de Jesús, Pensamientos, ed. Carmelitas Descalzas La Aldehuela, Getafe (Madrid), 2021, p. 23).


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