Insertada en la Trinidad

Pinturicchio (scuola)Immacolata Concezione, circa 1510, Nationalmuseum (Stockholm)

Santa María es como el reflejo del Padre en la historia, pues Ella genera al Hijo en la historia. Frente a la acusación de paternalismo a la religión cristiana, cabría responder que precisamente el retrato más fidedigno del Padre en la historia (del Padre en cuanto Padre) es una mujer. Pero el papel de María en cuanto Madre del Verbo no se agota en la historia; por el contrario, también queda como ligada a la eternidad de Dios, a la esfera de lo estrictamente divino, sin dejar de ser mujer ni perder su humanidad: en virtud de la Encarnación María es alzada hasta la esfera divina, junto al Padre, del cual repite en cierto sentido el acto generativo, ligada al Verbo, que Ella reviste de su carne[1]. Desde que María es Madre de Cristo, su situación ontológica es del todo especial y paradójica, pues es, precisamente, Madre de Dios. Por eso queda como insertada en Dios, sin dejar de ser persona humana. He ahí la paradoja: una persona humana es Madre de una Persona divina. Visto desde otro ángulo: cuando Dios ha querido abrir su vida interna al mundo, lo ha hecho a través de la Virgen, respetando su integridad, sin divinizarla. Dios ha querido compartir su interioridad a todos aquellos que puedan recibirla, y lo ha hecho a través de la Virgen. Esa vida interna o interioridad de Dios está constituida por tres Personas divinas tan en perfecta unidad que están cada una dentro de las otras dos[2]. La eternidad de Dios, por tanto, con todo su dinamismo interno absolutamente vital, por mucho tiempo desconocida, se ha abierto por fin a la temporalidad del mundo. Es un dinamismo vital porque ahí dentro encontramos Vida: un Hijo que nace y un Amor paterno-filial, un Amor entre Padre e Hijo. Y esa Vida abierta, o derramada, es lo que vivifica el mundo, lo único capaz de redimirlo. El dinamismo trinitario (el único dinamismo que puede salvar) ha sido compartido, o extendido[3] al mundo gracias a la Virgen: en la Virgen el Padre ha seguido generando al Hijo, en unión perfecta con el Espíritu Santo, que no es más que el Amor que ese Padre e Hijo se intercambian. Por eso la Virgen es como sede de la Trinidad… y por eso mismo «puede María llamarse complemento de la Trinidad, no ciertamente esencial e intrínseco, pues Dios no puede adquirir en el tiempo aumento de perfección intrínseca, pero sí accidental y extrínseco, y esto por una doble razón, ya porque María es causa de que se originen ad extra nuevos y temporales respectos de las divinas Personas, ya porque las confiere cierta gloria extrínseca[4]

«El Padre engendra al Hijo en la eternidad mientras María lo engendra en el tiempo. El Hijo es imagen del Padre mientras el Hijo encarnado se asemeja también a la madre. La maternidad de María viene, entonces, considerada como una participación de la paternidad de la primera persona trinitaria, origen absoluto del misterio del ser. A través de su maternidad María pertenece, en un cierto sentido, al orden de las relaciones trinitarias, al orden hipostático de las personas divinas. Se subraya aquí la singularidad de María, cuya acción generativa queda elevada según la dignidad del engendrado. María está relacionada con la Trinidad inmanente. Aún siendo esta una posición legítima, el tema debe desarrollarse con cautela. Se debe tener en cuenta que es sobre todo el Padre eterno quien engendra al Hijo también en el tiempo, y solo en el orden de las causas segundas, esta generación corresponde a María. Hay pues dos planos diversos en referencia a la venida de Cristo al mundo, y la acción de María no debe venir simplemente puesta al mismo nivel o entendida como prolongación de la del Padre eterno.»[5] Pero María queda, de algún modo, relacionada con la Trinidad inmanente, como ha destacado el anónimo pintor de la escuela del Pinturicchio.


[1] Pietro Parente, Maria con Cristo nel disegno di Dio, Ares, Milano 1985, p. 107: «In forza dell’Incarnazione Maria viene sollevata fino alla sfera divina, affiancata al Padre, di cui ripete in certo senso l’atto generativo, legata al Verbo, che Ella riveste della sua carne».

[2] Esa mutua inmanencia de las Personas divinas ha generado literatura de innumerables teólogos. Muchos de ellos, de origen griego, se refirieron a este estar una persona dentro de las otras dos como pericoresis, término que está ligado al concepto de danza. Parece ser que el primero en aplicar el concepto pericoresis al ámbito trinitario fue el teólogo San Juan Damasceno (siglo VIII). Para una profundización mayor, consultar Lucas F. Mateo-Seco, Dios Uno y Trino, Eunsa, Navarra 2008, pp. 628-634.

[3] Gilles Emery, La teología trinitaria de Santo Tomás de Aquino, Ediciones Secretariado Trinitario, Salamanca 2008, pp. 507-523.

[4] G. Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, Madrid 1952, p. 110, citado en J.L. Bastero de Eleizalde, El Espíritu Santo y María, EUNSA, Navarra 2010, p. 291.

[5] Antonio Ducay, La prediletta di Dio, Aracne, Roma 2013, pp. 109-110 (traducción propia).


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